España - Cataluña

Maisky arrebató al Auditori

Trebor

viernes, 7 de febrero de 2003
Barcelona, viernes, 31 de enero de 2003. Auditori. Temporada de la OBC. Programa: Concierto para violonchelo y Auditori. Orquesta Ciudad de Barcelona y Nacional de Cataluña. Misha Maisky, violonchelo. Emmanuel Krivine, director. Antonin Dvorák: ‘Concierto para violonchelo y orquesta en si menor’; Richard Strauss: ‘Vida de Héroe’. Temporada de la OBC. Ocupación 85%
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La presencia o asistencia a un concierto un viernes por la noche puede deberse a diversas motivaciones: desde el simple compromiso tácito de cumplir con un abono pagado, el no tener mejor plan para llenar esas horas que inician el fin de semana, el interés por las obras programadas o el atractivo que puede suponer oír y ver de cerca, y en directo, a un solista o director de orquesta accesible tan sólo en grabaciones.En la propuesta de este fin de semana de la OBC, me pesaron más las dos últimas razones expuestas, por una parte las partituras escogidas no son de las más programadas a pesar de ser bastante populares para cualquier melómano, por lo que era una oportunidad de saborearlas en directo; por otra, el atractivo de un solista como Misha Maisky, virtuoso y versatil violochelista de nuestros días. Antonin Dvorák, músico que nos muestra sus raices checas en gran parte de sus obras, compuso el Concierto para violonchelo en si menor Op.104 pensando en su vuelta a su país natal tras su paso por el "sueño americano".Si bien es verdad que cualquier instrumento puede servir para trasmitir diferentes sensaciones y sentimientos, la tradición musical ha relacionado a algunos instrumentos con unos estados concretos del alma humana. En el caso del violonchelo, la evocación de la nostálgia, de una tristeza contenida, es un recurso para cualquier buen instrumentador, y Dvorák, como tal, sabe sacar todo el partido de ello en esta obra. Desde la primera frase se pudo notar lo que fue la tónica del concierto: una orquesta tibia, no convencida de lo que sonaba, sin saber muy bien adónde y como dirigir el sonido y el tempo. ¿La causa? Una batuta nada clara ni en gesto ni en ideas musicales. Faltaba garra, fuerza, volumen, en fin. Todo esto desapareció tras la primera repetición del tema por solista; ahí sí que hubo energía, sí que hubo fuerza, y el arco de Maisky no atravesó sólo las cuerdas de su instrumento, sino todo el Auditori.A medida que avanzaba el concierto, el solista mostró y demostró estar al servicio de una partitura que domina, y con la que se siente libre de ataduras técnicas, a favor de un sonido camaleónico, a veces bárbaro, a veces bucólico, de una expresión musical que la orquesta se limito a acompañar con demasiada discreción. Si bien en los momentos de mayor virtuosismo, tanto del primer movimiento como del rondo del allegro moderato final, hubo algún que otro desliz y problemas de afinación, se compensó con la calidad del sonido y la musicalidad de las frases que cantaba el solista, que alcanzó su culminación en el adagio y, sobre todo, en el movimiento lento de una suite para de J. S. Bach que ofreció como bis ante los aplausos de todo el Auditori.Puede ser que el estilo en la pieza barroca no fuera el más ortodoxo, pero la reacción que provocó con esos pianísimos perceptiblemente imperceptibles fue de verdadero placer musical. Resultó curioso observar como esta reacción positiva de premiar al solista con aplausos por parte de público y miembros de la orquesta estaba poco manifiesta en la sección de violonchelos, que apenas si movían su arco en señal de aprobación. Quizá al ser especialistas en el mismo instrumento supieran ser más críticos con el solista que el resto del público. Sea como fuera, considero un privilegio haber podido oír este concierto clave de la literatura romántica y de violonchelo por este solista.La segunda parte del concierto la ocupó el poema sinfónico de Richard Strauss Vida de heroe, op.40. Con unos efectivos orquestales más bien gigantes, la OBC desarrolló esta historia en siete episodios con más buenas intenciones que no resultados. Hubo momentos brillantes debidos más a la gran cualidad técnica y musicalidad de los solistas de la orquesta que no a la dirección que no mostró ni de cerca todo lo que insinúa la partitura. Señalar especialmente la buena actuación del viento madera y, sobre todo, las flautas en el episodio de los enemigos, y el violín del concertino en la parte de la amada, no así la sección de metales y, especialmente, las nueve trompas del inicio, con alguna imprecisión de ataque que rompía el clima deseado. Puede que no sea el mejor poema musical de Strauss, ni musicalmente ni como idea filosófico-musical, pero eso no es excusa para no mostrar toda la grandeza que contiene, resultando pobre la versión ofrecida tanto en los momentos líricos como demasiado ruidosa, mas sin contundencia, en los momentos épicos, como el de la batalla. En definitiva una velada inolvidable en algunos aspectos y de reflexión para quien tienen la responsabilidad de contratar directores invitados.

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