España - Madrid

Bendita nostalgia

Germán García Tomás
martes, 14 de marzo de 2023
Albert Boadella en el ensayo general de Malos tiempos para la lírica. © Pablo Lorente | Teatros del Canal Albert Boadella en el ensayo general de Malos tiempos para la lírica. © Pablo Lorente | Teatros del Canal
Madrid, sábado, 18 de febrero de 2023. Teatros del Canal (Sala Verde). Malos tiempos para la lírica. Un reencuentro con la zarzuela. Dramaturgia: Albert Boadella y Martina Cabanas. Dirección: Albert Boadella. Dirección musical: Manuel Coves. Espacio escénico: Martina Cabanas y Bernat Jansà. Iluminación: Bernat Jansà. Arreglos musicales Susan King: Marc Álvarez. Diseño audiovisual: Raúl González. Reparto: María Rey-Joly (Susan King –soprano-), Antonio Comas (Don Julián –tenor-). Fragmentos de romanzas y dúos de zarzuela de Pablo Sorozábal, Pablo Luna, Ruperto Chapí, José Serrano, Amadeo Vives, Francisco Asenjo Barbieri, Emilio Arrieta y Tomás Bretón.
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La nostalgia es buena consejera a la hora de producir obras escénicas. Añorar y reivindicar nuestro pasado musical por medio de un producto teatral de nueva creación es una tarea de especial originalidad artística no exenta a su vez de riesgo. Un lobo de mar como es Albert Boadella sabe eso más que de sobra, y la fórmula que ha explotado en los últimos años, con un ramillete de piezas escénicas con la lírica como inspiración e hilo conductor, ha generado una notable aceptación popular y ha hecho reflexionar sobre un acercamiento novedoso y singular a los títulos de ópera y zarzuela a través de dramaturgias teatrales donde el componente de crítica social y cultural está plenamente de manifiesto. Y en las que la nostalgia flota por encima como un halo que todo lo envuelve.

El dramaturgo catalán, y por encima de todo español, paladín de los madrileños Teatros del Canal y todavía hoy tan vinculado a estas salas desde que abandonó el timón de la programación de la institución comunitaria, propone ahora una mirada nostálgica y bastante ácida y corrosiva, como ha sido siempre su tónica teatral, de su apreciado género lírico español, la zarzuela, por medio de un conflicto generacional en Malos tiempos para la lírica. La dramaturgia de Boadella y Martina Cabanas simplemente toma prestado el título de la canción de la banda de pop español Golpes Bajos para recrear el encuentro entre la atractiva cantante Susan King (Susana Rey en su verdadero nombre español) que ha movido a masas de fans detrás de ella en versiones pop de temas de zarzuela y ese viejo y decrépito maestro de canto necesitado de máscara de oxígeno (Don Julián) que le dio clases en el pasado haciendo de ella una excelente soprano, y que es la que recurre desesperadamente a él visitándolo en su cibernética residencia para que le ayude a recuperar la voz perdida, en la que es su mayor crisis como artista.

Durante hora y media asistimos a los desencuentros entre dos visiones antagónicas de entender el arte musical, que provocan tanto momentos de gran hilaridad como de fuerte y encendida confrontación, tan bronca que lleva al insulto burdo y a una gran proliferación de tacos y palabras malsonantes, hasta el punto de que, en un ejercicio de transgresión de lo políticamente correcto y de abierto ataque a la actual política de género, el irritado profesor de canto, -que va reeducando y doblegando a la fiera en el canto lírico- llega a tachar a su pupila abiertamente de desvergonzada y ligera de cascos (“ya no os importa que os llamen putas”), cuando ella, desprendida de ropa y en la cama del mismo maestro con el que tuvo un affaire en su juventud como aprendiza, vilipendia el noble arte de cantar zarzuela y se arranca con una de sus movidas y horrendas versiones de la Canción Española de El niño judío de Pablo Luna. Ópticas reduccionistas y limitadas verán machismo y heteropatriarcado en ciertos tratos del hombre hacia la mujer, o la misma cohorte feminista del Ministerio de Igualdad haría enmiendas al espectáculo y mandaría a la hoguera la célebre romanza sobre las mujeres de Los claveles de Serrano que canta Don Julián dirigiéndose a Susana, pero lo cierto es que el sano y necesario componente de crítica debe estar presente en cualquier montaje teatral que aluda y apele a la contemporaneidad. Esa crítica destructiva se cierne, personificada en el enfermo maestro de canto, sobre los gustos musicales de la población actual, mayoritariamente joven, que opta por modelos facilones y machacones frente a la belleza y la armonía de un género como la zarzuela, anhelado por el anciano, y en eso abunda Boadella una y otra vez, llegando a hacer sufrir al personaje de Susana si quiere aspirar realmente a la esencia del verdadero canto.

En más de una ocasión la gota colma el vaso y Don Julián echa con cajas destempladas de su habitáculo -único espacio escénico ideado por Marina Cabanas para retener muy acertadamente la atención del espectador sobre la acción entre ambos personajes- a su díscola alumna, y las interesadas intenciones de ella, dócil y sumisa en las primeras clases de esta su vuelta al redil de la lírica, se van desenmascarando a medida que avanza la representación, hasta el imprevisto e impactante final, que deja perplejo al nostálgico espectador.

Los golpes de gracia y efecto cómico se complementan con la continua intervención del robot virtual de Don Julián, bautizado con el irrisorio apelativo de Pili, un dispositivo inteligente que prescribe en voz alta todos los cuidados que necesita el malhumorado maestro de canto como paciente de delicadísima salud -muy a su pesar-, una inteligencia artificial que también es empleada como un personaje autónomo más por el genio sarcástico de Boadella para lanzar humorísticos comentarios y extraer de su base de datos definiciones propias como la de prostituta cuando es pronunciada desde la escena, refiriéndose a una mujer que ejercía la prostitución antes de la ilegalización de esta profesión.

Las romanzas y dúos de zarzuela utilizados por el director catalán en esta propuesta artística, con algunas de sus letras ligeramente modificadas para la ocasión, se adaptan con inteligencia y pericia teatral a las situaciones planteadas sobre el escenario, y complementan la historia de odio con pocas gotas de amor a la que estamos asistiendo. Así, a los fragmentos antes aludidos, se añade un catálogo de retazos pertenecientes a los hits como la romanza “No puede ser” de La tabernera del puerto, ese nostálgico dúo-habanera de Ascensión y Joaquín de La del manojo de rosas, ambas de Pablo Sorozábal, la no menos triste jota de La bruja frente a las briosas y sureñas Carceleras de Las hijas de Zebedeo, las dos de Ruperto Chapí, o parte del poético terceto del tercer acto de Marina de Arrieta -aquí únicamente la sección a dúo entre Marina y Jorge-. Dos romanzas de José Serrano, la de Gloria, “Palomica aragonesa” de Los de Aragón, la única cantada en su totalidad de toda la función -en una hermosa y delicada visión onírica que tiene el maestro en la que ve a su otrora admirada alumna vestida a la aragonesa- y la romanza de Rosa, que hará sufrir a Susana Rey para volver a recuperar su más preciada arma, “Qué te importa que no venga” de Los claveles, verdadera prueba de fuego de la (re)conversión, un sufrimiento que en un primer momento ella tacha de abuso por parte de Don Julián, pero que luego buscará en plan masoquista como bien propio. Sangre, sudor y lágrimas para volver a la casilla de salida y desandar lo andado en el camino.

También aparecen algunos de los números de zarzuela que el dramaturgo barcelonés utilizó en su exitoso y en su día oportuno espectáculo dedicado a la figura de Amadeo Vives estrenado en este mismo teatro, Amadeu, como son el terceto -aquí nuevamente sólo dueto- de Doña Francisquita “Peno por un hombre madre” o la Canción del Arlequín de La generala, lo que hace reconciliarnos con las mujeres en este prematuro empoderamiento femenino y ridiculización del género masculino, allá por 1912. A este número se añade una dosis más de picardía femenina con la romanza “Yo que siempre de los hombres me burlé” de El rey que rabió de Chapí. Tenemos un resultado de tablas por tanto en eso de la lucha de géneros, que hoy tanto se estila, y que nuestro director catalán exhibe delante de nosotros con espíritu mordaz y sin avergonzarse de nada.

Cuando las cosas funcionan no es necesario cambiarlas, por ello Albert Boadella vuelve a recurrir una vez más a su pareja de oro, con la que ha contado en multitud de ocasiones para protagonizar sus propuestas artísticas: la soprano María Rey-Joly y el tenor Antonio Comas. Tras verles hace dos años en la piel de Maria Callas y Aristóteles Onassis en el espectáculo Diva -que tras las funciones de Malos tiempos para la lírica han vuelto a programar nuevamente los Teatros del Canal como homenaje al creador de Els Joglars en el 60 aniversario de su carrera-, estos dos experimentados cantantes vuelven a hacer suyos sus respectivos papeles, como un tándem de encaje perfecto que provoca la chispa escénica. Las excepcionales cualidades como actores que ambos poseen sostienen una función de puro teatro regado por el canto. María Rey-Joly lo convierte en arrebato lírico, oscilando su intensidad vocal como en un péndulo, -una verdadera catarata de emociones-, desde la fina sensibilidad hasta la explosión dramática; y Antoni Comas, acompañándose y acompañando al piano portátil, y con su voz intencionadamente ajada y quebradiza, se pone al servicio de un retrato -pese a su senilidad- muy vital, de un tiempo y una manera de entender el canto, la belleza musical, que fue y que es posible revivir, gracias al afán reivindicativo que le insufla Boadella.

No es ninguna casualidad que el regista catalán haya optado por bautizar a sus dos personajes con los nombres de los amantes protagonistas de La verbena de la Paloma, pues el amor-odio que Susana y Julián se tienen en el sainete de Tomás Bretón y Ricardo de la Vega se evidencia en toda la función de Boadella hasta su mismo final, la despedida de cantante y maestro, relacionándolo con el dúo habanera/concertante de la mencionada zarzuela, cuyos acordes instrumentales cierran abruptamente esta propuesta, intensa y al rojo vivo, pero también reflexiva y sentimental, como todas las de su autor.

La conclusión de todo esto es que Susan King manifiesta que en los conciertos de masas que ofrecía en Estados Unidos gozaba como nunca escuchando los vítores y gritos enloquecidos de sus fans (“es como un gran orgasmo”) y don Albert Boadella nos revela que los gustos y los tiempos de hoy no son demasiado propicios para la lírica. Pero él se ocupa de resucitar ese encanto y esa armonía musical. Viva la nostalgia.

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