Italia

Los cuentos de nunca acabar

Horacio Castiglione
jueves, 31 de octubre de 2002
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Brescia, jueves, 17 de octubre de 2002. Teatro Grande. J. Offenbach, Los cuentos de Hoffmann. Ópera fantástica en un prólogo, tres actos y un epílogo. Libreto de Jules Barbier y Michel Carré (Ed. critica de Michael Kaye). Producción As.Li.Co. Dirección de escena y escenografia: Gigi Dall'Aglio. Vestuario: Emanuela Dall'Aglio. Lance Ryan (Hoffmann), Michele Bianchini (Lindorf, Coppelius, Miracle, Dapertutto), Silvia Della Benetta (Olympia, Antonia, Giulietta, Stella), Sabina Willeit (La Muse, Nicklausse), Sonia Lee (La voix de la Tombe), Federico Lepre (Andres, Cochenille, Frantz, Pitichinaccio), Carlos Esquivel (Luther, Crespel), Fernando Cordeiro Opa (Nathanael, Spallanzani), Davide Paltretti (Hermann, Schelimil). Coro As.Li.Co. del Circuito Lombardo. Orquesta 'I Pomeriggi Misicali' di Milano. Director de orquesta: Francesco Maria Colombo. M° del coro: Alfonso Caianni. Aforo: Localidades 1100. Ocupación 80%.
0,0002742 Pretender llegar a una edición definitiva de Los cuentos de Hoffmann sería 'vana impresa'. Ópera inalcanzable por su característica intrínseca de inacabada e incompleta, por mucho que musicólogos se afanen en buscar y juntar manuscritos. Sin embargo, el principal interés de esta edición propuesta por la gloriosa Asociación Lirico Concertistica, As.Li.Co., que tantas voces importantes ha graduado y formado a lo largo de casi 50 anos, fue propiamente la versión escogida: la revisión critica de Micahel Kaye, el más atento y científico entre los musicólogos que en los últimos anos se han dedicado en recomponer la partitura de Offenbach, que se ofreció por primera vez al publico italiano. Es bastante difícil que hoy en día la mayoría del auditorio, en Brescia especialmente durante la noche de la primera función, presente un publico engalanado que acudió más por exigencia social que por intima motivación musical, pueda distinguir entre la corriente edicion Choudens con los recitativos musicados por Guiraud, con las paginas apócrifas (la estupenda aria del diamante que canta Dapertutto, sacada de un tema de la sinfonia de la opereta El viaje a la luna, el estupendo septimino que concluye el acto de Julieta) y ésta, indudablemente más original -en todos los sentidos- edición de Kaye.Ésta restablece bastante música original, saca todo lo espurio, ordena definitivamente los actos (por fin el de Antonia es central) y redime el personaje de la Musa, devolviéndole su peso dramático y subrayando en su desdoblamiento en el rol de Nicklausse el carácter de mentor de Hoffmann, agregando los couplets de la Musa, que abren el prologo y la preciosa romance de Nicklausse, en el acto de Antonia, 'Vois suos l'archet fremissant', con obbligato de violonchelo (el instrumento tan querido por Offenbach).Pero la verdadera revolución de Kaye no consiste tanto y tan sólo en limpiar las incrustaciones de la, por otra parte, más que respetable tradición teatral, cuanto en hacer justicia del llamado 'acto veneciano'. Su posición final en los tres cuentos es, dramatúrgicamente, la más lógica y en esta versión el respeto de la tonalidad original hace que Julieta sea individualizable tímbricamente cual soprano coloratura, el aria 'L'amour lui dit: la belle' es casi más virtuosística de la Olympia y hasta repite un 'abellimento' en cadenza igual al que canta la muñeca. Este acto resulta, en la versión Kaya, completamente redibujado y, con la muerte accidental de Pitichinaccio, que sigue la de Schlemil por mano de Hoffmann, pero con la espada embrujada de Dapertutto, el clímax dramático y la consecuente desesperación del protagonista ante la traición de la cortesana, que descubre enamorada de su lenon, es mucho más creíble teatralmente de la fuga precipitada de la Choudens.Lo que, de todas maneras, impone esta revisión es el final con la apoteosis de Hoffmann sobre el canto del ensamble 'Des cendres de ton coeur rechauffe ton genie' que termina con la bellísima frase 'On est grand par l'amour et plus grand par les pleurs!'. Testamento musical y artístico de un genial hombre de música y de teatro.Una dura pruebaClaro está que la nueva edición, con sus más de tres horas de música, comporta una prueba mayúscula para los artistas y unas dificultades de resistencia físico-vocal comparables a las de una enorme partitura wagneriana. Los cantantes juntados, y preparados musicalmente a la perfección como es costumbre en los stages del As.Li.Co., en esta ocasión han ofrecido una interpretación más que adecuada a la difícil obra. Empezando por el protagonista, el tenor canadiense Lance Ryan, de timbre no particularmente grato, pero efectivo, pujante y ardiente en el fraseo, de extensión notable y, en definitiva, un Hoffmann de total adherencia musical e interpretativa que ha llegado al final sin dar señales de cansancio pese a que, lo repito, toda la ópera cae sobre su responsabilidad.También la soprano Silvia Della Benetta ha superado holgadamente la prueba de sus cuatro roles, un reto para toda soprano, sin necesidad de ajustes en la tonalidad de Olympia al ser su Giulietta todavía más aguda. Tan solo en la parte de Antonia, donde se exige una calidad de lírica pura, con ejemplar legato y emisión homogénea e inmaculada, se la ha notado el lado débil de una vocalidad todavía en fase de evolución hacia una probable madurez técnica. Cuando resuelva el problema de un ligero vibrato y de los agudos que encarados 'di forza' se acercan un tanto al grito, será un elemento a tener muy en cuenta no solo por la facilidad al gorgorito, apreciabilísima por otro lado en el rol 'mecánico' de la muñeca.Menos convincente la honesta prueba del bajo Michele Bianchini, cuya personalidad pareció más bien limitada para enfrentar los cuatro roles diabólicos. Su voz calafateada de bajo impresiona, en un principio, por la amplitud del sonido que, a momentos, raya el ruido. Muy bien, en cambio, el Nicklausse dibujado por la mezzo Sabina Willet, de radiante y adolescente presencia escénica, la que sin duda dominaba mejor el francés y que fue deliciosa también como Musa. El bajo argentino Carlos Esquivel es un elemento in progress: su vocalidad y temperamento, incluso en los dos marginales papeles de Luther y Crespel, emergieron potentemente.Correctos y apreciables los otros elementos, que en esta ópera tienen todos un peso determinante: la voz de la tumba (la madre de Antonia) a la que, sin embargo, el director de escena quiso dar cuerpo presente, la mezzosoprano coreana Sonia Lee, los dos tenores Federico Lepre y Fernando Cordeiro, respectivamente Andres, Cochenille, Frantz y Pitichinaccio y Nathanael y Spalanzani, y finalmente el baritono Davide Paltretti, Hermann y Schlemil.La puesta en escena de Gigi Dall'Aglio (con el vestuario de Emanuela Dall'Aglio) fue funcional y con un ojo a la economía y al hecho de que esta producción debe trasladarse en breve tiempo en distintos teatros, no solo del circuito lombardo, de dimensiones distintas. Un practicable de dos plantas sobre arcos y de forma semicircular, pocos elementos de atrezzo, unas pantallas y unos fondos oportunamente pintados, han proporcionado las correctas ambientaciones: expresionista, con declarado homenaje a Fritz Lang de Metrópolis el acto de Olympia, con escueto minimalismo multimedia (uso de imágenes proyectadas y televisión) el de Antonia, policromo y más animado el de Julieta, que se columpiaba sobre una enorme plataforma oscilante.Los detalles, sin embargo, podían ser censurables: Frantz interpretado por un joven cantante, transformado en un viejo jorobado y con parkinson que, no obstante, se olvidaba de su 'patología' al entonar sus couplets. La sombra de Schlemil personificada con un hombre pintado de negro y con resultados involuntariamente cómicos: pecados, al fin y al cabo veniales en una dirección que demostró toda su funcionalidad al dar paso con fluidez a las distintas escenas.Discurso a parte merece la dirección de orquesta, 'I Pomeriggi Musicali di Milano', y concertación de Francesco Maria Colombo, joven musicólogo que ha abandonado la actividad de critico musical para coger la batuta y subirse al podio. Puede que hayamos perdido una excelente pluma, pero desde luego hemos ganado un óptimo director, que en este caso ha demostrado no sólo haber realizado una estupenda labor de coordinación, si no también de poseer una fuerte personalidad, muy bien caracterizada y una sensibilidad específica para este repertorio que exige fantasía, variedad en los tempi, ritmo y teatralidad. Un resultado francamente inesperado, una gratísima sorpresa.Le han sostenido la buena orquesta milanesa, si bien en un orgánico reducido, y el otro tanto mermado coro del Aslico, que sin embargo, ha actuado muy bien bajo las ordenes de su Maestro Alfonso Caianni.
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