Ópera y Teatro musical

Crónicas milanesas III. Tiembla, Hollywood

Ignacio Jáuregui Real.

lunes, 25 de noviembre de 2002
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En el Teatro dal Verme, otrora sede gloriosa de estrenos puccinianos y recientemente rescatado del olvido (en una restauración sin mucho sentido que ha eliminado el foso y reducido al mínimo el palcoscenico, condenándolo a no albergar teatro musical), se celebró, el pasado 31 de octubre, la entrega de la tercera edición de los L'Opera Awards (¿por qué el título en inglés?), premios auspiciados por la revista del mismo nombre que llevan camino de convertirse en una institución. El sistema de votación es doble: de un lado los lectores, mediante cupones que acompañan a la publicación, y de otro los críticos de la casa, con un voto ponderado en virtud del mayor criterio que se les supone (suposición, de la que, por lo que se refiere a los que este cronista ha tratado, son más que dignos).En estas condiciones la lista de premiados era un secreto a voces; de hecho, la configuración de la gala en forma de concierto a cargo de ellos excluye la sorpresa. Pero como soñar no cuesta nada, y la progresión de estos galardones recién nacidos es imparable, hemos dado en imaginar para dentro de una década una ceremonia hollywoodiense de alfombras rojas y nubes de flashes, con secreto notarial desvelado en el último momento, en que cada uno de los cinco candidatos (close-up en cuadrícula de sus rostros crispados) tenga ensayada su pieza junto con la orquesta, para salir a cantar si lo eligen.Para entonces, por supuesto, el premio se habrá internacionalizado (no es que ahora no lo sea, pero por el origen de los votantes resulta italocentrista en exceso), la gala se retransmitirá en directo a ciento treinta países y Sabino Lenoci, ese loco estupendo, será el personaje más adulado y temido del universo operístico. Entonces podremos decir: “Cuando empezó todo, Mundoclásico.com estaba allí”.Fauna autóctonaNo es que no fuera una gran noche de ópera (con esos mimbres no podía no serlo), ni que faltasen momentos de canto dignos de ser recordados; muy al contrario. Lo que sucede es que, a la hora de contar una velada tan colorida como ésta, nos puede más el lado petardo. Hablaremos, entonces, por ejemplo, de los tipos humanos que allí se dieron cita, en la esperanza de que el distanciamiento de nuestra condición extranjera añada algún interés entomológico a lo observado.Mariquitas de mediana edad con tupés de un rubio pajizo cardados alla Ugo Tognazzi para disimular las calvas, señoras mayores de pelo corto y atuendo masculino, cronistas virtuales o verdaderos, damas añejas de sociedad, un poco fuori moda, starlettes televisivas con pinta nada dudosa, opera victims con la expresión reconcentrada de los cazadores de autógrafos en acecho, mariquitas jóvenes impecablemente trajeados, japoneses, divas de allende los mares, hijísimas divas en ciernes, aficionados de toda la vida luciendo con orgullo su inelegancia militante... un paisaje no desde luego todo glamour (che noia) sino una mezcla viva, divertida e interesante, como lo es el mundo un poco absurdo de la ópera italiana.El maestro de ceremonias (en este primer año televisado) fue el inefable Pippo Baudo, consorte de diva y mito viviente de esa añeja televisión italiana a la que tanto debe la nuestra. No existe entre nosotros un personaje parecido: un Hermida que se hubiera dedicado exclusivamente al entretenimiento sería lo más parecido. Mérito suyo fue casar las exigencias de una retransmisión (operarios moviendo cables, control del timing de los aplausos, cierres de frase que dan paso a la publicidad, invitados desalojados cuando exceden su tiempo) con la naturalidad de un concierto cara al público sin que se notase en exceso, y hay que decir también en su favor que dejó –en la medida que su ego monumental le permitió- todo el protagonismo a los cantantes.Encantador contraste con el segurísimo Baudo ofrecía el factotum del invento, el hiperquinético Lenoci a quien, desde nuestra posición, veíamos agitarse entre bastidores recolocando mil veces los ramos de flores, instruyendo a las azafatas, adelantándose a los problemas... y derretirse de vergüenza cuando le hacían tomar el micrófono.La música, claroNo será culpa nuestra (o bueno, sí) si no queda claro que asistimos a un magnífico concierto. Porque pensamos contar que el maestro Carella estuvo como siempre a la altura de lo que se espera de él, conduciendo con flexibilidad y atención a unos cantantes en algún momento nerviosos y descolocados por lo inhabitual del formato, y que sirvió dos estupendas páginas orquestales de muy distinto tono (Preludio del Barbiere e Intermezzo de Adriana) con la orquesta de los Pommeriggi Musicali.Y que el bajo Michele Pertusi, que salió frió y cantó gutural y sin proyección su “Calunnia”, armó después un fantástico dúo de machotes con Roberto Servile: en “Suoni la tromba” de Puritani supieron hacer honor a la trompetería fanfarrona sin quebrar el hilo melódico que hilvana cada minuto de esta obra favorita de los belcantistas.Pero al hablar del estupendo barítono que aparte de bordar sus dúos empezó a levantar el nivel de la velada con su “Eri tu...”, del Ballo verdiano, duro y reconcentrado, no podemos soslayar que la preciosísima Claudia Koll, escasos segundos después de oirlo nombrar con esdrújula entre los nominados, y tras afirmar quanto fosse lei appasionata dell'opera lo acentuó en llano ocasionando el cabreo bien reprimido del premiado y la reprimenda profesionalísima del señor de Ricciarelli.Y si contamos que Riccardo Muti, cuyos belfos recuerdan cada vez más a los de Brando en Godfather, recibió el premio al mejor director, tendremos que dar cuenta del rumor según el cual hasta poco antes del cierre ganaba Claudio Abbado, pero se recibió una avalancha de votos de última hora a favor del napolitano. Sólo así puede entenderese el divertido episodio de los aplausos: al mencionarse a Abbado, el sector noreste del auditorio prorrumpió en una escandalosa ovación. Perro viejo, el maestro de ceremonias forzó el aplauso para el resto de los candidatos (tuvo –tuvimos- que pagar el precio de soportar, a partir de entonces, que se aplaudiera cada nominación de cada categoría, cansinas, aburridas palmas de público enlatado que no se correspondían con lo que aquello quería ser), que volvió a convertirse en salva estruendosa de la esquina sudoeste al levantarse Muti a recoger el merecido galardón. Valentina Cortese, en Gran Dama del Teatro con un maravilloso kimono de vivos colores, se lo entregó tras un discurso entre sublime y ridículo, muy alla Espert.Daniela Barcellona, mezzo cada vez más apreciada, recibió además de su premio uno especial al cantante del año, con el nombre de la gran Valentini-Terrani, que la emocionó hasta las lágrimas. Antes nos había cantado un “O mon Fernando” de La Favorite correcto sin más, pero en el dúo de Il viaggio a Reims, dio junto con Juan Diego Flórez una lección de canto como pocas veces ha presenciado este cronista (que venía de escuchar en la misma pieza a Ewa Podles y Rockwell Blake, impecables técnicamente pero algo cascados). Aunque tampoco se libró del comentario petardo: la enorme y poderosa dama parecía que fuera a meterse en el bolso al galancillo y llevárselo a correr mundo en una versión feminista del idilio crepuscular rossiniano.De igual modo, sin que queramos minimizar el poderío de un Flórez en estado de gracia, que totalizó, al peso, dieciocho (18) does de pecho al bisar sin aflojarse el botón del cuello su restallante y musicalísima versión de “Ah, mes amis”, de La fille du règiment, la vena chafardera nos llevó a fijarnos en las caras de los copremiados, entre bastidores, y tenemos que decir que ellos, que se habían retirado modestamente sin bises, no compartían del todo el entusiasmo frenético del público.Fiorenza Cedolins, acaparadora de estos premios (dos de tres lleva), siguió a lo suyo. Un estremecedor Verdi de salida, “Pace, mio Dio”, cantado volcánica, apasionadamente, desde muy abajo; la entrega más emotiva de la noche, a cargo de un Corelli muy envejecido que recogió la ovación reservada a los mitos vivientes (gracias, maestro, por existir, por no reservarse, por haber añadido belleza al mundo: no se lo pude decir –la Gorgona me lo impidió-, y se lo escribo ahora); y en la segunda parte un dúo de Il Trovatore con Servile que nos trajo aromas de otras épocas (los cantantes premiados, todos jóvenes, tenían como rasgo común ser un poco “de los de antes”, lo cual debe hacernos pensar).Divinas presenciasEn el apartado mitomanía hay que decir que las expectativas se vieron un poco defraudadas. Diversas razones impidieron la presencia de dos monumentos vivientes como las señoras Gencer y Olivero. Mistress Baudo tampoco pudo venir, por hallarse en algún teatro de provincias haciendo algo llamado Caruso.En cuanto a Corelli, cualquier intento de aproximación fue agriamente impedido por su señora, celosísima del bienestar del enorme artista, que llegó a increpar muleta en ristre a la soprano Adelaida Negri por la osadía de querer saludar a un viejo conocido. Hubimos de conformarnos, ya en la cena (a la que nos procuró acceso con su virtù magica el Mago Merlino), con hacernos unas fotos sospechosísimas en un ángulo en que salía de fondo el gran tenor.Pero quién echa de menos el trato con la divinidad si tiene la suerte de sentarse a la mesa con lo más florido de los uffici stampa de las penínsulas hermanas (e islas aledañas), las más afiladas plumas vere e finte del criticismo operero mundial y una soprano menos mítica pero sin duda de mayor encanto y saber estar. No puede acabar esta crónica de otra manera que agradeciendo al nunca bien ponderado Andrea Merli su hospitalidad y atenciones en una semana que quedará almacenada en un sitio de privilegio en el armario de los buenos recuerdos.

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