Reino Unido

Simon Appassionato

Agustín Blanco Bazán
miércoles, 7 de diciembre de 2022
Rattle y Uchida en el Barbican © 2022 by Barbican Center Rattle y Uchida en el Barbican © 2022 by Barbican Center
Londres, jueves, 1 de diciembre de 2022. Barbican Hall. Orquesta Sinfónica de Londres bajo la dirección de Simon Rattle. 30.11: Robert Schumann, Obertura de Genoveva, Concierto para piano (solista: Mitsuko Uchida). Sergei Rachmaninov: Sinfonía nº 3. 1.12.2022: Jan Sibelius, Las Oceanidas, Tapiola. Anton Bruckner, sinfonía nº 7.
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¡Qué bien ha madurado Simon, aquel chico de Liverpool que terminó siendo director de orquesta! Porque para mí sigue siendo simplemente Simon, según lo pidió él mismo en una entrevista a Helena Matheopoulos hace ya muchos años: “Odio que me digan ´Maestro´ o ´Mr Rattle´ Considero esto como un asalto personal. Me hace sentir incómodo”

¡Qué pesado le caerá, entonces, que le digan “Sir Simon!” Mejor entonces decirle “Simon” al menos de vez en cuando, para dar una idea de una relación con la orquesta que, él mismo lo ha proclamado, debe ser anti-feudal, esto es sin relación de vasallaje entre el director y los músicos sino mas bien unificada en un inseparable trabajo en común. ¡Qué difícil le habrá sido esto con la Filarmónica de Berlín! ¡Y qué cargoso puede llegarle a resultar el protocolo de la Sinfónica de la Radio de Baviera cuando asuma su jefatura para la temporada 23-24!

En mi caso siempre he disfrutado a Simon como director local, primero con la Sinfónica de Birmingham y ahora al frente de la Sinfónica de Londres, pero sin olvidar su excelente afinidad con la Orchestra of the Age of the Enlightement y algunas inolvidables incursiones en ópera desde Mozart a Gershwin. Una característica constante en todas ellas es el apasionamiento de su gesticulación, intensa ya a partir del característico rictus de sus párpados y su boca, y un agitar de brazos intenso pero nunca superfluo. Algo así como si quisiera intervenir en la ejecución de cada uno de los instrumentos.

Porque … sí, Simon es siempre apasionado, a veces excesivamente, como por ejemplo en algunos pasajes del difícil Concierto para piano de Schumann. En este caso, la orquesta pareció en algunos momentos tapar la delicadísima interpretación de Mitsuko Uchida, una pianista con más talento para los pasajes íntimos que las secciones que requieren mayor asertividad frente a una orquesta dispuesta a arrasarlo todo. El comienzo fue algo borroso por su falta de balance en las dinámicas, algo que, corresponde decir, he observado frecuentemente en las versiones en vivo de esta obra. Pero después las cosas mejoraron gracias a la perceptiva predisposición del director de entrar en diálogo con la solista a través de tiempos moderados y un fraseo siempre expresivo.

Y ambos se lucieron en sus apartes, Uchida con una maravillosamente sensible ejecución de la cadenza al final del primer movimiento. Y, en el segundo, Simon con sus instrucciones para que los chelos cantaran enfática y extrovertidamente las maravillosas frases melódicas escritas para ellos por Schumann. En el Allegro vivace final director y solistas unificaron sus talentos con virtuosa espontaneidad.

En la Sinfonía nº 3 de Rachmaninov, Simon Rattle demostró una vez más su reconocida capacidad para confrontarse con obras difíciles. Todo el hermetismo de la obra fue vencido gracias a una exploración de contrastes cromáticos y de tiempos y detalles, más una perceptiva diferenciación de chelos, clarinetes y trompas en el recurrente motto del primer movimiento. El espíritu de Chaicovsqui brilló en los pasajes más extrovertidos del segundo movimiento, y en el tercero, las variaciones de tiempo y color se encargaron de convencer a los más reticentes a aceptar esta obra como maestra.

Rattle dirigiendo. Barbican Hall de Londres, 30.11.2022. © 2022 by Barbican Hall de Londres.Rattle dirigiendo. Barbican Hall de Londres, 30.11.2022. © 2022 by Barbican Hall de Londres.

El segundo concierto comenzó con lo mejor de las dos veladas, porque Rattle sigue siendo un experto en extraer de Sibelius todos esos matices cromáticos apoyados en una expresividad serena pero que siempre termina envolviendo y arrollando. En Las Oceánidas las frases de flautas, oboes y clarinetes parecieron flotar en un melisma de cuerdas inexorable en su desarrollo hacia un clímax resuelto en una espontánea y asertiva conclusión. Y Tapiola fue una maravilla de detalle y contraste orquestal. Magistral fue el tremolando en crescendo de las cuerdas sobre el final de la obra que concluyó con acordes conmovedoramente cálidos de las cuerdas.

Y el público casi se volvió loco de júbilo con la Séptima de Bruckner, pero no yo. Rattle es un maestro en la exposición de colores, pero su proverbial apasionamiento conspira, creo, contra su capacidad de estructurar obras donde la estructura es algo fundamental. En este caso, y ya a partir del exagerado énfasis de las frases de chelo inicial, todo lo siguiente se precipitó con un entusiasmo feroz que excluyó el misterio, la reflexividad y el distanciamiento que caracteriza a este compositor. Y por supuesto que en medio de este torbellino siempre tendiente a desbocarse en estridencias y ansiosos borbotones sonoros desaparecieron esos detalles que solo pueden conmover a través de un recato a la vez reticente, nítido y envuelto en un discurso que debe salir siempre espontáneo y nunca impulsado por pataletas melodramáticas.

Pero qué gran orquesta, la Sinfónica de Londres. 

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