Francia

Haumer y Heine: contar y cantar

Francisco Leonarte
viernes, 5 de abril de 2024
Günter Haumer  © 2024 by ghaumer.com Günter Haumer © 2024 by ghaumer.com
París, sábado, 16 de marzo de 2024. Théâtre de la Ville. Textos de Heinrich Heine. Músicas de Robert Schumann (Belsatzar, Die beiden Grenadiere), Hans Pfitzner (Vier lieder, op 4), Franz Liszt (Morgens steh ich auf und frage, Anfangs wolt ich fast verzagen, Vergifet sind meine lieder, Im Rhein im schönen Strome), Franz Schubert (Der doppelgänger, Der Atlas), Mario Castelnuovo-Tedesco (Zu Halle auf dem Markt, Sommerabend, Am teetisch), Clara Schumann (Ich stand in dunklen Träumen, Sie liebten sich beide, Die Lorelei), y Felix Mendelssohn (Reiselied, Auf flügein des Gesanges, Neue Liebe). Con Sergio Maggiani, actor; Barbara Moser, pianista; y Günter Haumer, barítono.
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Günter Haumer no basa su carrera en una voz impresionante, máxime en la acústica ingratísima, seca como el desierto, del Théâtre de la Ville. Lo que impresiona en Haumer es el arte del cantante. Y lo demostró en el recital en torno a poemas de Heine el pasado 16 de marzo en el Teatro de la Ciudad.

Arte de contar.

Haumer mpieza el recital dirigiéndose a nosotros como quien se dirige a un amigo, y nos cuenta-canta Baltasar. Basta conocer de lejos la anécdota bíblica para entenderle, aún sin tener ni papa de alemán. No sólo es su dicción (mucho más clara que la del actor que con dejes de viejo teatro un punto cursi se encarga después de la traducción, dicho sea de paso), es también ese arte sutil del cuentista que sabe cómo hacer que el auditorio siga la historia, paso a paso. No será Baltasar de Schumann, a lo largo del recital, el único ejemplo de tal talento de contador de Haumer.

Arte de variar

Una teatralidad sincera -que muchos actores para sí quisieran- permite a Haumer variar sus acentos en el interior de cada canción. Le permite también crear ambientes sonoros distintos. De suerte que el recital, dada la variedad de la poesía de Heine, es también un recorrido por distintos mundos. Y así pasamos por la ya citada anecdota un punto terrorífica en la antigua sala de banquetes, por el salón de las élites burlonamente evocado, por los sueños típicamente románticos, por los idilios y por los desamores, y hasta por el diálogo bastante patriotero (no sé por qué a Heine se le ocurrió escribir Los dos granaderos, sin duda para congraciarse con algún amigo fan de Napo, pero bueno)

Arte de la emoción

Todo eso no sería nada si no tuviera también Haumer el dominio de la emoción, porque al fin y a la postre, en un espectáculo, en una obra de arte, todos buscamos eso, «emoción». Y no siempre es fácil darla. Cierto, el material era excelente (qué bonitos los Mendelssohn, qué interesantes los Clara Schumann y los Pfitzner, y qué fineza y qué inventividad en la escritura las de Liszt, qué impresionante Schubert...). Haumer sabe dar silencios cuando hace falta, cargar el dramatismo, subir o bajar volúmenes, sin jamás perder la musicalidad, con el fin de dar en la diana y tocarnos allí donde la emoción nace.

Arte de la compenetración

Pero hemos hecho mal hablando sólo del barítono. Deberíamos haber hablado desde el principio de un animal mítico, como el centauro o la sirena, el baripiano, medio voz medio piano, tanta es la compenetración entre Barbara Moser y Günter Haumer. Los dedos de Moser corretean por el piano como gamos, juguetean como lobeznos, se imponen como dueños, o lo acarician con ternuras de amante -perdonen ustedes, me he dejado embarcar por el lirismo- siempre dando sentido, siempre en acorde con el texto y con la música. Una auténtica lección. E intento pensar en una y otro separadamente y me doy cuenta de que, si las imágenes de barítono y pianista son distintas, en mi oído el recuerdo musical es conjunto.

Lo dicho, un baripiano. 

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