España - Galicia

Un tipo ocupado

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 12 de octubre de 2023
Roberto González-Monjas en su ensayo con la OSG © 2023 by Andy Pérez Roberto González-Monjas en su ensayo con la OSG © 2023 by Andy Pérez
A Coruña, sábado, 7 de octubre de 2023. Palacio de la Ópera. Clara-Jumi Kang, violín. Orquesta Sinfónica de Galicia. Roberto González-Monjas, director. Anders Hillborg: Eleven Gates; Jean Sibelius: Concierto para violín en Re menor, op. 47; Antonín Dvořák: Sinfonía nº 9 en Mi menor, op. 95. Ocupación: 90%
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Con veinticuatro horas de diferencia han tenido lugar las inauguraciones de las temporadas de la Real Filharmonía de Galicia y de la Orquesta Sinfónica de Galicia. 

A lo que debe añadirse alguna otra coincidencia más importante que el almanaque: ambas estrenan director titular, y ambas con asistencia masiva de público (aquí reseño la repetición del sábado, a la que no faltó la fidelísima melomanía coruñesa en el que seguramente ha sido el mejor día del año para estar en la playa). 

Así como también una coincidencia luctuosa: el concierto de la Real Filharmonía se dedicó a la recientemente fallecida Kaija Saariaho, y éste de la OSG a Vladimir Litvikh, miembro de la sección de violonchelos de la orquesta que igualmente ha pasado a mejor vida. Por eso, con buen criterio el concierto comenzó con una pieza elegíaca en su memoria a cargo de sus compañeros de atril.

Además de la titularidad de la Orquesta Sinfónica de Galicia, Roberto González-Monjas (Valladolid, 1988) ostenta también la del Musikkollegium Winterthur, es principal director invitado de la Orquesta Nacional de Bélgica así como director artístico de la Iberacademy de Colombia; y dentro de un año se hará cargo de la Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. 

E imagino que entre una cosa y otra no dejará su actividad como violinista. “Con 35 años es el momento de hacer estas cosas”, declaraba el maestro pucelano en una reciente entrevista radiofónica. Y no seré yo quien lo niegue, mientras no sea a costa –en lo que me concierne- del nivel de excelencia que ha heredado de la Sinfónica de Galicia. Tanto más cuanto que en este curso que comienza González-Monjas únicamente dirigirá cuatro de los conciertos. 

Pieza enlazada

Del compositor sueco Anders Hillborg (Sollentuna, 1954) conocí el año pasado una pieza (Peacock Tales) que me pareció espantosa, así que me dispuse con resquemor a escuchar el estreno en España de Eleven Gates, no sin antes leer la reseña de Maruxa Baliñas sobre su estreno europeo allá por 2006

Pieza enlazada

Hoy la impresión ha sido más favorable, siquiera sea porque esta vez la escucha me produjo sólo indiferencia: son veinte minutos para gran orquesta, en lenguaje difícil pero no ininteligible, cuya continua variación de tiempos y ambientes (once, claro) hacen digerible la pieza, aunque algunos de los tutti me sonaron a mazacote.

No conocía a la violinista germano-coreana Clara-Jumi Kang (Mannheim, 1987). Nunca deja de sorprenderme una técnica infalible y una afinación impecable, pero en el caso de Kang lo que sí me sorprendió es el sonido que extrae de su instrumento: es un sonido enorme, de los más poderosos que he escuchado; también es un sonido extremadamente acerado (los Stradivarius tienen fama de brillantez sonora, pero en este caso me pareció casi excesiva); y en las cuerdas graves ese sonido se acompaña de una especie de “raspado” que le da un barniz ocre que no me disgustó.  

Lo que sí me disgustó, y mucho, fue la interpretación que dio del Concierto de Sibelius. Todas las notas en su sitio –por descontado-, pero por lo demás un témpano de hielo incapaz del menor fraseo imaginativo y, lo que es peor, evitando cualquier arrebato de pasión. Y en esta obra hay unos cuantos, particularmente en el desarrollo del primer movimiento y en el clímax del Adagio (que es contenido, desde luego, pero cuyo fuego interior debería abrasar). Después de esto, me pareció lógico que el último movimiento sonase mejor, aunque Kang se empeñó en doblar cada esquina a base de calambres.

Más que disgusto, fue indignación lo que me causó el acompañamiento de González-Monjas y la orquesta. Porque fue eso, un mero acompañamiento, un sonido pequeño y timorato, sólo una tentativa alejada del poderío sinfónico que también requiere esta obra: ¿dónde quedó el expresivo espesor de la cuerda, dónde la magnificencia de los metales? El caso es que la orquesta estuvo muy lejos de lo que cabe esperar de ella, y eso no es culpa de sus músicos, sino responsabilidad del director (quiero pensar que por inadecuada planificación de los ensayos, y no por desinterés). En fin, cosas mías, porque el público aplaudió fuerte (también tras el primer movimiento), y Kang correspondió con otro “iceberg”, esta vez en forma de fragmento bachiano.

Menos mal que González-Monjas se enmendó en la segunda parte con una estupenda interpretación de la Sinfonía desde el Nuevo Mundo. Aquí la orquesta sí sonó como en sus mejores noches, porque aquí sí se notó que la cosa se había trabajado a fondo. También es verdad que se trata de la sinfonía más facilona de la colección de Dvořák (todas las veces que la he escuchado me ha sonado igual), pero eso no obsta para reconocer la labor de la OSG y su nuevo maestro.

Una interpretación animosa para lucir una cuerda con cuerpo y lujosamente empastada, un metal redondo e imponente, y una batuta capaz de sobreponerse a la peligrosa acústica de la casa (González-Monjas la conoce desde los quince años, cuando ingresó en la Orquesta Joven de la institución). Tal vez el único riesgo está en que se caiga el famoso “Largo”, pero González-Monjas lo evitó con buen pulso y un tiempo ligero. Con mi enhorabuena a la solista de corno inglés, que dio los cuatro primeros compases de su solo en un único respiro.

Bien está lo que bien acaba, y el respetable aplaudió a rabiar (nuevamente lo había hecho tras el primer movimiento de la sinfonía). 

Por mi parte, deseo de corazón que González-Monjas administre con sabiduría su tiempo y su salud para atender sus numerosos empleos; y que cada vez que venga a Coruña demuestre que lo ha conseguido.  

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