Alemania

Maria João Pires, libre de ir donde quiere

Juan Carlos Tellechea
martes, 1 de noviembre de 2022
Maria João Pires © May Zircus | Fundación Scherzo Maria João Pires © May Zircus | Fundación Scherzo
Essen, sábado, 8 de octubre de 2022. Gran sala auditorio Alfried Krupp de la Filarmónica de Essen. Recital de Maria João Pires. Franz Schubert, Sonata nº 13 en la mayor op 120, D 664, Sonata nº 21 en si bemol mayor op posth. D 960. Claude Debussy, Suite bergamasque. 100% del aforo.
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Maria João Pires ha regresado por fin a los escenarios de Alemania, tras varios conciertos cancelados por enfermedad. Este sábado se presentó en la gran sala auditorio Alfried Krupp, de la Filarmónica de Essen, en un inolvidable recital de piano con obras de Franz Schubert y Claude Debussy, expresando su visión tan personal de las obras para piano del compositor vienés, uno de sus favoritos.

En esta velada hemos podido escuchar cada una de las dos voces interiores de Schubert, una cantando "amor", la otra "dolor", como él mismo lo expresara en Mi sueño (1824). Pires nos lo acerca con oídos frescos. Desde los primeros compases de la Sonata para piano nº 13 D 664, nos introduce en un mundo de poesía. La artista expresa la ternura amorosa de Schubert con candor, sensibilidad e intensidad, alternando entre la alegría y la melancolía. Es una interpretación exquisita en la que todo es perfecto: el toque, los matices, los acentos, el fraseo, la tonalidad.

Hace unos 200 años, Schubert escribió esta sonata para piano, durante unas vacaciones de verano, para Josefine von Koller, una hermosa joven que se la pidió con una mirada encantadora. Una de las piezas más alegres de Schubert (hay algunas sombras oscuras, por supuesto, ¡si no se trata de Schubert!), técnicamente tocable incluso para los aficionados experimentados, musicalmente sustancial por toda su frescura. En aquel mismo lugar (Estiria, Alta Austria) y en las inmediaciones de esta Sonata, Schubert escribiría su Forellen Quintett; ambos están en la tonalidad de la mayor, que fue un verdadero antidepresivo para el compositor; o como el propio Schubert dijera: ''la mejor medicina contra la tristeza“.

La Suite bergamasque, segunda composición de este recital, es heredera de la suite barroca y se inscribe en la tradición de Rameau y Couperin. Pires es admirada aquí por su claridad de línea (Menuet , Andantino et très délicatement), su agudeza en la interpretación (un Passepied, Allegretto ma non troppo bien pegado) y un estilo poético que no reclama ningún discurso evanescente, sino que está finamente construido (Clair de lune, Andante très expressif).

Las obras para piano de Debussy parecen provenir de otro mundo. Desde el mismísimo Prélude (Moderato – Tempo rubato) el toque estructurado de Pires es maravilloso (esto es decir poco) para introducirnos rápidamente y con elegancia en las esferas de lo onírico. El piano Steinway resuena muy de cerca en todos los rincones de esta sala de acústica asombrosa.

La de la Sonata nº 21, última de la famosa trilogía de 1828, con la que cierra Pires su concierto, es una visión muy personal que desafía toda comparación. La pianista cultiva el rigor y esa sencillez que es fruto de la búsqueda del equilibrio. Este opus póstumo de Schubert es considerable, hechizante y difícil en su simplicidad. Pires aborda el Molto moderato, de casi 20 minutos de duración, muy comedida en sus primeros compases. Es una introducción serena y pacífica, todo sucede sin prisa. Es a partir de entonces que se marcan los matices y uno cobra la impresión de que algo no es tan suave como suele ser.

De las manos de Maria João Pires el compositor cuenta una historia paso a paso, pero no sin infundir una dosis de dramatismo en las repeticiones del primer tema. Estas longitudes divinas recuerdan los momentos de estiramiento encontrados en la Gran Sinfonía. El Andante sostenuto no es más que estremecedor y bello, resignado; se lo escucha aquí como un cuasi-Adagio en sus páginas iniciales.

El segundo tema, aparentemente luminoso, esconde un dramatismo igualmente intenso. A partir del Scherzo marcado como Allegro vivace e con delicatezza, Pires afirma su pertenencia a una tierra infantil y desenfadada, mientras que el trío central, muy distanciado, es más enigmático, como si algún adulto hubiera interferido en el asunto. El final (Allegro, ma non troppo), ágil y optimista, desprende un ardor incontenible, una vertiginosa carrera de acordes de señalización.

Esta es, sin duda, la interpretación de una pianista sincera, que cultiva un agudo sentido del legato al tocar, desafiando una destreza que no es suficiente para sacar una emoción. En definitiva, son los parámetros de la interpretación los la diferencian de muchos de sus colegas. En los célebres tres Klavierstücke, Schubert va muy lejos en la interiorización y en la ensoñación, más libre de ir donde quiere, dando la impresión de estar liberado de las limitaciones ligadas a la propia estructura arquitectónica de las sonatas.

El incesante vaivén entre la certeza del fin y un persistente impulso vital, perceptible en las Sonatas en do menor y la mayor (D 958 y D 959), da paso cada vez más a la resignación ante el destino en la Sonata en si bemol mayor (D 960). 

Con Maria João Pires la interpretación de esta Sonata nº 21 no ha perdido ni un ápice de su atractivo. Su personalísima visión permanecerá por mucho tiempo en la memoria de quienes aprecian el inimitable estilo de esta gran intérprete portuguesa. Ovaciones y estruendosas exclamaciones de aprobación del público, de pie en la gigantesca sala Alfried Krupp, cerraron esta magnífica velada en la Filarmónica de Essen.

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