Opinión

Al margen de algunas criticas

Emile Ajar

lunes, 2 de diciembre de 2002
"La verdad, yo creo que no es para tanto". Lo dice una buena amiga, aficionada tardía con muchos menos trienios en el escalafón que quien esto escribe, pero que tiene gusto, a propósito de los aplausos al final del recital de Josep Colom el 8 de octubre de este año. Qué no hubiera dicho de leer las críticas, firmadas además por veteranos maestros, que no jóvenes novilleros, de los diarios de la capital.Ya los titulares anuncian inequivocamente el color: Josep Colom, memorable y valiente (A. Iglesias, ABC, 11.10.2002), Triunfo de la belleza sensible (E. Franco, El País, 10.10.2002), La fiesta de Colom (A.Guibert, La Razón, 10.10.2002); claro es que a lo anterior solo puede seguir una lluvia de bienes sin mezcla de mal alguno. Y, en efecto, así es. Para el primero "Colom se consolida como meta espléndida, lograda, y como el más elocuente de los ejemplos..." y "Bien están sus versiones, magníficas en concepto y dedos de... Pero, en esta sesión, hubo dos momentos realmente memorables". Para terminar, como debe ser, en la dominante: “Sensacional interpretación y fenomenal recital este de Colom, aplaudido, ovacionado, por la elocuentísima buena entrada del Auditorio; le escuché en las primeras dos ‘propinas'; podrían ser veinte … Bravo”.Algo menos expansivo se muestra el otro maestro. Pero aun así llega a decirnos que “todas y cada una de las versiones alcanzan, como en Colom, niveles de arte noble, hondo, trascendente y moderno”. Alvaro Guibert, más joven, abunda en lo mismo, y nos informa de que ‘uno de nuestros más grandes pianistas' ha obtenido un ‘triunfo espectacular y merecidísimo' mediante ‘magníficas versiones de obras de gran dificultad técnica'. He aquí muestras suficientes de los bienes, a los que añadir el elogio unánime y muy merecido --aunque hay quien prefiere que se toquen enteras las series de Preludios o de Estudios, y no números sueltos-- por el buen gusto exhibido en la confección del programa.Queda la segunda parte, la ausencia del mal en sus infinitas formas. Nadie habla de concepciones equivocadas o de notas falsas, Mucho menos de roces, uso inadecuado del pedal, etcétera. Para encontrar algo así hay que venir hasta Mundoclasico.com y leer lo que dice Aimée Guerrero, quien habla de los “momentos fugaces de pifias” en Falla y nos comunica que “la presentación de La alborada del gracioso tuvo su comienzo un tanto sucio en los sonidos…”, observaciones ampliamente compensadas por las aseveraciones de que “la técnica de Colom es impecable”,”es un perfeccionista del detalle”, etcétera... Si hubiera que juzgar solo por lo anterior, parecería que se está hablando de uno de los grandes.Mucho me temo que mi amiga no iba descaminada. Pero, si es así, cabe preguntarse cuál puede ser la razón de que la más ilustre crítica de la capital exagere con tal unanimidad y semejante entusiasmo. Que Colom es un buen pianista, con técnica sólida y serio a la hora de elegir un programa y ejecutarlo es algo que está fuera de duda. Es además alguien que ha cultivado a menudo, en muy buena compañía, la música de cámara, y algunos le estamos muy agradecidos por ello. A beneficio de inventario, para quien escribe Colom tocó muy bien, con finura y sin artificio, Mompou; le quedó estupenda L' isle joyeuse, sobre todo el final; bastante menos los dos primeros preludios. Gaspard de la nuit, tan lejos de lo malo como de lo admirable, muy por encima de La alborada. . En cuanto a Falla, visto que su piano no le gusta ni bien interpretado, mejor abstenerse. Los dos primeros bises, comentario incluido, suficientes como para decidir marcharse. Alguna razón debe haber para intentar, así de repente, dar el salto cualitativo e intentar hacer pasar a Colom por lo que, la verdad sea dicha, no es: uno de los grandes.Algo sucede que pone en guardia al lector avisado y es que Franco continua con “el pianista barcelonés calza muchos puntos...”; claro es que nadie sentiría la necesidad imperiosa de comunicar a la afición en general que tal es el caso de Pollini o Zimerman, como tampoco había que hacerlo con Arrau o Richter. Franco empieza señalando que Colom “hace su entrada en el ciclo...” e Iglesias, siempre con más facundia, “es motivo de inmensa satisfacción para mi ver el nombre de Josep Colom... incluido en un Ciclo...” para a continuación aludir a su carrera con uno de los tics de la critica de la ciudad del Manzanares: “(dejemos de momento a los ‘genios' más o menos supuestos)”. ¿Son genios, o ‘genios' (entre comillas), los arriba citados? ¿ O más bien piensa Iglesias, cogita el lector maliciado, en Ugorski o Pogorelich ? ¿O en la Pires? Frustración se llama esa figura: la elegancia espiritual de los maestros nos deja con la miel --bueno, con la hiel-- en los labios; quien sabe si, tal vez, en privado …Sucede que estamos en la ciudad donde, según nos dice en las mismas fechas Beckmesser.com ("Entre verano y otoño", ‘El cultural', El Mundo, 10.10.2002), a propósito de la crítica publicada en El País, ‘muchos lectores, malpensados obviamente, de cierta crítica a un popular Nabucco ofrecido en una plaza de toros madrileña se preguntaban con que ungüentos habían untado al firmante para que dejara a un lado su exquisitez habitual'. En ese mismo diario, donde se ha glosado in extenso las andanzas de Mortier por el Ruhr, en lo que son crónicas de sociedad más que críticas musicales, y publicado una reseña de una representación intrascendente de una ópera de Haydn en Hungría, todo ello firmado por Juan Ángel Vela del Campo, no se ha dicho nada de la soberbia versión de Las estaciones dirigida --por cierto, con más de la mitad del Auditorio vacía-- por René Jacobs, que será sin duda uno de los grandes conciertos de la temporada. Sin llegar a pensar mal de los maestros de la crítica arriba citados, barrunta uno que, contra las apariencias, lo dicho tiene más que ver con el mundo sublunar que con la esfera de las estrellas fijas, con los buenos deseos mundanos que con las realidades artísticas, con el “a ver si acabamos de colocar a este chico” que con el descubrimiento de un pianista verdaderamente grande hasta ahora menospreciado. Y estas líneas pueden acabar como el poema de Gil de Biedma: “Ya estamos en Madrid, como quien dice”.

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