España - Valencia

II festival Iturbi : Un festín de teclado con orquesta

Francisco Leonarte
viernes, 11 de noviembre de 2022
José Iturbi © 1933 by Carl Van Vechten José Iturbi © 1933 by Carl Van Vechten
Valencia, jueves, 3 de noviembre de 2022. Teatro Principal. Johann Sebastian Bach: Concierto en la menor para cuatro teclados y orquesta, BWV 1065; Wolfgang A. Mozart: Concierto nº 7 en fa mayor para tres pianos y orquesta KV 242 « Lodron »; Carl Philip Emmanuel Bach: Concierto en mi bemol mayor para clave, fortepiano y orquesta H479; Franz Liszt : Totentanz para piano y orquesta S126; Serguei Prokofiev: Concierto en si bemol mayor para piano y orquesta nº 4 para la mano izquierda op 53. Con Carlos Apellániz, Claudio Carbó, María Linares, Oscar Oliver y Xavier Torres (pianos), Diego Ares (clave) y Antonio Simón (fortepiano y piano). Orquesta de Valencia. Dirección musical de Manuel Hernández-Silva. II festival de piano Iturbi.
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José Iturbi (1895-1980), aunque algo olvidado hoy en día, fue un prestigioso pianista valenciano que logró gran popularidad gracias a su participación en varias películas hollywodienses, lo que le atrajo también las iras de buen número de puristas. Iturbi al parecer en tales casos decía que los críticos musicales no debían juzgarle por sus intervenciones fílmicas sino por su interpretación de las Sonatas de Scarlatti...

El caso es que, en homenaje a José Iturbi, nació en Valencia el Premio bienal de piano que lleva su nombre. Hace dos años, de forma complementaria, se creó el Festival José Iturbi, para los años en que no se convoca el premio.

El presente concierto formaba parte de la segunda edición, pues, de este Festival, y su gran atractivo era el programa (quien esto escribe ha de confesar que para el el programa es siempre el mayor atractivo de los espectáculos, y un concierto de un gran intérprete con un programa que no es interesante nunca me parecerá interesante...), un programa con obras infrecuentes, salvo tal vez la Totentanz.

Engrasando la máquina

Empezó la cosa con el Concierto para cuatro claves y orquesta de J.S. Bach, transcripción del Concierto para cuatro violines, violoncello y orquesta de Vivaldi. Aquí los claves fueron sustituidos por cuatro pianos.

Tuve la sensación de falta de ensayos, con pequeños desajustes por momentos entre los cuatro pianistas, con un primer movimiento falto de brío. Sólo a partir del segundo movimiento empezamos a escuchar alguna frase destacable, mejorando notablemente el tercer movimiento. Como si la máquina engrasase poco a poco.

La orquesta, en formación muy reducida, desfavorecida por su situación al fondo del escenario en una sala de acústica muy seca, y no usual en la música barroca, se mantuvo en un discreto segundo (o tercer o cuarto) plano. Digamos que acompañó con discreción, cosa que ya es bastante.

Divertirse entre amigos

Venía después un Mozart -también relativamente infrecuente- su Concierto para tres pianos 'Lodron' en homenaje a las hermanas para quien fue compuesto. Aquí se notaba a la orquesta, más nutrida que en la obra anterior, mucho más a gusto. De hecho la introducción al segundo movimiento fue uno de los puntos fuertes de la tarde. Hermosa. Hernández-Silva jugó con ligeros ritardandi y diminuendi para darle sentido, movimiento interno, como una porcelana delicada.

Los tres pianistas, Claudio Carbó, María Linares y Oscar Oliver, tocaron como tres amigos que se responden y juegan, y uno le enseña al otro, y otro le enseña al uno, y la tercera comenta. Hubo una sensación de complicidad que bien pudiera ser la que el propio Mozart tenía en mente cuando lo escribió para interpretarlo él mismo con las hermanas Lodron.

Destacó además el precioso fraseo pianístico de la melodía del segundo movimiento, ejemplo de lo que servidor considera el estilo 'mozartiano', con sencillez, sin forzar en la sentimentalidad ni en la lentitud, con naturalidad, haciendo escuchar todas y cada una de las notas y dándole sentido a cada una de ellas.

Un disfrute.

Mucho más que un experimento

Le siguió un notable experimento, el concierto que Carl Philip Emmanuel Bach (hijo del susodicho, por supuesto) escribió para comparar el fortepiano con el clave, creando contrastes, unísonos y zonas de complementaridad de los sonidos de uno y otro. Un experimento que no iría a más si no fuera porque el hijito era un excelente compositor, creador de preciosas melodías, tal vez más hermosas e inmediatas que las del propio Mozart, aunque con menor imaginación en su desarrollo. Y uno, escuchando esta hermosura, pensaba muy fuerte "Dennos ustedes más C. P. Emmanuel Bach, y más músicos más que notables de la segunda mitad del XVIII, que parece que no haya habido más que Mozart y un poco Haydn". Ojalá mi pensamiento haya sido capaz de llegar, telepáticamente, a las mentes de programadores y artistas ...

Fueron destacables en la interpretación la dulzura de las flautas, el virtuosismo de los solistas (Diego Ares al clave y Antonio Simón al pianoforte), o la buena comprensión de la partitura por Hernández-Silva. Aunque eché a faltar algo más de fantasía en el tratamiento de las repeticiones.

Virtuosismo del de verdad

Después del intermedio, la obra más conocida del programa, la Totentanz de Liszt, virtuosismo en estado puro.

Es cierto que la orquesta -aquí ya plenamente en su ‘zona de confort’- sonaba ‘menos impresionante’ que en otras salas con acústica más brillante, pero también es cierto que nunca cubría -ni en los forti más forti- al solista, y que todo se escuchaba con nitidez. Prefiero mil veces esto a las salas con acústica ‘tremenda’ de insoportable reverberación como la Philarmonie de París...

El caso es que orquesta, y sobre todo pianista (Xavi Torres), fueron ovacionados con justicia, después del festival de truenos, arpegios, mil y un efectos al teclado, y variaciones de todos los colores en torno al Dies Irae, que es siempre impresionante (cuando está bien tocado, como fue el caso) en la Totentanz.

Tal vez, por pedir, hubiese pedido mayor hilazón entre las variaciones, porque tuve a veces la sensación de que el silencio antes de atacar una variación hacía perder el sentido de conjunto de la obra. Pero es pecata minuta.

Fin de fiesta

Y terminaba la panzá de teclados con otra obra demasiado poco frecuente en las programaciones, el Concierto para la mano izquierda de Prokofiev.

Ya conocen ustedes el origen de esta partitura. El pianista Paul Wittgenstein (hijo de industrial alemán y hermano del famoso filósofo Ludwig Wittgenstein) había perdido su brazo derecho en la primera guerra mundial (y antes de la segunda tendrá que huir de la Alemania nazi... Para que nos quejemos de haber estar encerrados mes y medio en casa por culpa de la pandemia, con comida, calefacción, televisión e internet...). Así que pidió a varios compositores de renombre (Richard Strauss, Korngold, Britten o Ravel) que le escribieran obras para ser interpretadas con sólo la mano izquierda. La partitura propuesta por Prokofiev no le gustó al destinatario, y el compositor pensó en arreglarla para las dos manos, pero antes de llevar a cabo su proyecto murió, y sólo tres años después fue estrenada la obra.

Obra de notable dificultad, es sin embargo menos llamativa -aunque no menos hermosa- que otras obras del mismo compositor, y su finale, rápido y poco apoteósico, no incita al aplauso.

De nuevo asistimos a una demostración de virtuosismo con sentido, esta vez a cargo de Carlos Apellániz, favorecido de nuevo por la acústica de la sala y por el sentido del acompañamiento de Hernández-Silva. Fue muy hermoso el segundo movimiento, en que la orquesta se ocupa de la melodía, con una notable intervención del clarinete solista. 

Ante el entusiasmo del público, salieron todos, director y solistas del concierto, a saludar y saludar.

Y como aquello no cesaba, nos regalaron con un divertido momento de triángulo, orquesta (un acorde) y piano a ¿ ? ¿cuatro? ¿ocho? ¿cuántas manos había allí ? No supe contarlas.

Y salimos todos, después de este festín de obras poco frecuentes, un poco menos tontos y, sobre todo, con una sonrisa de oreja a oreja.

NB – Cantaba el mismo día y a la misma hora en otra sala de la misma ciudad (Les Arts), Cecilia Bartoli, y los melómanos tuvimos que escoger entre papá y mamá. En una ciudad que tiene oferta cultural pero sin excesos, ¿sería posible que programadores se entiendan para que no haya dos conciertos -y los dos interesantes- el mismo día y a la misma hora ? 

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