España - Cataluña

Un concierto otoñal

Meritxell Martí

viernes, 4 de octubre de 2002
Sabadell, viernes, 27 de septiembre de 2002. Teatro Municipal de la Farándula. M. Lluïsa Montada, soprano. Ricard Bordas, contratenor. Joan Cabero, tenor. Pau Bordas, bajo. Coral Cantiga. Director del coro: Josep Prats. Director: Edmon Colomer. Programa "Beethoven. Ahora hace 200 años": Ludwig van Beethoven: ‘2ª Sinfonía en re mayor’ y Franz Joseph Haydn: ‘Misa en sí bemol mayor’ Harmoniemesse. Temporada de la Orquesta Sinfónica del Vallès. Ocupación: 50 %
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La Sinfónica del Vallés comienza la Segunda sinfonía de Beethoven con aire cansado. Es un primer movimiento casi arrastrado por los violines, demasiado moderado y frío. La sección grave de la cuerda parece inexistente: los violoncelos tímidos y los contrabajos ausentes. Se trata del primer concierto de la temporada en un teatro de la Farándula extrañamente a medio llenar. El primer movimiento, adagio, de esta Segunda en re mayor transcurre, pues, con una extrema placidez. Quizás la culpa es del otoño. Afortunadamente, a lo largo del segundo movimiento, larghetto, las cosas empiezan a cambiar. Como si hubieran captado el estado melancólico del público y su necesidad de una audición un poco más sentida, director y músicos parecen despertar; el primer romanticismo sinfónico gana en intensidad gracias a una cuerda sólidamente unida que desgrana el fraseo bucólico beethoveniano de este movimiento. Intensidad que irá in crescendo durante el scherzo, que Edmon Colomer dibujará con control expresivo entre medio de la orquesta. Aún así, el nuevo director titular de la OSV no pierde la sobriedad que lo caracteriza, su pose epicúrea, ni en los momentos climáticos. Sus anchas manos cuadradas desmenuzan el allegro molto del cuarto y último movimiento sin que su cuerpo se retuerza al estilo Brotons. Al final todo termina bien, mucho mejor de lo que anunciaban los primeros compases.Tras el breve interludio de la media parte, la Misa en Si bemol mayor de Joseph Haydn crea el elemento de contraste. La eclosión de las voces bien condensadas de la Coral Cantiga abren la misa con el Kyrie, seguido de un Gloria donde los solistas pondrán de manifiesto la corrección de sus voces así como también mostrarán un Haydn risueño, registre poco usual en este género religioso. Joan Cabero destaca sobre sus compañeros, M. Lluïsa Muntada y Pau y Ricard Bordas, que se mantienen en una medianía a tono con el decurso general de la obra. El credo se alarga en demasía a pesar de que su ejecución es equilibrada y limpia. Las tres partes finales, sanctus, benedictus y agnus dei parecen fundirse en una única melodía soporífera llevada a cabo con la dignidad suficiente.Dudo si acusar a los intérpretes o al compositor. El concierto acaba sin pena ni gloria, pero sería injusto no agradecerle una cierta sensación de paz y de serenidad que, a pesar de todo, nos ha dejado además del sueño, y que es mérito indudable de las harmonías del siglo XVIII.

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