España - Castilla y León

Fazil Say y el duduk

Samuel González Casado
miércoles, 2 de noviembre de 2022
Thierry Fischer © thierryfischer.com Thierry Fischer © thierryfischer.com
Valladolid, viernes, 14 de octubre de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Alban Gerhardt, violonchelo. Thierry Fischer, director. Haydn: Sinfonía n.º 96 en re mayor, “El milagro”. Say: Concierto para violonchelo y orquesta “Never give up”, op. 73. Brahms: Sinfonía n.º 1 en do menor, op. 68. Ocupación: 90 %
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Interesante programa de abono n.º 2 de la OSCyL, donde Thierry Fischer se estrenaba como director titular y donde el tremendo concierto para violonchelo de Fazil Say, Never give up, el motor del programa, no desentonó entre dos obras de puro repertorio. Fue, además, lo más impresionante de la noche, porque el pianista y compositor turco logra con esta obra llegar al corazón del público desde recursos que, sin ser completamente novedosos, sí están dispuestos con inteligencia (se desarrollan como una narración), de tal manera que los efectos nunca suenan ornamentales, sino que forman parte muy integradamente del discurso (a veces son el discurso). La orquesta está repleta de hallazgos tímbricos y define sin sobrecargas los ambientes, nunca estáticos aunque en ocasiones lo parezcan. Las referencias folclóricas suenan inequívocas pero también trascendidas y mestizas (jazz en el último movimiento).

Lo que hizo Alban Gerhardt con este obrón, que ya tiene su puesto en el repertorio chelístico del siglo xxi, hay que oírlo para creerlo. Todo parte de un sonido poderosísimo que el alemán moldea como quiere. Su cometido fue deslumbrante en cuanto a color y capacidad para transmitir algo que podría definirse como físico, dentro de la más pura ortodoxia musical, sin ninguna concesión al sentimentalismo. La orquesta sonó estupendamente, con el mismo nivel de compromiso que el solista, y Fischer consiguió efectos fulgurantes. Especial mención merece la percusión, muy precisa.

Increíble el comienzo de Terror Elegy (segundo movimiento): el chelo suena a modo de duduk desde la incómoda parte aguda de la cuarta cuerda. Gerhardt consigue un efecto fantasmal pero sin cargar las tintas, con una sobriedad elocuente (estilo claramente diferenciando del de Camille Thomas, que estrenó el concierto, más expresionista). De hecho, da la sensación de que Fazil Say emplea la música de duduk desde un concepto occidental (precedentes en medios audiovisuales de presencia de este instrumento para demostrar la devastación), y de esa manera se clarifica el mensaje con una referencia asimilada: no hay duda de lo que se está contando y qué se está utilizando para ello. Es un momento inolvidable de comunicación entre el autor, el solista y el público.

La cosa no había comenzado tan bien con una Sinfonía n.º 96 de Haydn bastante plana de matices, muy beethoveniana en sus hechuras y con pocos guiños humorísticos. En el primer movimiento timbal y metales se comieron unas cuantas veces a la cuerda: las maderas respondían sin saber a qué. Mejor el resto de movimientos, especialmente el Minueto-Trío, bien contrastado, y un Finale sin complejos en cuanto a dinámica. Al Andante le había faltado intimismo y trabajo en el fraseo, y la sensación general es que Fischer no tiene un concepto muy desarrollado o, más bien, personalizado de lo que quiere para Haydn, sino que emplea su inequívoco sonido expansivo para inscribirse en una tradición que a grandes rasgos sigue funcionando, aunque desde luego puede refinarse más.

Evidentemente, ese “sonido Fischer” alcanzó toda su gloria en una Primera de Brahms armadísima desde el grave, sólida como un peñasco y exenta también de sorpresas, aunque todo fluyó y hasta puede decirse que en este caso no hicieron falta. El hecho de que el director dirigiera exactamente como se esperaría de él funcionó muy bien en esta obra: creó un marco para que todas las familias sonaran presentes e integradas, en un equilibrio que no es fácil de conseguir (el oboísta Sebastián Gimeno se lució aquí, aunque su maravillosa noche ya había comenzado con Haydn). 

La versión no fue plácida, sino moderadamente agitada, con efectos más violentos, secos o cortantes, en los momentos de mayor carga emocional. Eché de menos un poquito más de flexibilidad en los tempi en general y, en particular, tensión y personalidad en la coda del último movimiento, que es todo un mundo; pero principalmente fue una Primera satisfactoria desde un concepto que no falla siempre que se sepa articular y equilibrar, como es el caso. 

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