Uruguay

Intento pomposo y caro, pero frustrado

Coriún Aharonián

viernes, 4 de octubre de 2002
Montevideo, viernes, 4 de octubre de 2002. Guillermo Pellegrino: Cantares del alma. Una biografía definitiva de Alfredo Zitarrosa. Montevideo: Ed. Planeta, 1999. 380 páginas. 24 x 16,5 cm
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Otro libro sobre un músico, que no habla de música. Otro mamotreto lleno de datos irrelevantes. No es sólo culpa de quienes los hacen, sino también de la indiferencia del sector intelectual por el deterioro de su nivel, de la inoperancia de las estructuras universitarias latinoamericanas de formación de investigadores (ocurre no sólo en musicología sino también en terrenos más “normales” como el de la historiografía, donde un simple trabajo estudiantil de pasaje de curso se transforma milagrosamente en un libro, con financiación y todo), y de la poca responsabilidad de los editores. [nota 1] El joven Guillermo Pellegrino realiza una aparentemente muy esforzada tarea de recopilación de datos, pero como no sabe de qué debería estar hablando (de un creador e intérprete de canciones excepcional), no logra separar paja de grano, y se atolla en los datos menos importantes. Dice haber trabajado “más de tres años”, y cree que eso es una hazaña suficiente. No ha aprendido todavía que hay cosas que exigen trabajar varias veces tres años. Si se hubiese puesto humildemente a laborar el montón de bytes acumulado y hubiese aprendido a usar la tijera, podría habernos dado, dentro de cinco o diez años – o treinta, por qué no –, un libro muy, muy bueno. Cita al escritor uruguayo Francisco Espínola (“no hable de lo que no sabe”), pero no ha registrado su consejo. Eso sí: en la introducción hace su propia apología. Y se hace trampa, porque inadvertidamente deja traslucir que el móvil de escribir este libro es un móvil de mercado. Gracias por hacernos descender también a ese infierno. El libro está impecablemente impreso en Montevideo. Es caro (aproximadamente 25 US $ en el momento de su puesta en venta), y el editor utiliza en la contratapa el anzuelo de nombres que son muy poco consultados en el interior del volumen. Pretende ser, desde la carátula, una “biografía definitiva de Alfredo Zitarrosa” pero no tiene ni bibliografía, ni discografía, ni lista de obras – canciones, piezas instrumentales, artículos, narrativa, etcétera –, ni índice de nombres citados, ni cronología. Hay citas de textos periodísticos o de entrevistas, y se menciona el órgano y la fecha, pero no el autor ni el título. Una cita de Yupanqui lleva a una nota final, pero la nota final lleva ... a un artículo del propio Pellegrino publicado en 1996, y por lo tanto nos quedamos sin saber cuál es la fuente de esa cita, probablemente apócrifa (la referencia dice “nota” y no “entrevista” y ocurre que Yupanqui murió en 1992). La cronología podría ser prescindible si el texto tuviese orden. Pero Pellegrino no sabe estructurar un libro, ni en lo narrativo ni en lo musicológico. Por ejemplo: en la primera línea del primer capítulo dice cómo se llama la mujer que da a luz al biografiado y decide no criarlo, pero no dice quién era y qué hacía, a pesar de que el libro se referirá permanentemente a eso –tres páginas más adelante Zitarrosa señala “De mi madre Blanca heredé la voz y la afición por las artes”. En ese mismo primer párrafo establece que el matrimonio integrado por Carlos Durán y Doraisella Carbajal lo adopta, pero sólo seis páginas más adelante nos enteraremos que el señor Durán era de oficio policía, y en la página 34 hay una nota al pie que olvida lo explicado al comienzo, en el cuerpo principal del texto.El lector se ve sumergido en un torrentoso caos de chismes (Pellegrino se siente obligado a transcribir in extenso – pero con “corrección de estilo” – a cada entrevistado en cada nimiedad) y en un palabrerío redundante y vacío. Los datos se repiten (por ejemplo: en página 23 dice “Uno de ellos era Enrique Antonio Dotta, conocido con el apodo de El Comunista", y a la vuelta de página nos revela que “El nombre completo del Loco era Enrique Antonio Dotta”, por simple falta de tiempo de decantación) o se contradicen (en el mismo ejemplo, dice en página 23 que Dotta era “el único comunista del pueblo”, y en página 24 afirma que “más que comunista era un anarquista”). Sobra información prescindible (por ejemplo: en la página 42 dedica un párrafo a contar el argumento (¡!) de una obra teatral en la que Zitarrosa actuó un breve lapso en 1958, o transcribe un título de un diario chileno para explicar que el diario se equivocó y en vez de Alfredo escribió Alberto), y falta información esencial. No hay una mínima indagación sobre el contenido de los discos, por ejemplo. O, en aspectos menores, Santiago Luz es explicado como “un clarinetista de gran nivel”. Hay hasta algún error grave de fecha (Zitarrosa es relacionado con el FIDEL, Frente Izquierda de Liberación, en 1962, nueve años antes de su real ingreso al MPU, grupo integrante del FIDEL).Pellegrino es superficial en sus referencias (“ciertas actividades típicas de los chiquilines del interior”) y no se preocupa por conocer el tiempo y el lugar en el que está inserto, inevitablemente, su biografiado. Así, se saltea datos como que un microscopio era un objeto bastante caro para un hogar humilde, o que El tesoro de la juventud era una colección de libros carísima. Zitarrosa se afilia al MPU, pero el MPU no es definido por el autor del libro. O define a Luigi Nono como “el músico” [nota 2] y a Sylvie Vartan como “la blonda cantante de origen búlgaro que interpretaba canciones con un ritmo inspirado en la década del 20”. Y Benedetti pasa a ser “el reconocido escritor”. O se saltea un enfoque más serio del Encuentro de la Canción Protesta realizado en Cuba en 1967, como consecuencia del cual surge el Centro de la Canción Protesta del Uruguay.Sus pocas referencias a alguna lectura reflejan desenfado, y una gran lejanía respecto a lo tratado (su nota al pie de la página 20, su desconocimiento de que la frase sobre fronteras políticas y fronteras folclóricas en página 115 pertenece a Lauro Ayestarán, su cita infantil de referencias bibliográficas - “El libro Cosa de negros define el origen de este género” -). Desconoce cosas básicas del país (en la escuela primaria no se “jura” la bandera) o de la ciudad (el Liceo Nº 5 no tenía “turno noche”: en un mismo local convivieron hasta fines de los 1950 el Liceo Nº 5, el IAVA - instituto pre-universitario centralizado - y el Liceo Nocturno – único en aquel entonces –).No indaga. No se toma tiempo para tener una idea al menos aproximada del contexto cultural y generacional en el que Zitarrosa aparece como cantor y compositor popular. Tampoco del contexto de los medios de comunicación. Los disparates abundan. Omar Grasso, director de teatro, pasa a ser dramaturgo. Del amor herido pasa a ser editado por “los sellos Tonal y Orfeo”, que – curiosamente – eran competidores [nota 4]. Habla del séptimo disco, pero no dice qué sello lo editó (Cantares del Mundo, un sello flamante perteneciente al Partido Comunista) ni quiénes intervinieron en él (ni en otros discos, seamos justos). Cita a Alfredo Gravina como autor de un texto de contratapa, pero no como autor del texto del contenido del propio disco. Su manejo del idioma es curioso. Por un lado, apunta a un mercado virtual (todo el libro escribe setiembre con p - salvo en algún texto ajeno citado -, cosa que en el Uruguay no existe desde hace tiempo inmemorial, y es inadmisible en una editorial supuestamente uruguaya, que deja pasar erratas tales como acervo con b), y por otro tropieza con los términos. Hace notas al pie para explicar - aunque esté en el DRAE - qué quiere decir tal palabra en el Uruguay (“En el Uruguay la Tómbola es un juego de azar”), pero olvida definir qué son los cuises. Toda una bendición, esto de que el Grupo Editorial Planeta venga a salvarnos de la barbarie.Notas1 ¿Qué le hizo suponer al Grupo Editorial Planeta - capital extranjero incidiendo en el proceso cultural latinoamericano - que este texto merecía ser editado como libro?2 ¿Sabrá que Nono es uno de los más importantes compositores de música culta del siglo XX?3 La verdad es que fue editado por Tonal, propiedad de Casa Praos, que debió cerrar poco después. El catálogo entero de Tonal fue vendido, entonces, a R. y R. Gioscia S.A. (Palacio de la Música), propietaria del sello Orfeo.

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