Italia

Crónicas milanesas II. Un Verdi como Dios manda

Ignacio Jáuregui Real.

jueves, 14 de noviembre de 2002
Milán, martes, 29 de octubre de 2002. Teatro degli Arcimboldi. G. Verdi, Rigoletto. Ópera en tres actos de Giuseppe Verdi, sobre libretto de Francesco Maria Piave. Director de escena: Gilbert Deflo. Vestuario: Franca Squarciapino. Escenógrafo: Ezio Frigerio. Giuseppe Filianotti, Il Duca di Mantova; Leo Nucci, Rigoletto; Inva Mula, Gilda; Mario Luperi, Sparafucile; Mariana Pentcheva, Maddalena; Tiziana Tramonti, Giovanna; Riccardo Ferrari, Il Conte di Monterone; Marco Camastra, Marullo; Carlo Bosi, Borsa; Danilo Serraiocco, Il Conte di Ceprano; Nicoletta Zanini, La Contessa di Ceprano; Coro del Teatro alla Scala (Bruno Casoni, director). Orquesta del Teatro alla Scala. Dirección musical: Roberto Rizzi Brignoli. Ocupación: 100%
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Primera visita del cronista al Arcimboldi, teatro de circunstancias que sustituye a la vieja Scala en tanto finalizan unas obras que deseamos no adquieran el carácter permanente que tuvieron durante toda nuestra vida adulta las del Real. Hay que decir que este edificio pobretón y alicorto, ubicado en un lugar indefinido de la periferia milanesa, no va a contribuir de ningún modo a aliviar la espera.La pérdida de glamour ya la dábamos por descontada, pero no deja de tener su punto el recorrido en un autobús municipal repleto de veteranos escalígeros con cara de no haberse alejado tanto en su vida de la Piazza del Duomo.El valor de la experienciaEn la lotería de los repartos diarios nos tocó en suerte el Rigoletto de Leo Nucci. Siempre habrá quien mire más atrás y eche de menos a un Warren o un Bastianini, pero para nuestra generación ver sobre el escenario a gente como Nucci no tiene precio: son los últimos testigos de una época gloriosa que no sabemos si volverá.Después de ni se sabe cuántas representaciones, la creación de Nucci es completísima y da una riqueza de matices difícil de encontrar en estos tiempos apresurados. Condicionado seguramente por un físico y unos medios que son los que son, nos ofrece un Rigoletto débil y patético, que ni en sus momentos de poderío deja de dar la impresión de poder quebrarse de un manotazo. Un bufón que anda a pasitos cortos, que rara vez eleva la voz, que saca fuerzas del propio pánico para amedrentar a los demás y que cuando se abandona a la ternura nos rompe el corazón. Otros hacen crecer el personaje a partir del Cortiggiani; Nucci nos pone de su parte ya desde la primera escena con la hijaVocalmente está justito para los finales de acto (que resuelve de todos modos con inteligencia y afinación, cerrando en un lamento crispado lo que otros lanzan clamorosos al cielo), y la Vendetta no le queda demasiado amenazadora, pero a cambio está estupendo en las medias voces veladas y sobre todo en los diálogos punteados que son el tesoro escondido de esta obra maestra.Y el placer de las voces jóvenesEn el otro extremo del arco de una carrera, Filianotti debutaba con el personaje del Duque. Tiene lo más difícil: una voz de tenor hermosa y varonil, un generoso legato y unos agudos perfectamente dibujados (no los abre ni los grita, y eso hoy ya es mucho). Empezó sin embargo con unos desconcertantes problemas de afinación que fueron desapareciendo poco a poco. Con todo, y en una actuación sobresaliente que supo mejor porque fue a más, el reproche mayor que cabe hacerle es la nula conjunción con la soprano en el dúo del primer acto. Sonaron como si estuvieran a kilómetros de distancia; si un músico no escucha a los que están en escena con él, mal vamos.Su mejor momento, en cambio, vino en la tacada del inicio del segundo acto, que se merendó con nobleza y suficiencia rayana en la chulería. Inmejorable, ése es el Duque. (Y no podemos evitar pensar que la doctrina de Muti, devenida dogma, sobre los agudos de lucimiento nos impidió disfrutar aquí y en La donna è mobile de algún salto sin red de los que tanto nos gustan).Aunque veníamos con la ilusión de escuchar a 'nuestra' Mª. José en el rol, lo cierto es que la Gilda de Inva Mula es de primerísima categoría: una ligera con un centro en condiciones y la zona grave (aunque aquí no se le pida mucho por ese lado) bastante audible. Con toda la dulzura y fragilidad que el personaje requiere, pero sin caer en la cursilería, estuvo soberbia en un Caro nome de coloratura nítida y precisa rematado con abandono y languidez muy teatrales, y condujo el bellísimo final reteniendo el tempo lo justo (a pesar, diría yo, de un cierto atropello del maestro Rizzi).A modo de curiosidad: hemos sabido que esta soprano albanesa fue la que pusa la voz a la Diva Blavalaguna en El quinto elemento. No estaría mal escucharle, en los bises de algún recital, el numerazo psicotrópico.Estupendo de voz y presencia el bajo Mario Luperi, que además dio con bastante acierto los matices de negra comicidad de su personaje en la discusión con la hermana ('¿No soy acaso un profesional?'). El papel de Maddalena tiene el inconveniente de que, aunque se precisa una voz de primera para redondear el cuarteto, no le queda más papel, por lo que los directores de casting tienden a ahorrar por ahí. Mariana Pentcheva desde luego proporcionó los graves necesarios para equilibrar el portentoso concertado (que si se vio perjudicado por algo fue más bien por la excesiva distancia física que el regista impuso entre las dos parejas). Los comprimarios, nombres habituales de la cuadra mutiana, correctos.Sin complicacionesHay cosas que en un templo italiano de la lírica se dan por supuestas, y aunque los amigos de allí nos aseguran que no siempre es así, lo cierto es que esta vez tampoco se han defraudado las expectativas. La orquesta y el coro se saben estas obras de memoria y se nota. La dirección un poco errática de Roberto Rizzi Brignoli no distorsionó tanto, se me antoja, como habría hecho en otro teatro.La puesta en escena, repetida frecuentemente en los últimos años, funciona con suavidad a pesar de la adaptación a la boca mayor del nuevo teatro. Otra cosa es que la regia no sea de mucha calidad (el uso de la puerta del dormitorio para la fiesta me parece un error, así como todo el confusísimo segundo cuadro), pero al menos nadie se la chupa a nadie. Frigerio y Squarciapino hacen lo suyo y lo hacen estupendamente. El mejor momento, para quien esto suscribe, fue la tormenta recreada con lujo de efectos visuales que incluían una verdadera tromba de agua (rechifla de los veteranos, que no perdonan una y están aún esperando que alguna vez se sincronice del todo el encargado de darle al botón con la música).Como siempre que este cronista va a la ópera, tuvimos nuestra ración de incidentes. Aparte de un comienzo en falso del segundo acto porque el telón no subía (el fantasma sindical sobrevoló el patio de butacas por un momento), pudimos ver justo al lado nuestro el épico resbalón de una anciana casi centenaria, a la que socorrimos con la obertura empezada y que fue eficacísimamente evacuada y atendida por los servicios del teatro. En el segundo acto estaba ya sentada, tan pimpante. A esta animosa señora va dedicada la croniquilla, con el voto de que lleguemos todos a su edad entusiasmándonos y cabreándonos con el veneno de la Lírica.

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