Suiza

Bruckner en Sabbath

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 8 de septiembre de 2023
Lucerna, viernes, 1 de septiembre de 2023. KKL Konzertsaal. Festival de Lucerna. Gewandhausorchester Leipzig. Herbert Blomstedt, director. Anton Bruckner: Sinfonía nº 7 en Mi mayor. Ocupación: 100%
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Herbert Blomstedt (Springfield, Massachusetts, 1927) es miembro militante de la Iglesia Adventista, y en consecuencia se atiene a la estricta observancia del Sábado. Hoy es viernes y a la hora de inicio de este concierto el sol se está poniendo: el “sabbath” ha comenzado, y sin embargo Blomstedt se dispone a trabajar. La razón es simple: su oficio le obliga a dirigir sobre todo en fin de semana, de modo que ya hace tiempo que Blomstedt llegó al acuerdo -consigo mismo, con su pastor y con sus empleadores (por este orden)- de que no ensayaría en Sábado -porque eso sí lo considera trabajar-, y convertiría sus conciertos en viernes en un acto de glorificación de Dios. “De hecho, desde que tomé esa decisión, mis mejores conciertos son los viernes.”

Además, Blomstedt también profesa la fe bruckneriana (autor que ha cultivado toda su vida y sobre cuyas creencias católicas no hace falta insistir), en particular con las dos orquestas principales con las que ha estado asociado: la Staatskapelle de Dresde y la Gewandhaus de Leipzig. La pregunta es, pues, obligada: ¿cuánto hay de religioso en las sinfonías de Bruckner? La respuesta la da el propio Blomstedt en una entrevista con Tobias Möller para la Filarmónica de Berlín: “No hay incienso acústico. Es música secular para la sala de conciertos, lo cual es también evidente por el hecho de que nunca cita el canto gregoriano ni la liturgia católica. Las melodías corales que hay aquí fueron inventadas por Bruckner.”

Esta tesis -que modestamente comparto, salvo en lo tocante a la Novena Sinfonía- puede sorprender, excepto a quienes verdaderamente se tomen en serio su religión. Pero lo auténticamente sorprendente es que a sus noventa y seis años este maestro sueco -vecino de Lucerna- siga en activo. Sin duda en ello tiene que ver, además de una salud de hierro, su constante voluntad de aprender: Blomstedt es poseedor de una biblioteca de treinta mil volúmenes, que ha donado a la Universidad de Gotemburgo, pero a título póstumo: “los necesito para estudiar”.

Y hablando de estudiar, vamos antes de nada con la filología. Lo que se ha escuchado esta noche es la Séptima Sinfonía de Bruckner en la reciente edición crítica (2023) firmada por Paul Hawkshaw, profesor emérito de Práctica de Historia de la Música en la Universidad de Yale, y co-editor la Nueva Edición Completa de Anton Bruckner auspiciada por la Biblioteca Nacional de Austria con el patronazgo de la Filarmónica de Viena. No he notado ninguna diferencia sustancial con la habitual edición Nowak de 1954, salvo que omite el platillazo en el Adagio, que sin embargo Blomstedt -bendito sea- ha mantenido. El cuento de nunca acabar.

Blomstedt salió al escenario del brazo del concertino, a paso ligero y casi completamente erguido, saludó a un público que ya de entrada le regaló una ovación cerrada, subió al podio y se sentó en una banqueta (sin respaldo). En el atril tenía la partitura, pero no la abrió. Si alguien pensaba que a su edad iba a dar una interpretación premiosa, se equivocó: setenta canónicos minutos, ni uno más. Y si alguien pensaba que esto iba a ser un mero trámite para homenajear a Blomstedt, también se equivocó: el maestro dirigió de verdad con los brazos y con la mirada -el gesto no es ni de lejos el brevísimo que cabría esperar de un nonagenario-, y la orquesta estuvo en todo momento pendiente de sus instrucciones.

Respirar a fondo el grandioso tema inicial no está reñido con el impulso interior; al contrario, se toma aliento para afrontar el enorme primer movimiento. Blomstedt lo sabe bien y diferenció con claridad los tiempos de los diferentes motivos; todos los tutti tuvieron fuerza porque Blomstedt llegó a ellos con naturalidad; la misma naturalidad que imprimió a las transiciones, ralentizadas muy sutilmente. La larguísima conclusión fue todo un ejemplo de sabiduría, graduando la intensidad sonora sin necesidad de acelerar para alcanzar el final de manera inapelable.

Todo lo que se haya dicho sobre el maravilloso Adagio se queda corto ante una versión como la de esta noche. De nuevo esa respiración para presentar en los violines el tema que lo mueve -con una enérgica réplica en los violonchelos-; sólo una ligera aceleración para dar los motivos subsidiarios; y los corales del centro alternando una cuerda espesa con un metal robusto. Blomstedt no se entretuvo en la ascensión a la cima, pero tampoco le quitó un ápice de grandeza; y qué serenidad en el pasaje de recuerdo a Wagner, con respeto y sin dramatismo.

El Scherzo salió con todo su nervio: impulso imparable de la cuerda grave, firmeza en el tema de la trompeta, y la orquesta entera tocando con una precisión milimétrica. El Trio fue lo que tiene que ser, un pequeño remanso de paz. Blomstedt logró dar cohesión al Finale gracias a un tiempo animado -qué perfecta articulación de la cuerda-, y gracias -otra vez- a los corales del metal que sirven de engarce; y, como en el primer movimiento, la conclusión sonó expansiva, lógica e inevitable.

Todo esto no habría sido posible sin una orquesta como la Gewandhaus, con quien Blomstedt mantiene una relación idílica desde hace muchos años. La cuerda tiene cuerpo de sobra, suena oscura y Blomstedt le dio un empaste de lujo; la madera comparte con el metal la misma redondez y la misma nobleza; y el timbalero sabe ser rotundo sin resultar avasallador. Pero lo mejor fue comprobar la total entrega con la que tocaron (estas cosas no sólo se escuchan, también se ven, y les aseguro que tras el concierto de esta noche a violines y violas les espera una visita al fisioterapeuta).

Tras la última reverberación del último acorde, Blomstedt impuso un silencio de casi medio minuto (es decir, media eternidad), que el público respetó y compartió. En su interpretación de esta sinfonía no hubo ni fervor religioso ni profundidades filosóficas: sólo música imponente tocada de forma imponente, y por esa razón pocas veces adquiere tanto sentido eso de que la música es algo que sucede entre dos silencios. Después, todo el mundo se puso de pie para aplaudir. Ambas cosas -silencio y ovación- me llevan a pensar que Blomstedt volverá a sentirse satisfecho de un concierto en viernes. Y lo mejor de todo es que no será el último. 

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