Ópera y Teatro musical

Una Lolita de Jerusalén

Enrique Sacau
martes, 19 de julio de 2022
Salome, régie de Andrea Breth © 2022 by Bernd Uhlig Salome, régie de Andrea Breth © 2022 by Bernd Uhlig
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En su análisis de Salomé de Richard Strauss, la musicóloga estadounidense Susan McClary explica que la muerte de la protagonista se debe a su temeridad de cruzar líneas de género. Su padrastro, Herodes, le ha prometido cumplir su mayor deseo a cambio de un baile erótico. Tras el baile, Salomé exige la cabeza de Juan Bautista, de quien se ha enamorado, y Herodes, temeroso de Dios, intenta negarse.

Empieza ahí entre ambos una negociación. Inicialmente Herodes ofrece objetos, piedras preciosas e incluso 100 pavos reales blancos. Salomé persevera y Herodes tiene que subir la apuesta ofreciendo poder político y religioso (“el velo del sanctasanctórum”), y finalmente concediendo la cabeza. Arrepentido y sabedor de que su autoridad queda en duda ahora que su hijastra viste los proverbiales pantalones hace que maten a Salomé.

Encuentre uno interesante o no la lectura de McClary, es innegable que son noventa minutos fascinantes hasta llegar a este momento. Noventa minutos en los que se nos presenta el aprendizaje de Salomé a cámara rápida. Es ella probablemente una adolescente abusada sexualmente que empieza a darse cuenta de que algo no marcha en su casa (¿por qué me mira así el marido de mi madre?).

Al mismo tiempo, Salomé vive su propio despertar sexual y sublima el cuerpo del Bautista. Es todo muy novato: primero ama su pelo y luego lo odia, luego su cuerpo y luego su boca, que la fascinan y la asquean. Recita estos versos tentativamente, usando un lenguaje copiado, como si hubiera aprendido a amar en Instagram o Tik Tok, repitiendo frases que no entiende. Como resultado de su educación, recurre al final a la prostitución (el baile es, naturalmente alegórico, como presenta de forma conmovedora la producción de David McVicar en Covent Garden) para obtener lo que desea: bailo, sí, pero esta vez me pagas, Herodes, parece decir Salomé.

Salomé se lleva el gato al agua y logra que decapiten al Bautista y que le entreguen su cabeza en una bandeja de plata. Presenciamos así un crimen infantil casi inconsciente. Es el crimen de una chica que está aprendiendo a negociar, a desear, que comienza a entender qué sucede si se toca lascivamente aquí o allí. Una chica que ha aprendido el lenguaje del abuso y la violencia en casa.

Nunca en directo he oído una interpretación como la de Elsa Dreisig en Aix-en-Provence. Son precisamente su timbre ligero y su languidez los que sacaron a la niña a la palestra y me emocionaron con su inocencia. Cantó como hipnotizada, confundida, jugando con fuego, inconsciente, sin estridencias. A diferencia de la tradición llena de voces graves o rotas (Behrens, Nilsson, Marton, Malfitano), Dreisig no es ni matrona ni tigresa ni femme fatale. Víctima y verduga, tierna y cruel, sabia e ignorante. Una adolescente, al fin.

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