Francia

Estaría bien oír y entender

Francisco Leonarte
viernes, 23 de septiembre de 2022
Jean-Baptiste Lully © DP Jean-Baptiste Lully © DP
París, martes, 20 de septiembre de 2022. Maison de la Radio. Lully/Molière, Comédies-ballets. Fragmentos de comédies-ballets con texto de Molière y músicas de Jean-Baptiste Lully (La princesse d'Élide, Le mariage forcé. L'amour médecin, Le bourgeois gentilhomme, La pastorale comique, Monsieur de Pourceaugnac, Les amants magnifiques, George Dandin) y de Marc-Antoine Charpentier (Le mariage forcé). Con Ana Quintans (soprano), David Tricou (tenor), Romain Bockler (barítono), Igor Bouin (barítono) y Geoffroy Buffière (bajo). Le Poème Harmonique. Dirección de Vincent Dumestre. Concierto transmitido por France Musique
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Que el volumen de la orquesta y el volumen de los solistas vayan a la par -con ligera preminencia de la voz, si es posible- es una de las obsesiones de quien esto escribe. No son pocas las veces en que un director de orquesta revienta la función cubriendo a los pobres cantantes, ¿verdad ?

El problema es más complejo de lo que parece. Puede tratarse en efecto de un director inmisericorde, o de una orquesta desmesurada cuyos maestros son rebecos y poco amantes de las voces, y no le hacen caso al director ni a nadie. Y los instrumentos actuales, tanto en viento como en cuerda, suelen ser más eficaces y de mayor volumen que los que usaron nuestros antepasados. Y a continuación está también la sala, claro. Una sala grande es más difícil de llenar, acústicamente hablando, que una pequeña... Y luego, por supuesto, las voces no son todas iguales, las hay de mayor o de menor calibre, y también de poco caudal pero tan bien proyectadas que sus armónicos se escuchan a pesar de la orquesta...

El director, como maestro concertador, no sólo ha de ocuparse de su orquesta, sino también de las relaciones sonoras entre su orquesta y los solistas, y de cómo resulta todo aquello en los distintos lugares de la sala donde van a interpretar (creo que era Solti quien recomendaba a los jóvenes directores que en los ensayos se dieran una vuelta por toda la sala mientras la orquesta seguía tocando...)

Me dirán ustedes que todo esto son verdades de perogrullo... Y sin embargo parece que buena parte de los directores de orquesta, incluso los más reputados, las olviden sin problema. De todas formas, en el disco y en las transmisiones no hay problema de volumen que no subsanen los técnicos, ¿verdad ?

Pero en vivo no hay técnico que valga. Por eso el de ayer me pareció un concierto fallido.

Y eso que sobre el papel, la cosa prometía 

El programa era interesantísimo: la recuperación de las músicas de Lully para El burgués noble o para El enfermo imaginario hace tiempo que tuvo lugar, pero no son tantas las ocasiones de escuchar fragmentos de La princesa de Elide, de La pastoral cómica o de Los amantes magníficos.

En la distribución, algunos solistas con buena reputación en el mundo barroco -en particular Ana Quintans- y un conjunto, Le Poème harmonique, y su director, Vincent Dumestre, que ya han hecho su camino desde el fin del siglo pasado, con algún que otro disco que ha funcionado muy bien ...

Una sala de conciertos no demasiado grande (algo menos de 1500 asientos), aunque de acústica a veces problemática (como todas las salas alrededor de la orquesta y no enfrente de la orquesta). En previsión de dichos problemas de acústica, me senté bien enfrente de los cantantes, en el primer piso. Un buen sitio que ya he probado en otras ocasiones, con buenos resultados ...

Pues no

Cierto, el programa muy interesante. Pero eso de hilvanar unos fragmentos con otros hace que el espectador se pierda. ¿Esto es todavía El matrimonio forzado? ¿O ya hemos llegado a Charpentier ?

Bueno, digamos que es pecata minuta, pero bien.

Como se trata de Molière, los intérpretes sienten la necesidad de ser graciosos -y en efecto, algunos diálogos parecían serlo. Sólo que no se entendía lo que decían. Con lo cual, la gracia del texto pasaba completamente desapercibida mientras los cantantes se esforzaban haciendo monigotadas.

Tanto es así que, con el afán de ser graciosos, uno de ellos nos salió con un monólogo hablado morcillesco que no tenía ni pizca de gracia y que recogía todos los topicazos sobre el teatro francés. Intermedio sin interés que vino más a entorpecer que a incentivar.

Salvo en ese momento hablado totalmente innecesario, el problema de la inteligibilidad fue constante.

Pero peor fue el problema de la audición. Tratándose de una orquesta relativamente pequeña, con instrumentos de época (y por tanto sin cuerdas metálicas, que suenan más fuerte), en una sala de proporciones medianas y sentado yo en un buen sitio, en principio no debería haber habido problema para escuchar a los cantantes. Y en efecto Ana Quintans y sobre todo David Tricou se las apañaban bien. Pero no así barítonos ni bajo. Voces no necesariamente feas pero con pocos armónicos, deficientes en su proyección, apenas se les oía. A pesar de mi natural tendencia a disculpar a los cantantes no he conseguido hallarles excusas. Definitivamente las voces graves carecían de caudal y de armónicos. El director podría escogerlas para un recital íntimo en un apartamento versallesco. No para una sala de 1500 personas. Ni siquiera con orquesta barroca.

Es auténtica lástima, porque se vislumbraron en las partituras momentos de auténtica belleza, como el trío (transformado en dúo por inaudibilidad del bajo) sobre la dulzura del amor para los corazones fieles, o el trío cómico de Charpentier, o el aria sobre el sueño (transfomada por mor de la proto-puesta en escena en aria de velatorio, no me pregunten ustedes por qué).

Tenía que terminar el concierto con la famosa turquería de El Burgués noble. Sólo que a bajo y barítonos apenas se les oía, y que la orquesta sonaba sin brío, muelle. A pesar de los tontos contoneos de los cantantes, aquello me sonó a plastilina y blandiblú más que a broma salvaje.

Terminó la cosa con un bis -¡más valiera que se lo hubiesen ahorrado!- con un tonto juego de palabras (los juegos de palabras son un vicio por el que los franceses se pirran) y un nulo interés musical sobre ritmo de jazz. Pero el director ponía sonrisita de qué divertido y que fino que soy.

En fin. Uno de esos bises que te quitan definitivamente las ganas de aplaudir. 

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