Italia

Idomeneo reinó en Ancona

Andrea Merli

martes, 26 de noviembre de 2002
Ancona, domingo, 10 de noviembre de 2002. Teatro delle Muse. Idomeneo, Re di Creta, 'Dramma per musica' en tres actos de Wolfgang Amadeus Mozart sobre libreto de Giambattista Varesco (1781). Director de escena, escenografía y vestuario: Pier Luigi Pizzi. Coreografía: Deda Cristina Colonna. Iluminación: Vincenzo Ramponi. Charles Workman (Idomeneo), Eva Mei (Ilia), Francesca Provvisionato (Idamante), Mariella Devia (Elettra), Jorge Scheneider (Arbace), Ricardo Zanellato (Oracolo), Cristiano Olivieri (Gran Sacerdote). Orquesta Filarmonica Marchigiana, Coro Lírico Marchigiano 'Vincenzo Bellini'. Director de orquesta: Gerard Korsten. Maestro del coro: Carlo Morganti. Aforo: localidades 1100. Ocupación 100%
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La inauguración de un teatro es siempre motivo de alegría. El Teatro delle Muse de Ancona, ciudad capital de la región Marche e importante puerto del Adriático, sufrió el bombardeo aéreo en la 2ª guerra mundial y, por una serie de avatares políticos y económicos, no llegó a ser restaurado. El actual edificio, que conserva como una cascara la antigua fachada neoclásica de ladrillo de 1827, diseñada por el arquitecto Piero Ghinelli, es completamente nuevo y responde a las exigencias de seguridad, confort y adelantos técnicos hoy en día irrenunciables. El proyecto y la realización se deben a los arquitectos Danilo Guerri y Paola Salmoni que han recreado un espacio con pretensiones de continuidad con una arquitectura del pasado (los pórticos exteriores del mismo edificio recreados como elementos decorativos en el interior), haciendo uso de materiales en su estado bruto: el cemento, el ladrillo, la madera y el hierro. El espacio teatral, en el que caben 1057 personas distribuidas entre la platea y tres pisos de anfiteatro (el ultimo, francamente, muy alejado) tiene, sin embargo, una buena acústica -acústica ‘abierta’ como en la mayoría de los teatros modernos- si bien el aspecto es bastante 'desangelado'.Pero da igual, la gente estaba la mar de contenta con la idea de tener, por fin, otra vez teatro y, al parecer, los turnos de abono se han agotado en pocos días y hay una verdadera lucha para conseguir las entradas. Eso siempre es bueno, aunque es de esperar que no sea pasajero y que, pasada la novedad, se vuelvan a apagar los entusiasmos. Es un reto que la recién nacida Fundación del Teatro, regida por el alcalde de Ancona, Fabio Sturani, ha aceptado con valor. Valor doble al inaugurar un teatro en una ciudad que, de hecho, no tiene una tradición de ópera, con un titulo decididamente difícil, si bien se trata de una obra maestra tardía del 'Divino Salzburgués': Idomeneo, Re di Creta.Pero la elección pareció ser ineludible: protagonista de la ópera, como de la ciudad de Ancona, es el mar. Un mar que la urbe domina desde una colina en cuya cumbre, a su vez, destaca la iglesia románica de San Ciriaco. Un mar que mira a Oriente y cuya puerta ideal, casi proyectada en las aguas del Adriático, es el precioso y blanquísimo Arco de Trajano, perfectamente conservado.Sobre esta idea, con una escenografía dominada por una arquitectura también neoclásica y almidonada, pero perfectamente construida y movida con gran exactitud con los nuevos mecanismos teatrales, se ha desarrollado la regia de Pier Luigi Pizzi que ha elaborado, también, el elegante y a la vez discreto vestuario. Una garantía de elegancia plástica, de equilibrio formal, de correcto e inteligente movimiento de las masas, de todo lo que es imprescindible, en una palabra, para una real inauguración. Ha habido quienes han echado en falta una puesta en escena menos estática y equilibrada. Pero con esta ópera, y en una situación que es de inevitable compromiso público, sinceramente, no es admisible una dirección provocadora.Suficientemente ha hecho hablar, de todas maneras, el Neptuno 'en cueros', interpretado por un actor y mimo, que ha elaborado unos movimientos casi coreográficos sobre el mar enfurecido y simulando el hundimiento de un barco. Pero no era un elemento extravagante, sino perfectamente integrado en una puesta en escena eficaz y muy pertinente. Al trabajo de Pizzi han colaborado, con mucho acierto, la coreógrafa Deda Cristina Colonna, responsable de los movimientos sincronizados a la perfección de figurantes y coro, y la iluminación deslumbrante y rebosante de sugestivos efectos de Vincenzo Ramponi.La vertiente musical ha tenido, también, una fenomenal y calurosa acogida, teniendo en cuenta que Idomeneo es todo menos que una ópera popular. La Orquesta Filarmónica Marchigiana, que actúa en toda la región y que ahora tiene en ésta su sede principal, no es el equipo más idóneo a las tersuras y finuras del tejido musical, elegante y refinado, de Mozart, pero con un trabajo constante y muy cuidadoso en aligerar espesores y sonoridades por parte de Gerard Korsten, se ha logrado un más que aceptable resultado. A su dirección no le ha faltado, sin embargo, personalidad y expresividad, llegando a marcar unos tempi y unas dinámicas acertadas en el respeto a la vocalidad de los solistas y del coro, el Lírico Marchigiano 'Vincenzo Bellini', renovado, muy juvenil y de buena homogeneidad en los distintos sectores, que se han lucido, además, con un juego escénico convincente: bravo al maestro que lo prepara, Carlo Morganti.El cartel era no menos que apreciable: empezando por el protagonista, el tenor Charles Workman, que desde su primera aparición en la orilla del mar como náufrago con aspecto de Nazareno, ha logrado enfocar idealmente su personaje, tan lleno de facetas y matices, en lucha entre el deber y el amor paterno. La reconocida ingratitud de su timbre ha sido con creces compensada con una vocalidad segura, hasta en movimientos escénicos muy arriesgados, con una apolínea línea musical que han transformado su actuación en una lectura sincera, llena de pathos y, en definitiva, de nivel superior. A su lado las dos más cotizadas belcantintas del momento en Italia.Mariella Devia no tiene rivales en lo que se refiere a vocalidad segura, pulida. Sus agilidades, su agudo, son sencillamente perfectos y en esta ópera su rol, en el pasado, ha sido el idóneo, el de 'Ilia'. Ahora, la parte de 'Elettra' requiere otro temperamento, una participación dramática que, decididamente, no está en sus cuerdas. La inteligencia, la sagacidad, la habilidad no bastan para cumplir con una parte que es de autentico furore. Además la zona central de la voz de Devia es, precisamente, su talón de Aquiles. Así que fue una 'Elettra' muy bien cantada -y el publico se lo agradeció con ovaciones atronadoras- pero ... ¡aburrida!.Eva Mei, cual 'Ilia', cantó también muy bien, pero al mismo tiempo decepcionó por la inercia de su recitativo y por la sustancial apatía expresiva con la que desdibujó su personaje, siempre estereotipado en una estática sonrisa o, según el caso, en una amanerada tristeza; hay veces en las que se desearía menor compostura vocal y más personalidad en escena.Francesca Provvisionato, en cambio, fue casi exagerada en la vertiente actoral, encarnando un joven chico, 'Idamante', siempre en movimiento. Sin embargo su problema es el color de la voz, que no es realmente de mezzo y que, juntado con el de las otras dos mujeres, dio el golpe de gracia a un allanamiento tímbrico debido al cual, cerrando los ojos, no se podía casi distinguir ninguna diferencia entre las tres voces femeninas.Los otros roles son realmente marginales, aun así no se entiende qué excusa se puede encontrar para justificar la escritura del tenor austríaco Jorge Schneider, bastante mediocre, para la parte de 'Arbace': juego de agencias, me imagino; correctos, en cambio, Cristiano Olivieri (Gran Sacerdote) y Ricardo Zanellato (Oracolo).

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