España - Castilla y León

El arte de cantar (mal)

Samuel González Casado
jueves, 22 de diciembre de 2022
Patricia Petibon © 2022 by Machreich Patricia Petibon © 2022 by Machreich
Valladolid, viernes, 16 de diciembre de 2022. Centro Cultural Miguel Delibes. Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Patricia Petibon (soprano). Josep Pons (director). Falla: La vida breve: Interludio y Danza. Ravel: Sheherezade; Alborada del gracioso; Dafnis y Cloe: suites n.os 1 y 2. Ocupación: 90 %
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Mediocre concierto en número 6 de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, que contó con una primera parte directamente espantosa y una segunda algo más apañada que al menos contribuyó a que el posterior ambiente prenavideño de la zona de copas del auditorio fuera lo suficientemente animado como para conseguir suavizar los efectos de la dirección y, sobre todo, del canto.

Josep Pons y Patricia Petibon han colaborado estrechamente en ocasiones anteriores, y solo así se entiende la presencia en el escenario de la sala sinfónica de la soprano francesa, dado su calamitoso estado vocal. En cierta medida, Petibon está pagando ahora todos los peajes causados por su habitual forma de cantar, con una emisión muy abierta y poco flexible que lo apostaba todo al brillo; lo cual, unido a la pobre adecuación en la utilización de timbres, daba lugar a cierta rigidez que siempre dificultó el legato y provocaba claros desequilibrios en la tesitura. Su emisión siempre me sonó desprotegida y forzada, escasa de recursos, rodeada de inflexiones tan poco ortodoxas como peligrosas, que intentaban suplir lo que musicalmente podría haber llegado a hacer con buena técnica.

Hoy no queda nada de ese sonido que a muchas audiencias resultaba espectacular: el centro está mal impostado o directamente sin impostar —los armónicos son paupérrimos—, y no puede preparar por tanto los agudos, que lanza de forma más o menos aleatoria y siempre suenan vociferantes y poco afinados. El grave no existe, y la zona del centro grave mantiene un poco de ortodoxia, pero con una proyección mínima. Eso sí, como siempre la cantante complementa su actuación con esos gestos dramáticos, para los que no ha perdido cualidades, que un día contribuyeron con sagacidad a redondear artísticamente su carrera desde el carisma escénico y hoy no sirven para otra cosa que para complementar la decadencia.

Poco hay que comentar, por tanto, de su interpretación del ciclo de canciones Sheherezade, de Ravel, que en nada contribuyó a mitigar el pésimo efecto de la confusa ejecución del interludio y danza de La vida breve, exentos de cualquier sutileza y desde una dirección empeñada en destrozar los oídos y las meninges de todos aquellos que hubieran osado abusar del alcohol en las muchas comidas de empresa que se perpetraron ese día.

La misma sobredimensión orquestal, falta de sutileza, sonido duro y exceso de decibelios se sufrió en la Alborada del gracioso, pero aquí al menos ya se vio cierto cambio en algunas partes más evocadoras e íntimas, en las que se apreció mayor cuidado. Afortunadamente, y pese a no corregirse ciertos defectos comentados, las suites de Dafnis y Cloe se habían trabajado más y mejor. Por supuesto, el director echó el resto en Amanecer, bien planificado, y en la bacanal, donde la OSCyL sonó en máximos y la brutalidad y el desatado efectismo orquestal de Pons se justificaron mejor contextualmente.

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