Francia

Salir del concierto con la sonrisa puesta

Francisco Leonarte
viernes, 21 de octubre de 2022
Siobhan Stagg © 2022 by Simon Pauly Siobhan Stagg © 2022 by Simon Pauly
París, jueves, 13 de octubre de 2022. Maison de la Radio. Obras de César Franck (Psyché, mouvements symphoniques). Maurice Ravel (Shéhérazade, sobre poemas de Tristan Klingsor). Serge Prokofiev (Cendrillon, suite de ballet). Siobhan Stagg (soprano). Orchestre National de France. Dirección musical de Cristian Măcelaru.
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Hay conciertos de los que uno sale de buen humor, y el del ayer jueves (13 de octubre) en la Casa de la Radio en París fue uno de ellos. Dirigía Măcelaru a la ONF, Orquesta Nacional de Francia, en un programa con más imaginación de la habitual. 

Para empezar, Psyché de César Franck. Ya sólo por escuchar esta obra infrecuente, aunque fuera la versión sin coros, valía la pena venir. Por apreciar la fineza de escritura de Franck, su elegancia, su capacidad para establer climas, su personalidad. Estrenada en 1888, en Psyché ya se puede vislumbrar todo lo que será la música francesa de finales del XIX hasta casi mediado el XX, dando la medida del compositor impresionante -y todavía no valorado en su justa medida- que fue Franck.

Tal vez pudiera haber sido más sutil Măcelaru en ciertos pasajes y hacer que la orquesta sonara más ‘evanescente’, pero quién sabe si con eso no hubiera perdido la obra en unidad. Mérito del director fue evitar que el interés decayera, que se notaran los diferentes planos que como gasas parecen a veces superponerse, conjugar la delicadeza con la pasión y llegar a los momentos de forte con naturalidad.

Ya con escuchar Psyché habíamos amortizado de sobra la entrada. Y uno piensa al acabar la obra "¡Dennos ustedes más César Franck, ¡oh pacatos programadores y artistas!, dennos más Franck que ahí se esconde buena cantidad de tesoros, recontracórcholis !"

Siobhan Stagg, un nombre a retener 

Venía después tal vez la obra más conocida del concierto -al menos en Francia- la Shéhérazade de Ravel, sobre tres poemas de Tristan Klingsor (pseudónimo de Léon Leclère, a quien hay que reconocer el mérito de haber dado a la literatura musical el que tal vez sea el primer poema homoerótico del repertorio, L'indifférent, el poema más sincero y sencillo del ciclo, el más personal).

Era también la ocasión para que se presentase en París, elegantemente vestida de lamé rojo grana y oro, la soprano Siobhan Stagg -les sugiero que retengan el nombre, por muy complicado que parezca, porque es más que probable que lo volvamos a oír. Al menos así lo espero.

Eso sí, permítanme hacer un inciso. La acústica del auditorio de la Maison de la Radio es estupenda para todo lo que es instrumental. Pero cuando de voz se trata, como todas las nuevas salas construidas ‘alrededor’ de los intérpretes y no ‘enfrente’, el resultado depende realmente de dónde se halle uno sentado. Máxime cuando la cantante, como en este caso, se dirigió casi exclusivamente a la platea, perdiéndose en los pisos progresivamente voz e interpretación, y no digamos ya en los laterales...

Pues bien, aun estando quien esto escribe en la cima del auditorio, la voz se escuchaba bastante bien, y se podía percibir por momentos una buena inteligibilidad del texto e incluso una buena pronunciación francesa. Y sobre todo y en todo momento un timbre jugoso y aterciopelado que llegó en ocasiones a hacerme pensar en ‘madame double cream Fleming’. Tal vez falte todavía un poco de cuerpo para la explosión del agudo en forte hacia el final de ‘Asie’, el primero y más largo de los tres poemas. Pero todo se perdona ante tanta facilidad en la emisión, tanta homogeneidad del color y tan bonito fraseo.

Măcelaru, atento a no cubrirla jamás con el sonido de la orquesta, atento a los múltiples detalles de Ravel, esperó justamente el mismo momento para porfín lanzar a su orquesta en el forte cuando la cantante ha explotado y la música se desboca. Intenso.

Y al final de Shéhérazade, como seguíamos aplaudiendo, nos regalaron un Morgen (1894) de Richard Strauss muy emotivo porque fue dicho, fraseado con mucha naturalidad tanto por el violín solista (la concertino Sarah Nemtanu) como por Siobhan Stagg, abandonándose. Hermoso. 

Tierno y divertido 

En segunda parte del concierto, la Cenicienta de Prokofiev, que es una suite pergeñada por el propio Măcelaru simplemente escogiendo los números que le interesaban del ballet original.

En Cenicienta, encargo del Bolshoi tras el éxito de Romeo y Julieta del mismo autor, Prokofiev ya no es el músico insolente de la Suite Escita, se ha tenido que acomodar con la realidad … o mejor dicho, con el realismo soviético impuesto por Stalin que pide melodías sencillas que puedan ser captadas fácilmente. Pero Prokofiev sigue siendo maestro en crear su propio tipo de melodías, y mantiene el sentido del humor de El amor de las tres naranjas. Así, esta Cenicienta se escucha como se escucha un cuento divertido y tierno. Como Ma mère l'Oye, de Ravel, por poner un ejemplo (y tampoco hay tantos), este ballet (o su suite) es una de esas músicas que nos hacen sentir bien, música de felicidad (‘feel good music’ que dicen los estadounidenses).

De nuevo Măcelaru supo estar atento a todos los atriles, y restituir la variedad de acentos y colores de la partitura, dar intensidad y ritmo, y sentido del humor y sensibilidad a partes iguales sin dejar que decayera el interés.

Y los distintos atriles (a destacar el precioso solo de tuba) volvieron a lucirse.

Y el público que llenaba a dos tercios la sala, encantado.

Porque conciertos como éste nos hacen sentirnos mejor. De mejor humor, y yo diría que hasta ‘mejores personas’. 

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