España - Madrid

¿Hay alguien ahí?

Spica

martes, 21 de enero de 2003
Madrid, viernes, 17 de enero de 2003. Auditorio Nacional. Orquesta Nacional de España. Director: Pedro Halffter Caro. María José Suárez, mezzosoprano. Joan Cabero, tenor. Carlos Bergasa, barítono. Manuel de Falla ‘El retablo de Maese Pedro’ (versión de concierto), Richard Strauss: ‘Una Sinfonía Alpina’ Op. 64. Ciclo I Orquesta y Coros Nacionales de España. Aforo: 90%
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Sobre el podio, quiero decir. Efectivamente, sobre el podio había una persona. Envidiable bronceado, correcto atavío. Pero, ¿dónde estaba el que dirige?Convendrá el lector que si los cantantes son pisados o tapados por la orquesta, alguien está haciendo mal su función. Que si en un pasaje a tres voces (una mezzo, una madera, una percusión), los redobles de caja sepultan literalmente la voz, al punto que el patio tiene que suponer que quien lleva la línea melódica prosigue en el desempeño de su función porque le ve mover los labios, alguien no está haciendo su función. Que cuando eso ocurre cada una de las tantas veces que se produce la circunstancia expuesta, es decir, sólo se escucha a los cantantes cuando no hay acompañamiento, no sólo es lícito, sino pertinente, preguntarse si hay alguien sobre el podio, por mucho que el sentido de la vista se empeñe en engañarnos, enviando al cerebro la imagen de uno que bracea compulsivamente delante de un atril.Pues lo anterior, salpimentado con unos tempi demenciales, que provocaban una interpretación atropellada, confusa, carente de fraseo, ajena a la patente intención del compositor de relacionar el artesanal oficio del pregón con el arte del canto, fue el resultado de la recreación del Retablo de Maese Pedro que hizo Pedro Halffter delante (no “al frente”) de la ONE. Precipitado en esa vorágine, El ‘Trujamán’ de la mezzo asturiana recordó más a los recitados de catecismo que al canto llano. Bergasa, ahogado por los músicos, como la Suárez, estuvo lejos de conmover con su ‘Don Quijote’ predicando de Dulcinea. Tampoco Cabero, a mi juicio, acertó con el énfasis de dolor y derrota en las lamentaciones que ‘Maese Pedro’ hilvana al discurso del loco, lo que privó de humor a tan singular página literaria. Claro que cualquiera de los tres bastante tenía con defenderse de los instrumentistas.Con esta ocasión, la ONE reaparecía ante su abono tras la suspensión temporal de las recientes acciones de sabotaje, que hubieran convertido en humo el deseo del emérito de obsequiar a las amistades, a expensas de los contribuyentes, con un programa pensado para exhibir las cualidades que adornan a su niño para ser el titular de la Orquesta. Decisión, pues, oportunamente adoptada por casualidad. También por casualidad, sostienen los bienpensantes, el sabotaje al abono comenzó con los conciertos del maestro López Cobos.Demostrar las capacidades de Halffter Caro al frente de una centuria debió parecer poco, así que se prefirió centuria y media. Renunciando a la más económica versión de 1934, que el propio Strauss realizó para reducir la mastodóntica formación de 137 profesores, se eligió reforzar la plantilla de 115 profesores con vientos doblados a cuatro y a ocho (no menos de doce situados por Halffter en las tribunas), arpas a dos, percusiones a cuatro, máquinas de viento, de truenos, órgano… sólo faltaba la vaca de Milka, aunque no su cencerro. Hace tiempo que desapareció de escena la grande orquesta de finales del siglo XIX, pero ver las tablas del Auditorio como el Camarote de los Marx es un espectáculo muy plástico. Se agradece.Eine Alpensinfonie no es obra de mi gusto. Nada me dice el efectismo de esta especie de poema sinfónico, y tampoco su concepto, esa concretización descriptiva, su programa. Quizá lo anterior contribuyera a formarme la sensación de que su ejecución transcurrió sin pena ni gloria. Volvieron los tempi acelerados, si no en toda la obra, en muchos de sus pasajes, animados por esas maneras de Halffter Caro tan alejadas de la sutileza, de la curva, de la sugerencia. Ademanes más propios de la esgrima de sable. ¡Qué forma de apuntar, con esas estocadas rectas de la batuta! ¡Qué poco contiene, amortigua, silencia la mano izquierda! Resultado: demasiado estrépito, ningún matiz. Para la crítica establecida seguro que “un grande éxito”. La demostración de lo que se quería demostrar: Que “a pesar de la juventud” el maestro le ha cortado las dos orejas a “una grande orquesta”.La versión de la Sinfonía Alpina, sin embargo, aportó una novedad. En lugar de hacia el final de la obra, como señala la partitura, la tormenta se declaró tan al principio que el concertino Teslia no había tenido tiempo de pedir la nota al oboe solista. Los continuos silbidos, que ya se habían producido en menor medida al principio de la primera parte, impedían afinar a los músicos. Quiso remediar esta incómoda situación la claque de familiares y amigos de los funcionarios, exigida desde el escenario con miradas inquisitivas. A la voz de “¡vivan los músicos!” “¡Amorós dimisión!”, tuvo lugar una minoritaria y localizada salva de aplausos, que desencadenó la gran tormenta: “viva la Música”, “sinvergüenzas”, “golfos”, “disculparos”, “funcionarios a fichar”, “jetas”, y otros insultos más gruesos, resonaron durante minutos desde todas las esquinas del Auditorio, acompañados por el más económico de los vientos. En fin, fue lo mejor de la tarde.

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