Opinión

¡Pasta ya?

Xosé Manuel Pereiro

viernes, 13 de diciembre de 2002
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A día de hoy, hay tres cosas que me dan auténtico miedo, las tres más probables. Que esto no se acabe nunca, que venga la tercera marea negra y que comiencen a proliferar los festivales de solidaridad.Perdonen que me ponga antiguo y metalúrgico, pero la caridad, o la solidaridad con la que a veces se confunde, me pone de los nervios, porque es un sucedáneo de la justicia. No la caridad puntual para remediar en lo posible casos concretos mientras la justicia no tiene trazas de llegar, ni la solidaridad entendida como la asunción activida de los problemas de los demás. Hablo de actitudes que se están produciendo y que me recuerdan por su eficacia y su intención las visitas de Carmen Polo de Francos a los afectados por las riadas que mostraban en el NO-DO.Ya sé que son emocionantes posturas como las de la gente de ese pequeño lugar de Guadalajara que decidió no celebrar las fiestas de de Navidad y donar lo ahorrado a los afectados por el Prestige. Y tampoco ignoro que los afectados, las cofradías y los grupos ecologistas necesitan dinero. Hablo de ese personal que encuentra en las desgracias ajenas su hábitat natural, como la polilla en la ropa húmeda. Ese arquetipo Bob Geldorf, que pasó de ser un mal cantante punk a un pésimo organizador de festivales solidarios en los que los beneficiados nunca veían una perra. Tampoco ignoro que quizás sea más fácil ayudar a los necesitados del tercer mundo que conseguir que el gobierno de turno devuelva lo que robó, aunque sé de uno que encontró mantas eléctricas en un almacén de la Direçao Geral para a Prevençao e Resoluçao das Calamidades de Mozambique (popularmente, "as Calamidades", que es adonde van a parar las ayudas a aquel país).Pero resulta que somos ciudadanos de un estado que cobra impuestos, bastantes para lo que hace, y el avión que se estrelló hace días (primero de 70 y pico que se van a comprar) costaba más de los sesenta millones de euros destinados para remediar lo del Prestige. Y especialmente repugnante es ese espectáculo de los políticos que se ufanan de venir con el dinero en el bolsillo, como si pasaran previamente por el cajero a retirarlo de su cuenta personal (después de avisar a las televisiones), y como si no estuviera claro que con ellos, además de otros agujeros, pretenden tapar las bocas.Así que donen cuanto les pida el corazón, la cabeza o el bolsillo, pero yo exigiría que el Estado, en cuanto se serene y se deje de guiar por los telediarios, aporte exctamente las misma cantidades donadas, y los afectados se gasten la pasta en farras o en lo que quieran. La caridad, como decía Ambrose Bierce, es aportar cinco dólares para aliviar al propio abuelo, que está en un asilo, y publicarlo en un periódico

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