Opinión

Críticos en 'estado crítico'

Daniel Varacalli Costas

martes, 22 de octubre de 2002
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Durante el segundo semestre del año 2001 realicé en Radio Clásica Nacional (FM 87.9) un ciclo que, bajo el título de Estado crítico, se propuso efectuar un sondeo filosófico sobre la controvertida actividad que también ejerce el firmante. Participaron de él Julio Palacio, Pablo Bardin, Ramiro Albino, Ricardo Turró, Pablo Kohan, Enzo Valenti Ferro, Napoleón Cabrera, Jaime Botana, Jorge Rocca, Martín Liut, Alberto Bellucci, José Luis Sáenz, Federico Monjeau, Diego Fischerman, Eduardo Alemann, Abel López Iturbe, Eduardo Giorello, Claudio Ratier y Patricia Casañas.La denominación ostensiblemente irónica de 'estado crítico' no sólo aludía a un cierto juicio de valor sobre la situación de la crítica local, ni tampoco exclusivamente a los consabidos ataques a los que históricamente ha sido sometido este oficio, sino a un planteamiento más profundo, cual es el de determinar si existe algo así como un 'estado' profesional o intelectual que permita a alguien denominarse 'crítico' y diferenciarse de quien no lo es.La tesis inicial que se propuso en la emisión es muy simple: crítico es aquel que formula un juicio de valor sobre un hecho estético en un medio de comunicación. Y esta simplificación no es inocente, puesto que deliberadamente elimina del concepto el tema de la capacitación del opinante. Para esta tesis lo único que diferencia al crítico de un diario de quien opina con sus amigos a la salida de un concierto es el contexto en que emite ese juicio. El lector se preguntará preocupado: ¿entonces cualquiera puede ser crítico? La respuesta es afirmativa, como no lo es la respuesta a la pregunta de si cualquiera debe ser crítico.En el campo de la filosofía jurídica, durante más de dos siglos naturalistas y positivistas discutieron si el derecho injusto era o no derecho, debate bizantino que se resuelve eliminando del concepto de derecho lo que el derecho debe ser. Lo mismo sucede con la crítica: gastar energías en discutir si un crítico ignorante, mediocre o deshonesto es o no crítico implica distraerse de las condiciones que un crítico debería reunir para ser por lo menos profesionalmente aceptable.Esta manera de encarar el problema se deriva de un hecho no menor. La crítica, a diferencia de las profesiones liberales tradicionales -como la abogacía o la medicina- no es una profesión reglada: esto es, que no se requiere un título habilitante para ejercerla. Si bien no es el objetivo de este espacio discutir si eso debería o no ser así (en la Argentina, al menos, hoy resultaría utópico), lo cierto es que esta 'profesionalización' tampoco resolvería el problema de fondo: del mismo modo que hay médicos o abogados deplorables y otros brillantes, habría críticos diplomados de todas las condiciones, y los egresados de determinada 'facultad' o portadores de determinados títulos, pronto enarbolarían la preeminencia del propio sobre el de los otros. Pero aun aceptando que esta habilitación elevaría sin duda el actual nivel de la crítica, esta contingencia no invalida otro debate más profundo, que planteábamos ya en la cortina del programa radial: si la verdad depende del conocimiento.Habitualmente el público supone en el crítico -justificadamente o no, según el caso- una masa de conocimiento que lo habilita a formular juicios estéticos que el oyente acata simplemente porque él 'no sabe' (aunque pueda o no aceptarlos como consejos). Esta asimilación vulgar de la crítica con la actividad científica es tan endeble y nociva como la separación -insostenible desde que hace más de un siglo Husserl inaugurara la fenomenología- entre lo objetivo y lo subjetivo. Si según la habitual cita que Julio Palacio hace de Bernard Shaw, "las profesiones son conspiraciones de especialistas contra profanos", esa 'verdad' que surgiría del profundo e inalienable 'conocimiento' del crítico no es menos impostación que el 'lenguaje técnico' de los profesionales liberales, que actúa como barrera para mantener un monopolio o trazar una línea de alteridad entre quien sabe y quien no, como si el conocimiento fuera un hecho místico y no información que se adquiere por grados, y se desactualiza o modifica permanentemente.Y llegados a este punto, el balance más positivo que pudo extraerse de la propuesta radial es que la idea del crítico como poseedor de un saber exclusivo dictaminante ha caído en desuso, tanto entre quienes asumen la crítica como una actividad melancólica o fútil, como entre quienes con más optimismo la consideran una manera de acercar al público a un hecho complejo como es el arte. Y es sano que aquella idea de 'verdad', que encubría la mentira de que hay valores estéticos objetivos que permiten formular opiniones incontrastables apoyadas en ellos, esté decayendo. A partir del pensamiento de Heidegger, queda claro que una relación entre el hombre y el mundo que sólo pase por el 'conocimiento' implica violentar el acceso a esencias más profundas del ser. Por eso, cuando Heidegger afirma que el arte es "puesta en operación de la verdad", no se refiere ciertamente a la verdad científica sobre el 'ente', en la que parece escudarse el crítico fósil, sino a la verdad del arte, comunicable sólo a través de lo poético.La crítica enfrenta así una encrucijada: si esa 'verdad' es el arte mismo, entonces es intraducible en palabras. Y esta crisis es la que reubica la tarea crítica en un lugar de sinceridad que le permite superar las remanidas objeciones sobre la 'ignorancia' del opinante desmentido por la historia: el crítico ya no es un perito, sino un lector calificado cuya misión es detectar esa verdad poética del arte -o su ausencia- y transmitirla bajo la forma de entusiasmo o decepción, pero siempre disparando pensamiento, inquietud, resistencia, devoción o debate. Nada más nocivo que la pretensión de que haya una sola opinión sobre lo estético. De ser así, el arte sería una actividad pobre y monolítica: es la diversidad de lecturas la que lo justifica, y sobre esa base la crítica lúcida transforma sus propias contradicciones en pistas para enriquecer su disfrute.Ahora bien, conforme recabé de las entrevistas realizadas, son tantas las virtudes que un 'crítico' debe reunir para ser profesionalmente aceptable, que sería imposible ocuparse aquí de cada una de ellas. Además de contar con los conocimientos técnicos con que se construye el arte sobre el que juzga, el crítico debe saber escribir y comunicar, abrevar en el panorama cultural de su época, concurrir regularmente a las funciones (una carencia casi endémica) y fundamentalmente ser honesto, independiente y comprometido sin perjuicio, llegado el caso, de blanquear sus gustos. Esta ética, propia de la inserción de la crítica en la actividad periodística, es ejercida por pocos. Y dentro de este marco, la crítica institucional implica el necesario control de calidad de los organismos musicales -lo que es particularmente relevante en aquellos que se mantienen con el presupuesto público-, y se erige en custodio de las políticas culturales, tan marginadas y manipuladas en nuestro país. Este campo de la crítica tiene como especial referente al colega Pablo Bardin, cuyo ánimo minucioso de investigar esta otra 'verdad' contrasta con las especulaciones de quienes prefieren la intriga al coraje, tan tristemente habituales, en el periodismo como en la vida.

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