España - Madrid

Volodos pone el broche de oro

Pelayo Jardón
lunes, 17 de julio de 2023
Arcadi Volodos © 2022 by Christian Palm Arcadi Volodos © 2022 by Christian Palm
Madrid, martes, 27 de junio de 2023. Auditorio Nacional de Música. Arcadi Volodos, piano. Programa: Federico Mompou: Música callada 1. Primer cuaderno - I. Angelico. 2. Primer cuaderno. - II. Lent 3. Cuarto cuaderno. - XXVII. Lento molto. 4. Cuarto cuaderno - XXIV. Moderato. 5. Cuarto cuaderno - XXV. (untitled). 6. Segundo cuaderno - XI. Allegretto. 7. Segundo cuaderno - XV. Lento-plaintif. 8. Cuarto cuaderno - XXII. Molto lento e tranquilo. 9. Segundo cuaderno - XVI. Calme. 10. Primer cuaderno - VI. Lento. 11. Tercer cuaderno - XXI. Lento. 12. Cuarto cuaderno -XXVIII. Lento. Franz Liszt: Ballade n.º 2 in B minor, S.171. Alexander Scriabin: Еtude nº 2 in F-sharp minor, op. 8. Еtude n º 11 in B-flat minor, op. 8. Prelude Nº14 in E-flat minor, op. 11. Prelude nº 1 in B major, op. 16. Prelude nº 4 in E-flat minor, op. 16. Prelude nº 3 in B major, op.22. Prelude n.º 1 in B-flat minor, op.37. Poème n º1 - Masque, op.63. Poème nº 2 - Étrangeté, op.63. Poème nº 2 op.71. Danse nº 2 - Flammes Sombres, op.73. Sonata n.º 10, op.70. Vers la flamme, op.72.
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El pasado 27 de junio ha finalizado la temporada del ciclo “Grandes Intérpretes” de la Fundación Scherzo con un recital de Arcadi Volodos, quien interpretó obras de tres autores presentes desde hace años en su repertorio: Mompou, Liszt y Scriabin.

Al presentarse ante el público, da Volodos la impresión de ser un hombre circunspecto y sobrio; asertivo, mas no vanidoso ni pagado de sí mismo. Se sienta cerca del piano, pero a menudo aleja la cabeza hacia atrás y extiende los brazos, posición en la que podría recordar ciertos dibujos en los que se retrató a Brahms; pero no utiliza un taburete, sino una silla especial regulable, en cuyo respaldo apoya la parte baja de la espalda, como hacía el recientemente fallecido Radu Lupu.

La primera parte del concierto estuvo dedicada a una selección de la Música callada de Mompou. Con una delicadeza minimalista, sin ribetes de afectación, con el dominio de quien pinta la luz íntima del silencio interior, Volodos recrea esa serenidad de aquel que, cual predicaba Epicuro, vive en lo oscuro. Evoca, así, paisajes húmedos y umbrosos; una atmósfera, ya meditativa, ya puramente onírica, construida desde la introspección. Y para ello se sirve de la diafanidad del sonido; de un tocco aéreo y antitético de lo percutivo; de los difuminados dinámicos que se alejan; de un empleo mágico del pedal; y, en fin, de la sutileza de esas misteriosas disonancias propias de Mompou; de las sucesivas veladuras de las armonías flotantes, de la impronta de unos espectros sonoros que, fundiéndose, se suceden unos tras otros como en un caleidoscopio. Íntima, trascendente de la materia, la versión de Volodos resulta sumamente afín a la filosofía vital de Mompou.

Seguidamente tocó la Segunda balada de Liszt, obra típica del virtuosismo romántico publicada en 1854. Constituye esta partitura una sucesión de cúspides y simas, una alternancia de pasajes beatíficos e infernales círculos dantescos. Para bordarla -y, de paso, mejorarla, como sólo un Horowitz lo hacía- requiere de un sonido pulquérrimo, matizadísimas gradaciones dinámicas y una cuidada diferenciación de los planos sonoros, virtudes todas ellas que, en evitación de la confusión, la hagan perfectamente comprensible. Volodos ofreció un Liszt sobrio, despojado de arrebatos manieristas, un Liszt más propio de ese siglo XX, de esa Zukunftsmusik con la que el propio Liszt soñaba; poético en las cimas celestiales, si bien dando prioridad a la masa sobre los oscuros arabescos en los registros graves. El público estaba entusiasmado con la potencia y del ímpetu del intérprete.

Posteriormente ofreció una amplia selección de piezas de Scriabin: desde dos estudios de juventud del op. 8 (1894) hasta varias obras de madurez, como la Décima sonata, de 1913, y la Danza n.º 2, Flammes sombres, op. 73. En lo que atañe a este compositor, pocos podrán igualarse a Volodos en comprensión, ejecución y evocación de su obra arcana. El pianista ha interiorizado a su compatriota: místico y vehemente, contradictorio en sus ansias tenebrosas de un paraíso, que, como Tántalo, acaricia, pero nunca alcanza. Es este Scriabin el que respira a través de Volodos. Un Scriabin que, a diferencia del pretendido y puramente ornamental demonismo de Liszt, sí ha descendido al Averno. Y, aunque Liszt, al igual que Chopin, representa el punto de partida de Scriabin, es éste quien, llevándolos a la exasperación, los supera y finalmente destruye a las puertas del nihilismo. No hablaremos ni de octavas, ni de trinos, ni de trémolos ni de esa fiera elasticidad de pantera con las que se desliza por las teclas: en Volodos toda esa caterva técnica queda eclipsada por la asimilación que brinda del mensaje musical de Scriabin, un mensaje deliberadamente críptico e iniciático, un laberinto sembrado de enigmas.

De las cuatro propinas que ofreció, destacaremos una composición del propio Volodos, espectacular y muy ornamentada -precisamente en la línea de las fantasías y paráfrasis que, en su tiempo, hacía Liszt- sobre la Malagueña de Lecuona, que puso a todo el público en pie.

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