Italia

Crónicas milanesas, I. Un atracón de verismo

Ignacio Jáuregui Real.

miércoles, 13 de noviembre de 2002
Milán, lunes, 28 de octubre de 2002. Auditorium di Milano, Giuseppe Martucci; ‘Notturno per orchestra’; ‘La canzone dei ricordi’. Pietro Mascagni; ‘Cavallería Rusticana’, Intermezzo, “Voi lo sapete, o mamma”. Arrigo Boito; ‘Mefistofele’; “L’altra notte in fondo al mare”. Umberto Giordano; ‘Fedora’, Intermezzo; ‘Andrea Chenier’ “La mamma morta”. Alfredo Catalani; ‘La Wally’, “Ebben ne andró lontana”. Fiorenza Cedolins, soprano. Orchestra Sinfonica di Milano Giuseppe Verdi. Dir. Giuliano Carella.
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En memoria del recientemente fallecido Giorgio Banti, uno de los pilares de la revista L’Opera (sobre cuya figura nos gustaría leer las palabras del gran Merli, de quien fue muy querido) se celebró este recital de Fiorenza Cedolins, soprano friulana que, en expresión italiana, ha fatta sua gavetta y ahora está recogiendo los frutos, en un momento de madurez que le permitirá sin duda dirigir con acierto una carrera que se nos antoja imparable.El programa era en verdad un exceso, el sueño de un operómano. Con permiso de los amantes del bel canto, para el que esto suscribe (y para el homenajeado, según se nos contó) la quintaesencia de esto que llamamos ópera está en los dramones de final del XIX. Esa noche de lunes todos los platos fuertes del repertorio postverdiano (excluido, por alguna razón, Puccini) se sucedieron sin pausa en una montaña rusa de cataclismos, desgarros y desparrames sentimentales.Pero para llegar a ello (a modo tal vez de penitencia) hubo que soportar antes La canzone dei ricordi de Giuseppe Martucci, una tediosísima acumulación de material averiado que –con razón- se suele administrar en pequeñas dosis, aunque aquí se nos sirvió el ciclo completo. Con un tratamiento de la voz chato e incómodo, mucho tiempo al unísono con la orquesta, fueron contados los momentos en que se pudo levantar el vuelo. Todo lo contrario que en la breve pieza orquestal que abrió la noche, una preciosidad de tono ensoñado que la orquesta meció como merecía.Hubo que esperar por tanto a la segunda parte para disfrutar de Cedolins, tremenda soprano de timbre carnoso y color velado, dotada de una capacidad de transmitir emoción que hoy día es difícil de encontrar.El huracán friulanoCon fenomenal espíritu de entrega y envidiable resistencia –habida cuenta, además, de la ingrata paliza de la primera parte- se lanzó a tumba abierta desde el primer momento. Este tipo de arias tiene en común un inicio lento y declamado al que sigue un crescendo dramático. En “Voi lo sapete, o mamma”, así como en “L’altra notte in fondo al mare”, los respectivos arranques quedaron algo desenfocados, y perjudicados por cierta laxitud en la medida; nada, en cualquier caso, que no quedara olvidado en el momento en que la dinámica iba hacia arriba y el cálido y robusto fraseo en forte anegaba la sala de oleada tras oleada de emoción en estado puro.Con “La mamma morta”, de la ópera que el homenajeado “prefería hasta la conmoción”, la intensidad subió todavía un grado, con la superposición del volcánico dramatismo de una soprano crecida y los recuerdos personales que de algún modo electrizaron incluso a quienes no los compartíamos.“Ebben, ne andrò lontana” tuvo, por fin, un arranque impecable, trémulo y delicado, una gradación más sutil y un remate estremecedor. De ahí en adelante, el delirio: porque, abandonando la línea conductora del concierto, nos ofreció una joya verdiana que vino a dar la razón al maestro Merli en su entusiasmo por la reciente Leonora veronesa. El “Ave Maria” de Otello tuvo una riqueza de matices, una contención en el dolor y un refinamiento técnico en los pianissimi y medias voces que nos dejaron al borde de las lágrimas. Y más allá de ese borde terminamos (y roncos, y con callos en las manos) después de una inolvidable “Umile ancella” cantada ¡por dos veces! en absoluto estado de gracia, consiguiendo el difícil prodigio de simultanear un vaivén sonriente, casi de baile, con una intensidad dramática sostenida en el más alto grado. Con el agudo final, ancho como una secuoya y prolongado la segunda vez durante lo que se nos antojó un par de horas, la sala estalló en un paroxismo de aullidos, pataleos y gritos de evviva il Friul.¿Italianidad?El concepto de cualidad idiomática en una orquesta ha sido ridiculizado en este medio, seguramente con justicia. Uno mismo lo ha puesto en solfa al reseñar el Falla de la Orquesta del Concertgebouw. Y sin embargo, hay que hablar de algo que sólo puede llamarse italianidad al referirse al fraseo amplio y la respiración generosa con que esta joven orquesta (desde hace poco en manos de Chailly) aborda el repertorio más genuinamente nacional.El maestro Giuliano Carella hizo una vez más una demostración de cómo hay que llevar este repertorio. Poniendo siempre la orquesta al servicio de la voz, atentísimo a los frenazos y arranques de la soprano, su acompañamiento tuvo la teatralidad impostada y a la vez sincera que es santo y seña del modo italiano de mirar el mundo. Y el Intermezzo de Cavalleria Rusticana fue servido con la pregnante delectación que la pieza pide (aunque uno, que la tiene como uno de sus fetiches, siempre quiere algo más, que las cuerdas estén untadas de miel, que el arco ataque como si fuese a apuñalar a un enemigo).Un concierto, en suma, del que nos marchamos como siempre debería salir uno de un recital operístico: con todos los poros vacíos, como si hubiéramos estado en un baño turco. Banti, por lo que nos contaron de él, habría disfrutado enormemente.

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