Francia

Pobre Ifigenia

Francisco Leonarte
miércoles, 24 de enero de 2024
Iphigenia in Tauride. Triclinium de la Casa dei Vettii en Pompeya © 2002 by Wolfgang Rieger / Wikipedia Iphigenia in Tauride. Triclinium de la Casa dei Vettii en Pompeya © 2002 by Wolfgang Rieger / Wikipedia
París, martes, 9 de enero de 2024. Théâtre des Champs-Elysées. Iphigénie en Tauride, tragédie en musique en un prologue et cinq actes. Música de Henry Desmarest y André Campra. Libreto de Joseph-François Duché de Vancy y de Antoine Danchet. Versión de concierto. Con Véronique Gens (Iphigénie); Reinoud van Mechelen (Pylade); Thomas Dollié (Oreste); Olivia Doray (Electre); Floriane Hasler (Diane); David Witczak (Thoas); Tomislav Lavoie (Ordonnateur; Océan); Antonin Rondepierre (Un habitant de Délos; Triton; Le Grand Sacrificateur); Jehanne Amzal (Isménide; Premiere habitante de Delos; Première nymphe; première prêtresse); Marine Lafdal-Franc (deuxième habitante de Délos; Deuxième nymphe; deuxième prêtresse). Orchestre et Choeur Le Concert Spirituel. Dirección, Hervé Niquet. Partitura realizada por el Centre de Musique Baroque de Versailles.
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Niquet es un director importantísimo en el panorama musical francés. Está siempre dispuesto a resucitar obras olvidadas, colaborando con frecuencia con Bru-Zane, poniéndose a disposición de obras y de autores que muchos otros desprecian porque es probable que nunca vuelvan a trabajar las obras en cuestión. Y frecuentemente resulta un buen director, solvente y entusiasta.

Desde estas páginas hemos tenido el placer de alabar su participación en varias ocasiones. Sin embargo, a veces, por desgracia, dirige sin compasión. Y tal fue el caso que nos ocupa, esta Iphigénie en Tauride de Desmarest y Campra. Sin empatía por personajes ni situaciones ni cantantes, mirando su partitura como el empleado de correos tampona las cartas, cuanto más rápido vayamos antes habremos acabado. 

Pero, ¿pedir que los instumentistas disminuyan el volumen para que los cantantes puedan expresarse? Nones. ¿Variar los tempi adecuándolos a las situaciones? Ni hablar del peluquín. ¿Dar de cuando en cuando algún silencio, algún respiro? Ni pensarlo. Ni siquiera cambia su gesto - oh sí, de cuando en cuando abre más los brazos y le pide más volumen y más énfasis a los instrumentistas, para mejor ahogar a los cantantes. 

«Caballo grande, ande o no ande» - y este no anduvo 

Y como además ha optado por una orquesta nutridísima (un solo contrabajo pero diez violoncelos, dos violas de gamba, cuatro fagots, cuatro oboes, dos flautas, veintiún violas y violines... Al bajo continuo dos tiorbas, un clavecín, dos violoncelos y dos violas de gamba...), pues a los cantantes les cuesta todavía más.

Y como además se trata de una «resurrección» en versión de concierto, es lógico que nadie se sepa la partitura de memoria, de suerte que todos los cantantes tienen que mantener la cabeza gacha, mirando a sus atriles, de suerte que la proyección es hacia abajo... Y que en el último piso aquello parece una sinfonía con lejano murmurar de voz.

Al pobre Tomas Witczak, al que ya hemos tenido la suerte de apreciar en otras ocasiones pero que en esta Iphigénie es quien más hacia abajo proyecta y tiene además uno de esos feroces papeles de bajo del barroco francés, de tesitura imposible, prácticamente no se le oye.

Qué lástima, una obra que parece tan hermosa

Entre tanto ruido, al oyente se le hace difícil poder admirar la obra de Desmarest-Campra, o tan siquiera aislar y diferenciar fragmentos. La sensación es de aburrido ‘bruhaha’. Máxime cuando a los cantantes en general no se les entiende un comino, obligados como están a dar voz antes que nada.

A Antonin Rondepierre se lo merienda la orquesta, y otro tanto podemos decir de Jehanne Amzal. Marine Lafdal-Franc, miembro del coro, apenas si se las apaña un poco mejor. Pero na. Y no digamos el pobre Ordenador, Tomislav Lavoie, forzado a gritar como si estuviera en Turandot. A todos ellos, y a Florence Hasler como Diane, espero poder escucharles en mejores condiciones. Thomas Dollié, de quien hemos podido hablar muy bien en otras ocasiones, en su papel de Orestes, tiene también que gritar, en detrimento de su fraseo.

Y hasta Véronique Gens, una de las especialistas del barroco francés y una de las cantantes más admirables de su generación, está siempre al límite de la inteligibilidad. La joven Olivia Doray como Electra consigue hacerse entender más o menos con su bonita voz, y el siempre estupendo van Mechelen consigue, una vez más, merced a su buen volumen natural, construir un personaje y frasear (cosa que casi parece un milagro).

A todos ellos atribuyo el mérito de que, de cuando en cuando podamos decir «Ah, este fragmento debe de ser muy hermoso, bien tocado», como la segunda entrada de Iphigénie, o el dúo entre esta y Orestes. Y hermosas son también las danzas (el percusionista del Concert Spirituel, siempre tan acertado y variado en sus proposiciones).

En fin, esperemos que la obra sea repuesta y que la próxima vez Niquet no ponga el piloto automático.

El público aplaude al final. Aunque con más cortesía y bastante menos entusiasmo que en otras ocasiones. 

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