Libros y Partituras

Tentación a la ingratitud. Acercamiento a la etnomusicología

Carlos Coppel
lunes, 24 de febrero de 2003
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Ramón Pelinski: 'Invitación a la etnomusicología. Quince fragmentos y un tango'. Madrid: Akal, 2000. Un volumen de 347 páginas de 24 x 17 cm. con ilustraciones. ISBN: 84-460-1517-X. Índice: Introducción; 1. Invitación a la etnomusicología; 2. Decir el tango; 3. Práctica émica de sustituciones interválicas en el canto personal de los Inuit del Caribú; 4. Oralidad: ¿un débil paradigma o un paradigma débil?; 5. De la historia escrita a la historia oral: La Danza guerrera de La Todolella; 6. Presencia del pasado: Reestudio de un cancionero musical castellonense (1945-50); 7. Relaciones entre teoría y método en etnommusicología: Los modelos de John Blacking y Simha Arom; 8. "Yo es otro." Reflexiones sobre el encuentro musical entre Europa y América; 9. Dicotomías y sus descontentos. Algunas condiciones para el estudio del folclor musical; 10. Homología, interpelación y narratividad en los procesos de identificación por medio de la música; 11. Diásporas del tango rioplatense; 12. El tango nómade; 13. Máscaras de la identidad. Reflexiones sobre Exotica de Mauricio Kagel; 14. La corporalidad del tango: Breve guía de accesos; 15. Enomusicología en la edad posmoderna. Bibliografía. Indice onomástico y conceptual. Lista de ilustraciones. 'Tangoral' Tango arreglado para trío de bandoneón, piano y contrabajo.
0,0002779 Invitar tiene dos primeras acepciones, íntimamente relacionadas, convidar e iniciar / estimular. La segunda, aún se relaciona con otros vocablos de similar campo semántico, como incitar, persuadir, tentar, seducir e incluso aguijonear. Cuando convidamos a alguien, rogamos a esa persona o personas que nos acompañe a comer o beber, en general, a recrearse con nosotros, sin excluir el estímulo y la incitación a la diversión.Avanzando un poco más, y en cierto modo sugiriendo una asociación que no agotaré, pero que reservo para más adelante; el acto de convidar implica gratuidad a la par que hospitalidad. Emile Benveniste, en su Vocabulario de las Instituciones Indoeuropeas (Madrid: Taurus, 1983), comenta que el término latino gratia es originariamente un valor religioso (“gracia” y “acción de gracias”) que se ha aplicado a un comportamiento económico: “gratuidad” (gratis). Deriva del adjetivo gratus, ambivalente para las dos partes en juego: agrado / agradable. Es, pues, a la vez una noción económica y moral (pp. 129).Antes de llegar a sopesar la invitación y el estímulo que nos ofrece el texto de Ramón Pelinski, pues no es otro el motivo de estas líneas, quisiera todavía abundar, con alguna asociación más, en la sugerente propuesta que el título del libro nos anticipa. Siguiendo aún a Benveniste (pp. 130), otro componente enriquece, en similar sentido, el empleo de gratia: prestación gratuita para causar placer. En nuestro contexto, y en mi opinión, este placer avanza estímulo e inquietud por adentrarse, ya en solitario, en la frondosa senda a que incita. Mientras que la suspensión de la obligación de pagar, como indica Benveniste (pp. 131), no debe ser tomada en su sentido material, pues todo lo ligado a nociones económicas se imbrica en una urdimbre compleja de relaciones humanas, ya sea entre individuos, instituciones o grupos, con intereses diversos y a veces confrontados. Esto es, relaciones entre partes, en este caso, entre lector y autor.La Invitación a la etnomusicología de Pelinski constituye una recopilación de textos del autor, producidos en el transcurso de veinte años de su vida intelectual y musical. Sobre los que asevera que existe un nexo de continuidad que reconoce subjetivo, y que llega a aproximar posiciones diversas, más allá de la academia, bajo aparentes rupturas que conjugan una unidad compleja, crítica con el pensamiento dicotómico, con el racionalismo y el positivismo en la investigación musical. La colección de textos a que se nos invita aúna, de manera más fragmentaria de lo que su autor quisiera, reflexiones teóricas con otras más inspiradas y enriquecidas por la tarea etnográfica, en alguna de las cuales incluso se asoma, por un momento, en la intrincada y fascinante derrota del reestudio diacrónico, para perder pronto, en su ceñido intento, el pulso a la cuestión del cambio sociocultural en la más banal de las, por él denostadas, dicotomías. Ésta no es otra que aquella que reduce toda su complejidad de procesos y articulaciones socioeconómicas a algo tan huero, inaprensible y fugaz como “el paso de la tradición a la modernidad”. Más sucintamente, el autor afirma recorrer una línea de pensamiento que le lleva de posiciones analítico-semiológicas a los varios discursos del posmodernismo, a la polifonía transgresora, crítica y hermenéutica que estimulan, en tanto apertura a la actitud reflexiva de las propias premisas teóricas, a la dialógica, la interdisciplinariedad, la transculturación y la globalización.Por otra parte, Pelinski olvida que la continuidad no está en la sucesión sino en la interpretación posterior de enlazados y emergentes presentes, en la respuesta construida frente a la polaridad racionalismo-positivismo, como intuyó G. H. Mead. Aparentemente no habría contradicción entre lo anterior y la explicita autovaloración de la propia historia de vida y la experiencia musical (interprete-compositor) como perspectiva privilegiada, a pesar de su reconocida parcialidad, en la “investigación científica”. No obstante, existe, en la medida que el reconocimiento de la continuidad de la imagen del acontecer y su procedencia de reconstrucciones hipotéticas no disminuye el valor de la regla de la condicionalidad universal en el acontecer natural, básica en la tarea de la ciencia, sino que la refuerza como se puede extraer de la lectura de Mead.Ser músico no es la mejor perspectiva teórica, no la invalida tampoco, mientras no invoquemos lo inefable en el análisis científico (etnomusicología, etc.). En la guerra contra el enemigo positivista, muy diferentes serian las cosas si las ciencias sociales tomaran de forma más sistemática el modelo del arte (o del método humanista) en la misma medida o grado que se ha tendido a tomar el de la ciencia física. Sin embargo, los presupuestos (“las reglas del juego”, “los principios generadores”) que conceden cierta autonomía al campo del arte, no son los propios del campo de la ciencia, aún sin negar la relatividad del discurso científico.De forma simplificada y muy puntual aludo a Pierre Bourdieu, para añadir que no me parece licito, como hace Pelinski, situar al eminente sociólogo, recientemente desaparecido, en las filas del posmodernismo. Movimiento intelectual de muy dispar valor, el cajón de sastre al que se tiende, en ocasiones, a transformarlo, ahoga su vena crítica en mero narcisismo. En consonancia con lo dicho, el científico social sensible tenderá a reconocer la necesidad de que lo interior sea contrastado con lo exterior, lo único con lo general; pero, finalmente, está siempre claro que las soluciones últimas estriban en captar las leyes generales de lo exterior. Ponerse unilateralmente del lado de lo subjetivo es desarmar o disolver el modelo propio de las ciencias sociales inclinando la balanza del lado del modelo de las humanidades, lo que no implica la negación de la existencia del dilema; pero, insisto, su misma lógica las llevará en último término a tomar partido por la ciencia.La miscelánea de textos auto sostenidos que nos presenta, quiere ser en palabras de su autor “una invitación para comprender alteridades musicales y humanas distantes”. Objetivo más que encomiable, aunque demasiado ambicioso para la escasa muestra elegida; sin embargo, quizás suficiente como un primer anticipo, pero no voy a valorar si a ello alcanza, por demasiado prolijo. Empero, más que engolado y retórico me parece el matiz que al primer empeño acompaña: “...dialogar con ellas sin infringirles, en la medida de lo posible, la violencia de nuestras propias categorías culturales ni transformarlos en meros productos de nuestra invención intelectual”. Me temo que la etnomusicología es una disciplina configurada dentro y por “nuestras propias categorías culturales”, obviar el etnocentrismo no implica superarlo, por no se que malabares posmodernos, es más, si algo de positivo y crítico tienen, es precisamente el de subrayar la ilusión de la objetividad en el trabajo de campo, la parcialidad y la ficción de la reconstrucción teórico-etnográfica. En cualquier caso, lo que considero importante desde un punto de vista metodológico, es que sólo reconociendo el ineludible escollo se hace posible avanzar, si no con total objetividad, al menos con la conciencia de que no se es un espectador desapasionado, y tal vez así corregir, “en la medida de lo posible”, las internalizadas reacciones viscerales.Eludo valorar la noción y los conceptos que el autor presenta, en continuidad, sobre la transculturación y la globalización, y lamento que su idea de interdisciplinariedad le lleve al borde de una desoladora disolución de la etnomusicología como disciplina relativamente autónoma. Quiero detenerme con brevedad y parcialidad, no obstante, en su reiterada profesión de fe contra lo que denomina pensamiento dicotómico. En primer lugar, vuelvo a repetir, como en el caso del sociocentrismo, que las dicotomías (lengua / habla, emic / etic, oral /escrito, rural / urbano, culto / popular, individuo / sociedad, etc.) no se resuelven o superan obviándolas, sobre todo porque cuando se predican no constituyen realidad ontológica alguna, a pesar de la marcada tendencia a hipostasiar un recurso o instrumento meramente heurístico; error recurrente del objetivismo estructuralista, pero en el que no posee exclusiva paradigmática.Volviendo a Bourdieu (El sentido práctico, Madrid: Taurus, 1991; La lección sobre la lección, Barcelona: Anagrama, 2002): “El progreso del conocimiento supone, en el caso de la ciencia social, un progreso en el conocimiento de las condiciones del conocimiento...” (1991: 13). La consabida alternativa práxica de Bourdieu es un punto de vista que se opone a las visiones dualistas de la historia que en definitiva ofrecen, tomadas en su conjunto, los planteamientos objetivistas frente a los subjetivistas. La aproximación desde la práctica (el quehacer cotidiano) –lugar indiscutible de la dialéctica de lo social- supera la visión dicotómica del individuo y la sociedad, la estructura y el proceso, el sistema y la acción individual (conductas). En lo referido al conocimiento, “no se puede entender la lógica de la práctica si no es a través de construcciones que la destruyen en tanto que tal” (1991: 29), mientras no se cuestionen los mismos “instrumentos de objetivación” (mapas, cuadros sinópticos, planos, etc., o la misma razón gráfica –trascripción escrita- de Jack Goody), en tanto elementos de distorsión de la fenomenología de lo real. Pero no es razonable, tampoco, tomar partido, si no es para mantener, y no intentar superar, la secular dialéctica entre la objetividad y la subjetividad en la condición y la posibilidad del conocimiento. Retornando a la palabra de Bourdieu: “...nunca pensé tampoco en pasar, como se hace de buen grado en la actualidad, de un análisis crítico de las condiciones sociales y técnicas de la objetivación y de la definición de los límites de validez de los productos obtenidos en esas condiciones, a una crítica radical de toda objetivación y, en consecuencia, de la ciencia misma: a riesgo de no producir más que proyecciones de estados de ánimo, la ciencia de lo social supone necesariamente el momento de la objetivación, y son los logros del objetivismo estructuralista los que aún hacen posible la superación que exige” (1991: 29).Por otro lado, vuelvo a lamentar que nuestro anfitrión a la hora de mostrarse crítico con la oposición oral/escrito, para valorar lo que denomina el paradigma de la oralidad, arremeta especialmente contra autores tan poco cualificados como McLuhan, Ong o Carpenter, ya sobradamente superados por la crítica, y no se atreva más que a mencionar en adenda a J. Goody, sobre todo por la ambigüedad de sus conclusiones. En este sentido, más que en la cuestión de la oralidad o la escritura, habría que centrarse en el grado de presencia o ausencia de una sola variable: la capacidad de leer y escribir, así como en el desarrollo de sus diferentes niveles, no necesariamente uniliniales ni monocausales. En última instancia la dicotomía, cuyos polos no serían nunca más que tipos ideales de un continuum rico y matizado como él mismo acepta, tiene más enjundia que la que acríticamente en algún momento desliza: tradicional / moderno.Con todo y a pesar de mis anotaciones críticas, no se puede negar, aunque no profundice en la diversidad anudada de sus textos, la contribución que a la reflexión etnomusicológica aporta la publicación de Pelinski, sobre todo si se tiene en cuenta la nula o escasa producción sobre la materia en lengua castellana o hispana. Sin embargo, el conjunto textual resulta poco hospitalario. Nadie niega a su autor el derecho a recopilar aquello que considera lo más granado de su producción como articulista, pero habría sido más de agradecer un mayor esfuerzo condensatorio, donde sin renunciar a la complejidad se tejiera una reescritura amena e impactante, una invitación con acordes musicales más incitantes para tentar, tanto al lector lego como avisado, a danzar inquieto en el campo abierto por una aproximación que no pretende ser explícitamente “un manual para la asignatura”. En este rumbo, no es el mejor discurso introductorio, junto a sus virtudes pesa mucho más de lo que su autor quisiera la redundancia y la autocomplacencia, por momentos el libro se cae de las manos; el bloque resta interés y valor a sus más sugerentes artículos, las contradicciones en las que el conjunto incurre ni se liman ni se iluminan. Es indudable que una valoración de sus contenidos requeriría mayor estudio y dedicación, pero no es este el lugar ni la ocasión ni la intención crítica de las palabras que conforman este comentario desde su inicio.
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