Opinión

Críticos en 'terapia intensiva'

Nicolás Scabini

martes, 22 de octubre de 2002
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La lectura del artículo de Daniel Varacalli Costas sobre el 'estado crítico' de los críticos musicales me encontró coincidiendo en muchos puntos con el autor. Concuerdo con Varacalli en separar la ontología de la deontología, el ser del deber ser. Es evidente que en la actualidad es 'crítico' todo el que 'critica' desde un medio de comunicación. Mi discrepancia se encuentra en cambio a la hora de abordar lo deontológico, y es aquí donde quiero empezar mi discurso.Cuando Varacalli habla de la dificultad de determinar quien merece ostentar el título de 'crítico' parece estar pensando en las disquisiciones a las que algunos musicólogos o musicógrafos (más que críticos) se lanzan a veces, y de las que surgen diatribas a favor o en contra de la Escuela de Viena, de la música programática, de las formas académicas, etcétera. Pero hacer crítica es, muchas veces, hablar de algo más sencillo y menos subjetivo: sobre el nivel de calidad de determinada interpretación, versión o ejecución. Es decir, hablar sobre cosas concretas, fácticas, que requieren un conocimiento técnico preciso y sobre las que muchas veces 'no hay subjetividad que valga' ni divergencia de opiniones posible.Me explico. Si un solista de fila lee mal la armadura de clave de un trozo sinfónico y toca las notas escritas, pero con otras alteraciones, aquí no hay subjetivismo gnoseológico que valga: el hombre ha tocado otra cosa; el crítico que conozca la obra se dará cuenta y lo dirá, el que no tenga conocimiento de la obra no lo notará.Si el cantante interpreta un número operístico en forma brillante, pero utilizando una versión que él mismo ha hecho transportar hacia arriba o hacia abajo para facilitarse la ejecución de la misma, un crítico cuyo oído reconozca un cambio de tonalidad no habitual lo sabrá y tomará buena nota de ello; otros nunca lo sabrán.Si el director marca en el estreno en seis lo que hasta el ensayo general marcaba en dos y por ello las violas se 'descarrilan' ruidosamente, con excepción del guía de las mismas (de rápida reacción), el crítico que sepa algo de quironimia entenderá lo que sucedió y 'de quién fue la culpa'; otros, más ingenuos, lamentarán la falta de ensayos o la calidad de los instrumentistas (sobre todo del guía de las violas).Si Scarpia responde a la pregunta de Floria Un ventaglio! Dove stava? con el habitual Là su quel palco estando parado sobre el mismísimo 'palco', sólo el crítico que conozca en profundidad el libreto y el idioma italiano entenderá el error y la contradicción entre lo que el personaje dice y lo que su intérprete hace; otros, aunque estén viendo Tosca por centésima vez, nunca lo sabrán.Sucede que el crítico que no sabe leer música o que no ha leído la partitura de la obra, no puede discernir cabalmente el nivel de calidad de la interpretación que ha escuchado. El crítico tampoco puede 'determinar' subjetivamente si un cantante ha 'calado' levemente en su aria o no: simplemente lo percibe, si es que ha entrenado su oído (pero ni hablar de que sepa por cuál razón -vocal, musical o escénica, de fondo o incidental- el cantante ha 'calado', y ha 'calado' en ese momento y no en otro). Asimismo, el crítico que no sepa de técnica de dirección no puede saber a ciencia cierta si la bondad de la ejecución que ha presenciado se debe mayormente al oficio del director o al nivel de los ejecutantes. Y así sucesivamente.Estos planteamientos permiten diferenciar al crítico que se ha preparado responsablemente para ejercer su oficio (estudiando diversas disciplinas musicales y por supuesto las obras cuyas interpretaciones reseña) del que ejerce la crítica desde la ingenuidad y la vaguedad conceptual del profano. Acuden a mi mente anécdotas ilustrativas...Cierta vez una orquesta de escasos treinta profesores interpretaba una obra de Stravinsky; el crítico de turno elogió sin medias tintas el trabajo de la orquesta y del director, ignorando que en aquella función el primer corno (¡ni más ni menos!) no había concurrido a trabajar y no había sido sustituido por nadie.En otra oportunidad, la incompetencia del director era tan manifiesta que algunos solistas y la orquesta en su totalidad, ante la imposibilidad de 'protestarlo', se pusieron de acuerdo entre ellos en cómo resolver ciertos pasajes que excedían la capacidad técnica del director. En el estreno todo marchó bastante bien (ante la asombrada mirada del maestro, que en los pasajes más difíciles dejaba casi de dirigir) y el crítico no dejó entonces de alabar la precisa labor del concertador.Otra vez, un respetado cantante se topó con una obra cuyas exigencias lo superaban. No lograba mantener la 'posición' de la voz, por lo que acudía a mil trucos para dar con las notas; en el pasaje la voz tendía a no 'girar', por lo que 'cubría' artificialmente con resultados catastróficos. A medida que la función avanzó fue supliendo el apoyo diafragmático, la apertura de la garganta y la liberación por resonancia con spinta, acrecentando la afonía y debiendo dejar de cantar frases enteras. El crítico, perfectamente ajeno a los que ocurría en la garganta del cantante, escribió que éste había reafirmado su excelencia vocal y artística.En este punto, quiero retomar la comparación que Varacalli Costas hace en su artículo entre el crítico y el médico o el abogado. Varacalli deja entrever que opina que una comparación entre profesiones tan distintas resulta inapropiada, y además que hay "médicos o abogados deplorables y otros brillantes". Debo decir que estas afirmaciones corren el riesgo de parecer irresponsables.Así como el reglar la profesión médica no nos ha liberado de malos médicos, pero sí nos permite denunciar a los estafadores que ejercen ilegalmente la medicina, quizás reglar la 'profesión crítica' no nos liberaría de los malos críticos, pero sí de los chantas que nada saben del tema y que con el actual estado de cosas no pueden ser desenmascarados. Y esto está lejos de ser utópico, ya que hoy en la Argentina existen carreras universitarias y terciarias cuyo curriculum podría poner a un aspirante-crítico en buenas condiciones para ejercer ese oficio.Sería muy oportuno -diría 'necesario'- que pudieran ejercer la crítica musical propiamente dicha sólo quienes hallan tenido una formación musical académica. Quizás el trabajo de un crítico no ponga en riesgo directamente la vida o los bienes de quienes acuden a sus servicios, como en el caso de médicos y abogados, pero puede favorecer o dañar arbitrariamente la carrera (por no hablar del equilibrio psicológico, a veces tan delicado) de artistas que muchas veces se ven juzgados por quienes no detentan conocimiento técnico alguno sobre el arte musical.Por otra parte, si un médico o un abogado trabaja en forma pésima o hace mal uso de su arte, existen asociaciones profesionales que, ante la denuncia de eventuales damnificados, podrán tomar cartas en el asunto y juzgar la conducta de su par sobre los fundamentos mismos de su profesión (que no son subjetivos).En cambio, si un crítico en su ignorancia perjudica la carrera de un músico publicando una reseña en que sugiere que el artista en cuestión no puede interpretar dignamente su repertorio de elección, ¿qué medidas pueden tomarse al respecto?. Si no existe una asociación profesional de críticos en la que ingresen únicamente quienes demuestren preparación técnica (un título de conservatorio o de una carrera universitaria de música, ¿por qué no?), los platos rotos quedarán sin pagar. ¿Y quiénes no tengan méritos suficientes para ingresar a una institución semejante?. Pues ejercerán su libertad de expresión desde el lugar que les corresponda, pero sin reclamar para ellos la dignidad de crítico 'profesional'.Un crítico no puede ser considerado 'profesional' si critica la labor de un director sin saber qué significan sus gestos y si no conoce la orquestación de la obra en cuestión. Quien desconoce la técnica vocal y no conoce la tesitura de cierta parte comete una irresponsabilidad al decretar que 'este cantante debe abordar tal repertorio', si ni siquiera sabe dónde empieza el pasaje alto de su voz. Un crítico que ignora el mecanismo por el que un violinista interpreta un pasaje virtuosístico no puede considerarse éticamente en condiciones de reseñar su ejecución, sobre todo si no puede leer la partitura y verificar que fueron tocadas esas y no otras notas.Y todo ello no se aprende simplemente concurriendo a muchos conciertos o funciones de ópera y ballet; si así de sencillo fuera, los habitués de larga data del Teatro Colón tocaríamos como Menuhin, cantaríamos como Domingo y bailaríamos como Barishnikov. Todos seríamos artistas. O críticos, ¿verdad?De cualquier forma, reitero que mi desacuerdo con Varacalli es sólo parcial. Soy un convencido de que algo tan complejo como el arte no es fácilmente juzgable. Ello es evidente a la hora de reflexionar sobre cuestiones como 'qué es la música', 'para qué sirve el arte' o de entablar debates estéticos de alto vuelo. Cuestiones dignas de la mayor atención, pero de discusión algo prematura si aún no sabemos leer una partitura, detectar un problema de emisión vocal (de los que no resultan en obvios 'gallos') o identificar durante el concierto un arreglo de dudosa procedencia en la orquestación de una obra sinfónica... y aún así trabajamos como críticos musicales.Es que en estas cuestiones básicas (y por ende fundamentales) la crítica puede ser asimilada a la actividad científica, puesto que la verdad (o, mejor, la realidad) se desvela ante quienes detentan cierto conocimiento específico y no se desvela ante quienes no lo tienen. En nuestro mundo relativista, subjetivista y egocéntrico, decir esto puede resultar chocante. Quizás por ello es tan necesario decirlo.Varios de los críticos musicales de los principales diarios del mundo (y no es necesario citar a autoridades como Harold Schonberg o Paolo Isotta) tienen una sólida formación musical y ello se nota claramente aún leyendo sus escuetas reseñas: no hay allí expresiones vagas como 'hizo un buen trabajo', 'no cubrió las expectativas', 'resultó memorable' ni largas disgresiones sobre la vida de los compositores, fácilmente recabables de cualquier librito de educación musical.Lo mismo ocurre en la Argentina: hay un pequeño número de críticos que han cursado estudios musicales y se han graduado; 'casualmente' son ellos los que se expresan con mayor precisión técnica a la hora de escribir críticas. Los demás -y eso incluye a varios 'prestigiosos próceres' de la crítica argentina- demuestran no ser más que entusiastas melómanos con alguna (dudosa) facilidad para escribir.En suma, quizás sea crítico todo el que exprese sus pareceres en un medio de comunicación, pero me quedan pocas dudas de que debería ser crítico sólo el que tenga real 'conocimiento de causa': y para ello, señores, hay que estudiar. Y mucho.

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