Bulgaria

'Il trionfo dell’amore', Chenier en Sofía

Horacio Castiglione

lunes, 25 de noviembre de 2002
Sofia, sábado, 9 de noviembre de 2002. Teatro Nacional de la Ópera de Sofia. 'Andrea Chénier'. Ópera en cuatro actos de Umberto Giordano, sobre libreto de Luigi Illica. (1892). Director de escena: Kuzman Popov. Escenografía y vestuario: Salvatore Russo. Coreografía: Katya Petrovska. Kostadin Andreev (Andrea Chénier), Niko Isakov (Carlo Gerard), Alessandra Rezza (Maddalena di Coigny), Rumyan Petrova (Bersi), Stefka Mineva (La Contessa di Coigny/Madelon), Stoil Georgiev (Roucher), Emil Ugrinov (Fléville), Desislav Popov (Maestro di casa/Fouquier-Tinville/Schimdt), Petar Buchkov (Mathieu), Marco Apostolov (Incredibile), Aron Aronov (Abate), Martin Pashovski (Dumas). Orquesta y Coro de la Ópera Nacional Búlgara. Director de orquesta: Georgi Notev. Maestro del coro: Hristo Kazandjiev. Aforo: localidades 1200. Ocupación: 100%
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La inauguración del Teatro Nacional de la Ópera en Sofía se ha realizado con la obra maestra de Umberto Giordano, Andrea Chenier, que llevaba más de 25 años ausente de los escenarios del país anclado entre los Balcanes. Esta premiere, sin embargo, ha tenido también un fuerte significado político de amistad y colaboración entre el actual gobierno democrático de Bulgaria, presentes en la sala el Presidente de la república búlgara, Georgi Parvanov, el ministro de Cultura, Bojidar Abrascev, y el primer ministro Simeón de Bulgaria (hijo del ex-rey, e italiano por parte de madre, Giovanna de Saboia), y el gobierno italiano, representado por su excelencia el embajador Alessandro Grafini, que ha colaborado activamente en la realización de esta producción con una ayuda directa y con el auxilio de varios sponsor italianos: Italia es el primer partner comercial de la emergente economía del pequeño estado que aspira a entrar en el 2004 en la Comunidad Europea.Tras el himno nacional, la directora del Teatro y cantante lírica Cristina Angelakova pronunció un breve discurso de agradecimiento, y el mismo embajador hizo alarde de una inusual preparación musicológica al introducir la ópera al publico, explicando la razón de un montaje histórico fidedigno de la acción que, consabidamente y si bien oportunamente melodramatizada, se refiere a un episodio verídico ocurrido en plena Revolución Francesa, bajo el dominio de Robespierre, en plena época del Terror.La puesta en escena fue decididamente, orgullosamente y declaradamente tradicional. Por otra parte ni la dramaturgia escueta de Luigi Illica, con sus ribetes de comicidad realista y de alta tensión trágica, ni la música de Giordano, tan centrada no solo en recrear la falsedad rococó, sino sobre todo en levantar autenticas oleadas de emotividad en sus arranques hiperrealistas, permiten vuelos de excéntrica fantasía en esta ópera, donde ya es suficientemente difícil mantener coherente el ritmo narrativo, tantos y tan variados son los personajes, las situaciones que se persiguen con afán y aceleración hasta el dramático final ante la guillotina. El director de escena Kuzman Popov, de méritos teatrales en Bulgaria, logró una labor más que correcta, gracias sobre todo a la bella escenografía, corpórea y llena de detalles (a destacar el de un inmenso reloj de carillón que implacablemente daba las pautas al destino de los protagonistas), y al lujoso vestuario (todo obra de las maestranzas de Sofía) de Salvatore Russo, escenógrafo italiano de Roma, que se ha cotizado especialmente en Bulgaria firmando las más importantes nuevas producciones de su principal teatro.La componente musical, calculando que todos debutaban de hecho en sus respectivos roles, no fue a menos. Empezando por las excelentes masas estables, la más que loable orquesta y, sobre todo, el excelente coro dirigido por Hristo Kazandjiev. Bulgaria consabidamente es una cantera de voces y, dentro del largo reparto, hemos podido apreciar un buen nivel general, si bien el italiano a veces dejaba comprensiblemente un poco que desear, pero Andrea Chenier necesita, ante todo, de tres grandes protagonistas.Empezando por el tenor, sobre quien reposa la entera responsabilidad de la ópera. Kostadin Andreev es un joven cantante, de excelente preparación musical y de buena línea de canto que, enfrentando por primera vez la temible parte, ha demostrado valentía y seguridad. No obstante su voz de lírico puro, con posibilidades para un repertorio más spinto en los años venideros, aconsejaría que no agregara definitivamente este rol a su repertorio. Voz fresca, de bonito y grato timbre, con una apertura más mediterránea que eslava en la frase musical, se impuso por la facilidad al agudo, tan solo un poco tirante en el tremendo cuarto acto, cuando se hicieron patentes las primeras señales de cansancio. Eso no le impidió alcanzar un enorme y merecido triunfo subrayado por frecuentes aplausos a escena abierta en el final de sus arias. Otro triunfador local fue el barítono Niko Isakov, cual 'Carlo Gerard'. Voz auténticamente baritonal, sonora y potente en la proyección, se impuso con autoridad aunque su fraseo y la cobertura de algunos sonidos, que por momentos traicionaron una técnica perfecta, necesitan mayor definición.En la parte de 'Maddalena de Coigny' se asistió, personalmente con mucha ilusión, al debut de Alessandra Rezza, soprano romana de tan solo 27 años y la voz más autorizada, entre los jóvenes talentos surgidos del vivero italiano, a renovar los fastos de una Cerquetti y, si me apuran, de María Caniglia. Su voz de soprano lírico-dramática, con una carnosidad aterciopelada en los centros, con una suavidad angelical en las emisiones a mezza voce y en los pianísimos, tiene el don de una riqueza natural de armónicos a la que, la inteligente chica, sabe ya agregar unas intenciones de fraseo, de colores, de matices, digna de la gran escuela italiana. Algún pecado venial en la afinación y en el control de un temperamento que se intuye volcánico, son fácilmente perdonables en consideración a su juventud y entrega.Dirigió con seguridad y buen control del escenario Georgi Notev, un director estable de la Ópera búlgara que, sin haber nunca antes enfrentado la difícil partitura, demostró una vez más que la profesionalidad no es opcional.

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