Francia

Solos en la multitud

Francisco Leonarte
jueves, 1 de febrero de 2024
Carl Orff en 1970 © Daniela-Maria Brandt | Orff-Zentrum München Carl Orff en 1970 © Daniela-Maria Brandt | Orff-Zentrum München
París, jueves, 25 de enero de 2024. Théâtre des Champs-Elysées. Albert Roussel: Bacchus et Ariannne, ballet op 43 (Suite nº2). Carl Orff: Carmina Burana. Con Ludovic Tézier (barítono), Regula Mühlemann (soprano) y Matthias Rexroth (contratenor). Luc Héry violín solista. Choeur de Radio France (directora del coro, Martina Batič). Maîtrise de Radio France (directora del coro, Marie-Noëlle Maerten). Orchestre National de France. Dirección musical, Kazuki Yamada.
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El Teatro de los Campos-Eliseos está de bote en bote. Sin duda por los Carmina Burana de Orff, que siguen atrayendo a jóvenes, menos jóvenes y aun muy-poco-jóvenes, de toda condición. No será este crítico quien lamente que de cuando en cuando haya obras que atraigan a público no habitual en las salas de música clásica.

Pero como dicha obra dura una horita y poco más, los programadores del TCE y el director del concierto tienen la buena idea de incluir, en primera parte, una obra menos frecuente, aunque también brillante: la segunda suite del ballet Bacchus et Arianne de Albert Roussel, autor que todos quisiéramos escuchar en vivo más a menudo.

Kazuki Yamada, titular en estos momentos de la Orquesta de Montecarlo, dirige con gestos amplios. La Orquesta Nacional de Francia le sigue con nervio, con facilidad, demostrando las cuerdas tanto su buen sonido en el inicio en pianissimo como su magnífica técnica en frases que requieren muchísima agilidad.

Aplausos bien merecidos para orquesta y director al final de esta primera parte.

Apabullar con Carmina

El problema de las obras tan frecuentemente interpretadas es que todo el mundo tiene una versión en la cabeza y todo director intenta ser original. Así que, desde el conocidísimo ‘O Fortuna’ inicial, parece que Yamada quiera desmarcarse de otras interpretaciones. Un tempo muy rápido, volumen muy fuerte. La cosa tiene que apabullar. ¿No es acaso eso lo que viene buscando el público ?

Con lo que el coro da volumen (aunque no se le entienda ni haya diversidad en la expresión), la orquesta da volumen, y el director hace grandes gestos. Vale.

El Coro de Radio Francia, sin embargo, irá demostrando a lo largo del concierto que, cuando le dejan, además de potencia puede tener inteligibilidad. Suena siempre compacto, y tiene un bonito sonido, en particular los hombres y las mezzos. Fuerza es reconocer que las sopranos suenan un punto menos cómodas en ciertos momentos y en general menos claras en su dicción.

Yamada no les pide sutileza. Tampoco les pide variaciones entre cada estrofa de los distintos canciones y poemas encomendados al coro sobre todo en la primera parte, de suerte que las repeticiones son ... repeticiones, y que la cosa resulta … repetitiva.

Y es que, cuando hay un texto, aunque sea en latín, en alemán antiguo o en cualquier otra lengua la entendamos o no, las variaciones del texto habrían de sentirse en la interpretación. Pero no.

En ese sentido, la escolanía (la Maîtrise de Radio France), en sus breves intervenciones, salió más favorecida. No sólo por su notable volumen (sobre todo tratándose de niños), sino también por su muy buena inteligibilidad.

De la misma forma, la orquesta ataca con brío. Tal vez demasiado brío. Es cierto que las alquimias sonoras de Orff están bien reflejadas. Pero sutileza, poca. Yamada tampoco la pide. Por ejemplo, cuando al final de su deliciosa cantilena ‘In truitina’, la soprano da un bonito pianissimo, las flautas, sin miramientos, invaden todo el espacio sonoro y es como si la soprano no cantase porque las flautas las tapan completamente.

Y en eso llegan los solistas

No obstante, ahí están los solistas. A comenzar por uno de los barítonos más señeros de nuestos días. Hablamos por supuesto de Ludovic Tézier. Tézier aporta humanidad desde el momento mismo en que abre la boca. En cada frase hay sentido teatral, sentido del texto y sentido musical. Si a eso añadimos la maestría en la emisión, la limpieza del sonido, el squillo, la capacidad de apianar, dejando que la nota flote, el bonito registro de cabeza (falsetto) y la potencia, entre otras cualidades, comprenderán ustedes que nos hallamos ante un barítono ideal para esta obra (y para otras muchas, de hecho). Impresionante.

Del contratenor (cuerda que precisamente en su día constituía una de las originalidades de la partitura de Orff) ya se sabe que su intervención es puntual, la canción del pato asándose (introducida de forma tragicómica por el fagot solista en estupenda interpretación) y ya está. Pero lo que sin duda nació como una burla entre amigotes, goliardos que se ríen transformando en supuestas tragedias en verso las cosas más chuscas, cobró en el concierto que nos ocupa una altura en efecto trágica merced al pathos introducido por Matthias Rexroth. Al sufrimiento que se desgajaba de su interpretación respondía la brutalidad de un coro de hombres que se divierten. Y aquello cobró aires de linchamiento de la persona ‘diferente’ sometida a pública vejación por las personas ‘normales’, por la horda que ríe. Momento de gran intensidad.

De la soprano Regula Mühlemann ya hemos tenido ocasión de cantar las alabanzas (sin ir más lejos en la crítica de La flauta mágica esta misma temporada en este mismo teatro). Aquí vuelve a brillar. Precioso timbre, gran dominio de su instrumento, inteligencia musical, gusto en la interpretación. Un ataque un pelín incómodo de un agudo en nada empañó la emoción que supo transmitir.

De forma que, gracias a tres solistas superlativos, con el concurso tal vez involuntario de un director y una orquesta más empeñados en apabullar que en expresar, los Carmina Burana de Orff se convirtieron en una suerte de poema del individuo solo ante el grupo. De la persona ante la masa. La masa a menudo jovial, a veces temerosa, a veces amenazante, pero pocas veces (o nunca) sutil ni matizada. Y el individuo, con todos sus matices, con toda la complejidad de sentimientos, con su amor y su lujuria, con la grandeza y la mezquindad de todo ser humano.

Don Ludovico, don Matthias, doña Regula (y don Carl, por supuesto), gracias. 

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