Estudios literarios

El encuentro con Babar

Juan Mata

miércoles, 28 de marzo de 2001
Un buen día, el Servicio Educativo del Teatro del Liceo de Barcelona propuso a la Compañía Etcétera montar la Historia de Babar con la música que Francis Poulenc había compuesto para la obra. El director de la compañía, Enrique Lanz, empeñó mucho tiempo en definir los rasgos plásticos del espectáculo, así como en idear la manera de representarlo tanto en la sala grande del Liceo, con toda su dotación técnica y su enorme escenario, como en la pequeña, muy reducida y sin apenas infraestructura. Pensaba que las imágenes del espectáculo debían surgir directamente de los niños, para lo cual planeó una activa recogida de dibujos infantiles realizados a partir de la lectura del cuento de Jean de Brunhoff. Pero cuando fue a proponer su proyecto al director artístico del Liceo se interpuso en el camino La Serva Padrona, una ópera bufa del autor italiano G. B. Pergolesi, que entonces preparaba su compañía. Al Liceo le interesó más ese montaje, de modo que La Serva Padrona eclipsó al elefantito Babar. Aunque no del todo.Unos meses después, en el otoño de 1999, en plenos ensayos de La Serva Padrona para el Liceo, la directora del programa 'Música en familia' del Teatro Lara de Madrid, Ruth Prieto, emplazó a la Compañía Etcétera a retomar la historia de Babar junto al pianista Emmanuel Ferrer-Lalöe, quien a una eminente trayectoria profesional unía una gran pasión por la pedagogía, por hacer universal las bondades de la música. Sin embargo, las obligaciones de aquel momento frustraron la iniciativa. Babar no obstante seguía presente, como los viejos retratos familiares, y tras las representaciones de La Serva Padrona en el Liceo, Enrique Lanz lo rescató. Era el verano de 2000. Siguieron días y días de pruebas en el taller, elaborando maquetas, imaginando la fisonomía de Babar, construyendo un elefante a tamaño real. La idea que tomaba cuerpo era comenzar el espectáculo a partir de una breve charla sobre los propios elefantes, pero también como inspiradores de obras de arte en diferentes culturas y en diferentes épocas, desde las leyendas asiáticas a las películas occidentales; como animales para el circo y la diversión; como animales para el trabajo o la guerra.Sin embargo, el texto comenzó de pronto a no gustarle, le dificultaba una identificación plena con el espectáculo, a pesar de la múltiple escala de emociones que ofrecía la música de Poulenc. Las imágenes seguían fluyendo mansamente, pero al director no le satisfacían, a pesar de su belleza y su magia. Aspiraba a algo más, quería conseguir un espectáculo menos convencional, de modo que siguió indagando sin éxito, tratando de encontrar algo más vivo, no repetido en otros espectáculos suyos. Son las crisis propias de la creación, ese sombrío laberinto cuya salida se alcanza siempre que no se ceda al cansancio o a la comodidad. Pero las ideas no llegaban.Y fue en septiembre de 2000, paseando por las calles de Nueva York, cuando ocurrió el prodigio. Enrique Lanz se dio cuenta de pronto de que él era un babar en la gran ciudad, y que había otros muchos como él. Casi todos eran hispanos, gente extraña e integrada al mismo tiempo. Se descubrió entonces en la piel de Babar, abrumado igual que él por el lujo y el progreso. Una imprevista asociación le hizo ver a Babar como un emigrante, como un joven africano forzado a abandonar su tierra en busca de un porvenir seguro y afortunado. El babar emigrante que crecía en su cabeza no estaría sin embargo en Nueva York sino en París, como el elefante del cuento, a donde habría llegado huyendo también de la violencia. Allí se habría instalado, allí habría trabajado duramente y, al igual que Babar, habría regresado a su tierra al cabo de un tiempo, como ocurre en el cuento. En su pueblo de origen podría ser considerado un rey, como les ocurrió a Babar y a su esposa Celeste. La historia del elefante que llega a una gran ciudad después de que un cazador haya matado cruelmente a su madre podía ser el símbolo de tantos emigrantes que huyen a Europa a causa de las guerras y la miseria, y regresan luego con nuevas ideas, nuevos valores, nuevas costumbres. Babar no vuelve a la selva como la había abandonado; regresa educado, bien vestido, conduciendo un coche, y por todo eso es nombrado rey de los elefantes. Babar aparecía de pronto en el centro de uno de los más graves problemas contemporáneos, el de la relación entre países pobres y ricos, el de los gigantescos éxodos en busca del bienestar, el de la mano de obra barata y las leyes de extranjería. El elefantito huérfano daba pie inesperadamente a una meditación sobre la confrontación de culturas, sobre unos mundos que se miden a otros: la selva y la ciudad, la naturaleza y la técnica, la miseria y la abundancia, África y Europa, Sur y Norte.Ese nuevo sentido de la historia le cautivó. Sintió que el espectáculo adquiría una dimensión inédita, sugeridora, próxima. El relato ganaba complejidad, se disipaban definitivamente las sospechas de colonialismo cultural que alguna vez le habían hecho dudar del personaje de Babar. En un mundo tan cruzado y abierto como el actual no podía plantearse el conflicto como una simplista relación entre nativos buenos y burgueses malvados y codiciosos. Visitando las salas del Metropolitan Museum de Nueva York, el director comprendió también que la iconografía del espectáculo debía nutrirse del arte autóctono de los lugares donde habita el elefante de selva. Babar es un elefante africano y de allí había que extraer las imágenes que ilustraran un espectáculo montado con técnicas y música europeas.Eufórico, Enrique Lanz comenzó a explorar denodadamente esa vía. Así fue como el director de la Compañía Etcétera concibió la idea de elaborar el espectáculo en dos fases. En la primera únicamente se representarían el relato del cuento de Brunhoff y el concierto de Poulenc, apenas habría más recursos técnicos que la voz y los gestos del narrador, que simularía estar viendo algo que el público no alcanza a ver. La pretensión sería avivar la imaginación tanto de los niños asistentes a las funciones de Teatralia, en Madrid, como a las de Tionck-Essyl, un pueblo de Senegal donde también va representarse el espectáculo, gracias a la mediación de una organización de solidaridad con ese pueblo. A partir de la palabra y la música cada uno de ellos se entregaría a una libre creación de imágenes. Con los dibujos de unos y otros, con sus plurales interpretaciones de la historia de Babar, comenzarían los ensayos de la segunda fase, cuya culminación sería el espectáculo definitivo de la Historia de babar. No se trataría de someterse a las percepciones infantiles, como si sus sentidos estuvieran incontaminados y como si los adultos, por el simple hecho de serlo, fuesen incapaces de ofrecer alegorías palpitantes y alentadoras, sino de bucear en el complejo imaginario infantil y extraer de esa sima las imágenes más inteligentes y conmovedoras.El programa-cuaderno confeccionado para tal fin no es por tanto un simple material didáctico, destinado como tantos a un uso rutinario en el aula, sino una solicitud formal de cooperación. La Compañía Etcétera pretende que la Historia de Babar que se represente en el futuro sea la consecuencia de una colaboración entre sus miembros y los primeros espectadores, de modo que las hojas en blanco que se entregan es la concreción de ese compromiso con los niños.La historia original comienza en un hogar de París donde viven un pintor, llamado Jean de Brunhoff, y su esposa, Catherine Sabouraud, que es pianista. Uno de los hijos, Laurent, recordará años después que su madre acostumbraba a contarles, a él y a su hermano Mathieu, un cuento sobre un pequeño elefante que, huyendo de un cazador que ha matado a su madre, llega a una gran ciudad. No sabemos qué parte de la historia era inventada o cuál pertenecía a la tradición popular. Los elefantes han inspirado desde tiempos remotos la literatura y el arte, su estampa y su temperamento siguen siendo muy seductores. El caso es que ese cuento, nacido en el estricto ámbito familiar y destinado al entretenimiento de unos niños, adquiriría poco después un imprevisto y conmovedor significado.Confinado en un sanatorio de montaña, el recuerdo del cuento fue para Jean de Brunhoff un bálsamo para la melancolía. Es comprensible que la soledad hospitalaria convocara, entre otros fantasmas, al elefante de las veladas domésticas. La recreación de la historia que su esposa solía contar a los hijos fue la manera de seguir unido a ellos, de declararles su amor y compensar su ausencia. Así nació Babar. Su creador murió a los 38 años, víctima de la tuberculosis.El primer relato fue publicado por la revista Jardin des Modes en 1931, con el título de Historia de Babar, el elefantito. El editor de la revista, dedicada a las minucias de la moda y a las galanterías de la alta sociedad, era el cuñado de Jean de Brunhoff. Aunque no parecía el marco idóneo para promocionar las aventuras del pequeño elefante huérfano, el éxito fue fulminante. Lo que parecía como una candorosa historia de animales, emanada de la tristeza de un padre alejado forzosamente de su familia, se convirtió de inmediato en un acontecimiento. La extrema calidad de las ilustraciones determinó en buena medida su fortuna.El número de libros escritos e ilustrados por Jean de Brunhoff fueron siete. Tras La historia de Babar se publicaron El viaje de Babar (1932), El rey Babar (1933), A.B.C. de Babar (1934), Babar y sus amigos de vacaciones (1936), Babar en familia (1938), Babar y Papá Noel (1941). Los dos últimos álbumes aparecieron después de la muerte de su creador. Su desaparición puso término a su admirable obra, pero no significó el fin de las aventuras de Babar, pues al acabar la Segunda Guerra Mundial, su hijo Laurent, también pintor, decidió prolongar la tarea de su padre y agregó otros títulos a la saga de Babar. Era una expresión de agradecimiento, una forma de responder a la larga carta de amor que su padre había iniciado por mediación de Babar en el tiempo que permaneció aislado en las montañas suizas. De ese modo, y a partir de 1945, el elefantito del hogar de los Brunhoff siguió acrecentando su celebridad.La historia del pequeño elefante huérfano que encuentra en la gran ciudad un refugio y una oportunidad de educación es un elogio del amor y la dicha. Jean de Brunhoff se sirvió de la ficción literaria para expresar la nostalgia de una vida cómoda y doméstica. Por eso los signos de la concordia familiar -serenidad, ternura, humor, atención, afecto...- se manifiestan sin reservas. Resulta imposible entender cabalmente el personaje de Babar si se ignoran las circunstancias de su nacimiento. La intuición de la muerte impelía a Jean de Brunhoff a dejar constancia de sus pensamientos, sus emociones, sus sueños. El mediador era el elefantito Babar, cuyas historias podrían ser juzgadas como un disimulado testamento a sus hijos y a los lectores, un pretexto para afirmar las cosas que importan de verdad: el ejercicio de la bondad, el optimismo, la entereza, la inteligencia, la perseverancia, la jovialidad... El fervor por la civilización, la cultura, el progreso, los buenos modales, los placeres... que manifiesta Babar es el ideal que Jean de Brunhoff ofrenda a los más jóvenes. Y aun cuando la proclamación de ese modelo cívico haya sido interpretada como un instrumento de colonialismo cultural -el aprendizaje educativo de Babar aparecería así como una defensa de los valores de la burguesía e, indirectamente, como un menosprecio de las formas de vida de los países subdesarrollados- lo incuestionable es que el proceso de formación individual prevalece sobre el modelo de sociedad que se encomia en los álbumes. Babar es por encima de todo la encarnación de la infancia que crece, el símbolo de cualquier niño que hace frente por primera vez a las inclemencias de la vida.El valor pictórico de todos los libros es por lo demás incuestionable. El color está empleado con una vigorosísima libertad. El predominio de los colores rojo, verde y amarillo les otorga un encanto y una seducción irresistibles. La osadía en la composición gráfica de las páginas es de una originalidad abrumadora y la identidad entre texto e imagen es tan perfecta que resultan inconcebibles otras ilustraciones para esas historias. Incluso la caligrafía del texto está concebida como una continuación de los dibujos. La verdad es que el libro ilustrado moderno tiene en La historia de Babar uno de sus hitos más sobresalientes. La viveza de sus protagonistas -Babar, la reina Celeste, la Anciana Señora, el mono Zhéfir, Cornelius...- no ha cesado de atizar la imaginación de pintores, cineastas, músicos...Así ocurrió con Francis Poulenc, compositor nacido en la misma ciudad, París, y en el mismo año, 1899, que Jean de Brunhoff. El origen de la composición de piano de idéntico título al del primer libro de la saga de Babar posee conmovedoras semejanzas con el nacimiento del elefantito huérfano. Cierto día del verano de 1940, mientras Poulenc improvisaba con el piano, se acercó a él la hija pequeña de uno de sus primos, quien, desconcertada ante la confusa cadena de sonidos, le solicitó que interpretara el libro que ella estaba leyendo, y le tendió La historia de Babar. Para complacer a su sobrina, Poulenc comenzó a ilustrar musicalmente los episodios del libro. Es fácil de imaginar el rostro de felicidad de la niña junto al piano, escuchando el cuento al tiempo que las manos de su tío se deslizaban suavemente por el teclado. La experiencia debió resultar igual de satisfactoria para ambos, pues al cabo de los años, y a instancias de la misma niña, Poulenc se decidió a culminar su obra. Desde las primeras notas hasta la conclusión habían transcurrido cinco años. El compositor siempre se sintió satisfecho de aquella breve pieza de cámara. Cuando tiempo después se le solicitó una versión orquestal, el propio Poulenc delegó esa tarea en el compositor Jean Francaix, que realizó una orquestación de gran virtuosismo instrumental.Setenta años después de su nacimiento todavía resuena el eco de Babar, aún sigue aguijoneando la imaginación infantil y el ingenio de otros artistas.

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