España - Castilla y León

El adios de mi voz lo niega tu canto

Ignacio Fernández de Mata

viernes, 13 de septiembre de 2002
Burgos, viernes, 6 de septiembre de 2002. Teatro Principal. Coro Nacional de España, dirige: Rainer Steubing-Negenborn. Obras: Tomás Marco: ‘Cristales de Cancionero’; Jacinto Sarmiento: ‘Calla, niño, calla’ y ‘Con el picotín’; Ángel Juan Quesada: ‘¡Oh! Qué buen amor saber yoglar’; Alejandro Yagüe: ‘Si fueras mía’, ‘Válgame Dios/Si supiera’, ‘No me tires chinitas’; Antonio José: ‘Cinco coros castellanos’ e ‘Himno a Castilla’. Concierto de clausura del III Estío Musical Burgalés.
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La voz colectiva -expresión organizada del tan evocado como manipulado pueblo- clausuró con dignidad manifiesta el III Estío Musical Burgalés, tierna aún iniciativa musical que pretende arraigamiento y naturalización por muchos deseada. El Coro Nacional de España pasaba página hasta la IV edición con un programa burgalés ciento por ciento, cantado con gusto y delectación, técnica incuestionable y gran calidad vocal. Puede que lo que le faltara fuera un poquito de calor o, incluso, frescura, pues era éste un compendio de evocaciones populares, tan prestas a sentires de todo tipo. ¿Crítica?, no se entienda así matización tan leve, Coro y solistas brillaron esplendorosamente para deleite de todos.Una noche con varios protagonismos, el primero el de Federico Olmeda, autor omnipresente en los mimbres de todo lo aquí trabado, de quien se celebra el centenario del premio de su archiconocido Cancionero -El Folklore de Burgos-, editado en 1903, pues todas las obras sin excepción se basan en el material recogido por aquél -estamos a la espera del necesario estudio de este importante personaje, sabedores que Miguel Angel Palacios anda en ello. ¿Alcanzará este predicamento la magna obra del Gran cancionero popular de Burgos, dirigida por Miguel Manzano, editada por la Diputación de Burgos, cuyos primeros y pantagruélicos tomos ya han visto la luz?Tomás Marco se trajo bajo el brazo una obra destinada a este Estío, Cristales de Cancionero, vertebrada sobre la canción Todo lo cría la tierra, a la que se van adhiriendo otros seis temas del libro de Olmeda. Organizada para triple coro a cuatro voces mixtas cada uno, la obra responde exactamente al término de “cristales” pues abunda en efectos deformantes o perpetuadores del sonido, en titileos sonoros, repercusiones fluctuantes, a veces entre el juego magnético y el prismático. Una pieza interesante aunque excesivamente larga, su duración no se corresponde con su propuesta, que languidece pesantemente y que acusó la negativa acústica del Teatro PrincipalJacinto Sarmiento, muy vinculado al folklore burgalés, también cumple su centenario (1902-1977). Sus obras, llenas de frescura y evocaciones, toman temas del Cancionero: una canción de cuna -”calla, niño, calla”-, armonizada a tres voces blancas, y una canción a lo llano junto a un baile al agudo en la segunda -”con el picotín”-, para tres voces de hombre. Sencillas y efectivas, sin querer perder u ocultar su honda raíz popular.Angel Juan Quesada, sombra de Antonio José en vida, aportó ¡Oh! Qué buen amor saber yoglar, antigua trova burgalesa del siglo XIV, escrita sobre dos temas de Olmeda, con una armonización a cuatro voces mixtas de gran encanto y buena factura por el Coro Nacional.Tras ellos llegó el turno a uno de los grandes protagonistas de la noche: Alejandro Yagüe, de quien interpretaron unas hermosísimas canciones, exultantes de color, de ritmos embriagadores y esas armonizaciones yagüísticas que hacen de la tensión ornamentación y belleza. La primera de sus canciones, Si fueras mía, fue uno de los momentos de mayor belleza de la noche, con el especial concurso de la soprano Ángeles Pérez Panadero.La segunda parte fue toda para el maestro llorado, Antonio José, principio y coda de este festival, de quien se cantaron sus Cinco coros castellanos, una de sus máximas realizaciones para conjunto coral. Interpretación caracterizada por una emoción que iba más allá del hacer del Coro, fijas las miradas en un gran retrato del músico, que conjuraba así su presencia junto al resto de los compositores vivos de la noche. Cinco coros, compuestos -salvo el agudillo- a seis voces mixtas, de entre los que destaca el magnífico El Molinero. Tal vez aquí fue donde más se notaron las dificultades del coro, de número posiblemente insuficiente para obras de este calado, en particular al final del ¡Esto va güeno! e incluso en El Molinero -especialmente en la cuerda de tenores-, para mayor desahogo y belleza en La Tarara y ¡Ay, amante mío!. Así lo testimoniaron los aplausos, repartidos entre la formación que dirige Steubing-Negenborn y la evocadora fotografía de sonrisa incierta. A él le siguió el Himno a Castilla, obra de profundas relaciones con su época, basada en dos antiguas marchas del Ayuntamiento de Burgos para clarines y timbales, y que Antonio José pensó como posible nuevo Himno nacional para la República. Oyó el público emocionado la obra, puesto en pie, en rendido homenaje al músico vilmente fusilado en la madrugada del 9 de octubre de 1936.Fuera de programa interpretaron el Rondino, arreglo informal de Antonio José de una página beethoveniana, en un guiño sentimental a los antiguos integrantes de su amado Orfeón Burgalés, aunque tal vez hubiera sido más acertado otra pieza que diera mejor cuenta de la altísima calidad de aquel sueño incumplido.Fenece aquí este III Estío, esperando que como en el cuento no sea muerte sino letargo, a lo sumo muerte osiríaca y, como dice Virgilio Mazuela, pronto resurrezca.

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