Alemania

Klavier-Festival Ruhr

¿Es posible reunir a Bach y Chopin?

Juan Carlos Tellechea
martes, 13 de junio de 2023
Krystian Zimerman © 2023 by Peter Wieler Krystian Zimerman © 2023 by Peter Wieler
Duisburg, sábado, 3 de junio de 2023. Gran sala auditorio de la Mercatorhalle Duisburg. Krystian Zimerman (piano). Johann Sebastian Bach, Partita nº 1 en si bemol mayor BWV 825, Partita nº 2 en do menor BWV 826. Karol Szymanowski: Preludios op. 1 (selección) | Mazurcas op 50 (selección). Frédéric Chopin: Sonata nº 3 en si menor op. 58. Bis Frédéric Chopin: Nocturno nº 5 en fa sostenido mayor op 15/2. Organizador Klavier-Festival Ruhr. Patrocinador Klöckner & Co. 100% del aforo.
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Los conciertos del pianista Krystian Zimerman son siempre algo especial. Tuvo la suerte de haber conocido a Arthur Rubinstein, de haber trabajado con Herbert von Karajan y Leonard Bernstein, así como de haber sido amigo de Claudio Arrau, Arturo Benedetti Michelangeli, Sviatoslav Richter y Mariss Jansons. También es legendaria su idiosincrasia con los instrumentos y los teclados. No oculta sus comentarios políticos e interrumpe la interpretación o mira ofuscado al público cuando se graban a escondidas sus conciertos (una historia que se repite a menudo).

Pero ante todo es un pianista fenomenal. Este sábado, Zimerman actuó en el Klavier-Festival Ruhr con obras de Johann Sebastian Bach, Karol Szymanowski y Frédéric Chopin y, de nuevo, fue aclamado espontáneamente de pie por los espectadores que colmaban la sala de la Mercatorhalle de Duisburgo. El gran maestro del piano preparó una fantástica base con maravillosos colores y matices. Sus variaciones tonales, especialmente en la gama del piano, son magia pura.

La aproximación de Zimerman a Bach es muy singular, pero coherente: Aprovecha al máximo las posibilidades del piano, en la Partita nº 1 en si bemol mayor BWV 825 y en la Partita nº 2 en do menor BWV 826. Especialmente al comienzo de esta Partita en do menor irrumpe sobre el oyente casi con la fuerza expresiva de la Sonate pathétique de Beethoven. Se abre con una sinfonia que es a su vez tripartita, seguida de las tres primeras danzas de la suite francesa: Allemande, Courante y Sarabande. Pero el modelo se detiene ahí, ya que en lugar del Minueto y de la Gigue vienen dos piezas originales: un Rondeau animado, y un Capriccio que le sigue, demostrando el eclecticismo y la imaginación de Bach.

El estilo

También hace un amplio uso del pedal, elemento que, por supuesto, no existía en la época del compositor. El resultado es el sonido de piano muy brillante y extremadamente matizado tan típico de Zimerman, siempre envuelto en una especie de sfumato vibrante, en el que la música está determinada menos por la nota individual que por los arcos de desarrollo dinámico ampliamente estirados.

Este estilo de Zimerman, inequívocamente influido por la música romántica para piano, difícilmente podría estar más alejado de la interpretación analítica de Bach de algún otro célebre pianista, que no viene al caso aquí mencionar, que aproxima intencionadamente el sonido del piano a los instrumentos de la época, clavecín y clavicordio, al tiempo que adopta cada vez más el espíritu del movimiento sonoro original.

¿Es posible reunir a Bach y Chopin? Krystian Zimerman demuestra en este recital que la asociación no es tan insólita. Antepone a la Sonata nº 3 de Chopin las mencionadas Partitas, así como, entremedias, una selección de Preludios y Mazurcas de Karol Szymanowski. Si existen, las influencias de uno sobre el otro son, cuando menos, discretas. En cualquier caso, las obras elegidas son interpretadas con notable musicalidad por un gran y elocuente artista que sabe expresar lo que quiere decir.

Chopin

La Sonata nº 3 op 58 en si menor de Chopin, compuesta en 1844, pertenece a su último periodo creativo. Muy diferente en su estado de ánimo de la Sonata nº 2, llamada "fúnebre", es igualmente innovadora, no tanto por su estructura en cuatro movimientos como por su mezcla de ritmos cambiantes y su profusión temática. A menudo no se aleja mucho del ambiente de los Nocturnos o las Baladas del maestro.

Zimerman lo ha entendido claramente y lo ha asumido sin virtuosismo superfluo. El Allegro maestoso, por ejemplo, está justamente contenido y muestra su diversidad emocional. El segundo tema, en particular, evoca cierta visión nocturna a través de un canto casi melancólico que se despliega en trazos apasionados. Del desarrollo, de gran complejidad, surge una improvisación en las distintas frases.

Profunda musicalidad

El Scherzo: Molto vivace es caprichoso en su progresión casi despreocupada. Es en la sección central, más meditativa como una canción de cuna, donde el sutil arte del contrapunto nos recuerda a Bach. El Largo es de una belleza inquietante: sus solemnes acordes de apertura introducen una especie de romance rememorado, tal vez parecido a un aria. El carácter elegíaco va acompañado de un ritmo fuerte. El Finale, Presto, ma non tanto, agitato, está marcado por un pulso vivo que, una vez más, no intenta ser demostrativo. Si la energía del pianista no se ve superada, está supeditada a una visión de perfecta coherencia y profunda musicalidad.

La segunda parte de este concierto, Zimerman la abría con la obra de un compositor muy querido por él, Karol Szymanowski, cuya producción para piano solo incluye algunos aspectos significativos. Szyymanowski conoció a Arthur Rubinstein como su primer intérprete y ardiente defensor. Zimerman recoge la antorcha de Rubinstein, y de forma magistral lleva al público a un viaje fascinante, a un mundo sonoro singular.

Su estilo debe mucho a Chopin. Su forma tiene algo de (Alexander) Scriabin, pero ya existía la huella de una personalidad poderosa y original que se percibe en la línea de su melodía y en sus modulaciones audaces y originales. 

Así hablaba Arthur Rubinstein de la música de su amigo Karol Szymanowski, "un gran compositor polaco" que escribió mucho para piano.

Preludios y mazurcas

Krystian Zimerman ha elegido ilustrarlo a través de piezas escritas entre 1899, periodo de sus estudios, y la prolífica década de los años veinte. Los Preludios op 1, primer cuaderno al que seguirán otros cinco, muestran el estilo de un brillante aprendiz, inspirado por el venerado Chopin. Son nueve miniaturas, la mayoría en tempos lentos. Como la modesta y modulante nº 1, la canción resplandeciente de la nº 2, que se caldea en la sección central, una nº 7 más animada, aunque marcada Moderato y con una escritura compleja, armonías gráciles pero no anodinas, y finalmente la ensoñación pura de la nº 8, en una digresión que nunca desentona.

 

Las Mazurkas op 50, veinte piezas compuestas entre 1926 y 1931, ofrecen el complejo lenguaje del último periodo de Szymanowski, basado aquí en elementos del folclore de los montes Tatra. Zimerman interpreta cuatro de ellas, todas indicativas de su inclinación por los tempos rápidos. Entre ellas, la nº 14, Animado con elegancia y grandeza, que recuerda a una mazurca de Chopin a pesar de su ritmo desigual, y la nº 16, Allegramente Vigoroso, con su potencia luminosa que da paso a una digresión más serena. En la nº 13 y, sobre todo, en la nº 15, el ritmo típico de la danza polaca apenas comienza a emerger.

¡Quién mejor para defender esta música que Krystian Zimerman! Poeta soberano del piano a la vez que formidable técnico del teclado, se le reconoce por su manera de hacer "sonar" el instrumento, con una reserva de potencia que puede rozar lo feroz en los fortissimos, sumada a un generoso uso del pedal de forte, el arte de dosificar ritmos y colores, así como su dominio del rubato (Preludios op.1), y su preocupación por la claridad de línea, incluso en los pasajes más cargados. Dice que todo esto lo heredó de Rubinstein: 

En su presencia, fui más consciente de cómo podía corregir ciertos problemas físicos de mi forma de tocar. (…) Era como si me ayudara a resolver tal o cual problema.

Chopin al cierre

El pianista, visiblemente molesto por lo que consideraba un abuso de algunos espectadores, que según él le habrían grabado el concierto en secreto, obsequió de todas formas en los bises el Nocturno nº 5 en fa sostenido mayor op 15/2 de Frédéric Chopin. El teórico Theodor Adorno decía a propósito que "Chopin solo necesita tomar fa sostenido mayor, y ya suena" estupendamente bien. Sin embargo, esto no es tan sencillo.

Cualquiera puede tocar acordes y pasajes en fa sostenido mayor, pero hace falta un genio como Frédéric Chopin para conjurar una obra maestra tan bella en sonido como este Nocturno. La creciente sección central es poderosa y conmovedora, con el clímax en el compás donde termina el "crescendo" y Chopin exige "forte". Sencillo y admirable es el final, que se conforma con dos notas, con el la sostenido en la mano derecha y el fa sostenido en contra en la izquierda. Son medios sencillos, pero de efectos sobrecogedores. 

Otra vez de pie, los espectadores ovacionaron por largos minutos a Krystian Zimerman antes de abandonar la sala, hipnotizados aún por el buen hacer de este seductor del piano.

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