Italia

Una gloriosa tradición

Ignacio Jáuregui Real.

lunes, 2 de junio de 2003
Cagliari, sábado, 1 de noviembre de 2003. Teatro Lirico. Obras. P.I. Chaicovsqui: Sinfonía nº 5; S. Rachmaninov: Sinfonía nº 2. Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. Director: Yuri Temirkanov. Ocupación: 100
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La generosidad de Mundoclasico.com y una serie de afortunados azares nos han llevado a poder reseñar conciertos de tres de las consideradas (al menos cuando nos iniciábamos en esto) cuatro grandes orquestas europeas. Después de escuchar a Berlín y Amsterdam en casa, nos encontramos a la que para muchos sigue siendo Filarmónica de Leningrado en el improbable marco del sur de Cerdeña.Un elemento de duda por resolver era cómo habría encajado la institución la fuga masiva y continua de talentos hacia el Occidente rico en divisas, ya que no en cultura musical. La respuesta no puede ser más alegre: como el Ajax de Amsterdam, esta orquesta nutre a media Europa de titulares y sigue sacando gente de primer nivel de una cantera que se nos aparece inagotable. Viendo en acción a un tipo como Sergei Girchenko, primer violín, uno se pregunta -si en verdad se van yendo los mejores y el escalafón corre, como dicen, con rapidez- qué raza de artistas portentosos serían sus predecesores.Claridad y pathosDe esta Quinta tan interpretada recordaba uno especialmente una versión de Chailly con sus holandeses de la que aprendió más en una tarde que en cincuenta audiciones discográficas. Y desde entonces tenía la idea de que esa sucesión volcánica de motivos necesita, paradójicamente, una batuta analítica y calmada, porque es muy fácil con ella caer en lo rapsódico e inconexo (dos cosas que la sinfonía no es en absoluto) y, por ese camino, en lo trivial. La lectura que nos ofreció Temirkanov tuvo la rarísima virtud de mantener la transparencia estructural, el equilibrio de los planos y la visión de conjunto sin dejar por ello de abandonarse a una arrolladora efusión sentimental. Pocas veces hemos sentido con tanta intensidad un silencio (surgido como de la nada tras un prodigioso frenazo, seguido de un pizzicato de increíble gravidez) como en los compases que preceden a la repetición del tema principal, en el segundo movimiento.El sonido de la sección de cuerdas rozó lo sobrenatural: incisivo, sensual, pleno, concentrado... es inútil acumular adjetivos. Juan Krakenberger hablaba hace poco en un foro de cierta “vibración en simpatía” de que carecen las orquestas españolas; creo que, por vía de ejemplo, estos músicos extraordinarios nos hicieron entender a qué se refería. Las comprometidas partes de maderas y metales, en las que tantas pifias hemos oído por esas salas de Dios, quedaron más que impecables.En el descanso pudimos observar con placer que lo más granado del periodismo lírico (esas encallecidas gorgorito-victims que el tópico quiere refractarias a lo sinfónico) mostraba un entusiasmo –una emoción, por qué no decirlo- mucho mayor que el día anterior.La continuidad de una escuelaRecordando las versiones de Mravinsky comentábamos lo importante y meritorio que resulta el mantenimiento de una escuela interpretativa, tanto como el de un sonido reconocible, a través del tiempo y a pesar de la fuga de talentos. Nos confirmó en esta idea Valentin Furtuna, concertino de la orquesta local y personaje de los que gusta conocer en los viajes. Impecablemente trajeado, gafas de sol de directriz curva, melena blanca alla Liszt y un parecido cultivado con Vittorio Gassman, este rumano que se confiesa sardo più dei sardi y que ejemplifica en sí y en el grupo que encabeza (la práctica totalidad de la sección de cuerda cagliaritana viene de Rumanía) esta emigración de calidad, recordaba haber escuchado a estos rusos a lo largo de las décadas: cambiaban las caras (que luego se reconocían por el mundo) pero el nivel, en estas obras que casi forman parte de su impronta genética, se mantenía impresionante.La sinfonía de Rachmaninov no contiene en sí las inquietudes y ambigüedades de las de Chaicovsqui; su belleza –indudable- sólo sabe mostrarse desde un ángulo. Una buena interpretación puede tratar de apurar los contrastes y encontrarle tensiones internas; Temirkanov elige el camino contrario: sabedor de que, con el fabuloso instrumento que tiene entre manos, el mero placer del sonido lo justifica todo, se dedica del primer al último compás a verter desde el podio tonelada tras tonelada de miel. Un despliegue de suntuosa melosidad ininterrumpida, una curva melódica trufada de suspiros, un lánguido desmayo no consumado. ¿Para señoritas? Puede, pero una auténtica delicia.Los milagros existenTras el éxito arrollador (el público se mostró mucho más entregado que la víspera), los consabidos regalos, que tras un programa sinfónico tan neto suelen encajar mal. No esta vez: con el Pas de deux de Cascanueces se produjo la vuelta de tuerca que va de la satisfacción al delirio: los arcos mordieron las cuerdas como se muerde la carne, la melodía se meció con dulcísima violencia de lado a lado de la sala, creció hasta empujarnos físicamente contra los sillones y se resolvió en un estallido enceguecedor. La ovación, en esas raras ocasiones, es más una necesidad que un cumplido.Maravillados y rabiosos porque los horarios aéreos nos privaban de la Sinfonía Patética, al día siguiente, partimos de la muy hospitalaria capital de vuelta a una realidad en que las orquestas se ponen en huelga y suenan nada más que regular.

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