Italia

40 años de Bohéme

Horacio Castiglione
miércoles, 5 de marzo de 2003
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Milán, martes, 11 de febrero de 2003. Teatro degli Arcimboldi. ‘La bohéme’, ópera en 4 cuadros. De Giacomo Puccini sobre libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica (1896). Director de escena y escenografía: Franco Zeffirelli. Vestuario: Piero Tosi. Iluminación: Gianni Mantovanini. Marcelo Alvarez (Rodolfo), Natale De Carolis (Schaunard), Matteo Peirone (Benoit), Cristina Gallardo Domas (Mimí), Hei-Kyung Hong (Musetta), Roberto Servile (Marcello), Giovanni Battista Parodi (Colline), Angelo Romero (Alcindoro), Hei-Kyung Hong (Musetta), Alberto Fraschina (Parpignol), Ernesto Panariello (Sergente dei doganieri), Tino Nava (Un doganiere), Antonio Novelli (Un venditore di prugne). Orquesta y coro del Teatro alla Scala. Director: Bruno Bartoletti. M° del coro: Bruno Casoni. Aforo: localidades 2300. Ocupación: 100 %.
0,0001216 La producción de Franco Zeffirelli, decano entre los directores de escena y no solo de la ópera, italianos, tiene ya cuarenta años. Una friolera para cualquier espectáculo: una declaración de eterna frescura y lozanía que el espectáculo sigue manteniendo inalterada como desde ese lejano 1963.La receta no es ningún misterio: es el respeto religioso de las indicaciones del libreto, de la regia que la misma música de Puccini indica claramente y un amor total, una entrega incondicional a la ópera, en general. No se puede añadir nada, ningún adjetivo a una Bohème que pareció perfecta y paradigmática desde sus comienzos, pero... Siempre hay un pero que no quiere ser una nota de desprestigio (imposible, por otro lado) aplicable hasta a las obras absolutas.En el caso de Zeffirelli yo diría que es un cierto grado de “horror vacui”, de miedo al vacío, que lo ha ido afectando, y en especial en esta ópera, en los últimos tiempos. Esta producción de la Scala, que ha realmente ido de gira en todo el globo terráqueo, ha sido cada vez victima de ulteriores retoques y ampliaciones que, en parte y solo para los que la conocen muy bien, la ha ido desvirtuando. En la buhardilla han empezado atrezzo y complementos (la de estatuas, por ejemplo: pero Marcello, ¿no habíamos quedado de que era un pintor?) a multiplicarse. Luego en el segundo acto, el del Café Momus, además del consabido revuelo (el efecto de la escena en dos niveles sigue siendo un fenomenal “coup de teatre”) de coristas, niños y figurantes, han llegado un burrito para Parpignol y una calesa con caballo blanco para Musetta. Pero lo más discutible, en una puesta en escena que no se avergüenza de ser hiperrealista, es el tercer acto, el de la barrera d’Enfer, cuando la escena, un tiempo la de una Paris desangelada, periférica, cubierta de nieve y con neblina, es siempre ocupada por un va y ven obsesivo de extras: empezando por niños (no se entiende si trasnochadores o muy madrugadores, obreros con sendas fiambreras que desayunan debajo de la nieve en un banco, filósofos y poetas, discípulos de canto de Musetta, Vizcondes alegres, borrachos descontrolados, y curas con monaguillos y las lecheras, y los sargentos de aduana y el dichoso burrito, que por si no se habían fijado en él en el acto precedente, vuelve a atravesar la escena. “Troppo signori, troppo. Ecco respiro appena” que diría Adriana, pero esta es Mimí.Con todo, en un teatro finalmente todo lleno, el grandioso Arcimboldi al que con otros títulos le cuesta agotar las 2500 localidades, el publico lo ha pasado pipa, gracias también a la lectura de los títulos sobre el asiento delantero. Ante el asombro del señor sentado a mi lado, que luego se calificó como nieto de Luigi Illica, uno de los dos libretistas, que no podía entender que una señora, ni siquiera muy joven, preguntase al caballero que la acompañaba, que porqué ese tal estaba pintando. “Tal dei tempi é il costume” y hasta en Milán, para muchos, La bohème es una “illustre sconosciuta”.Sin embargo la fiesta fue completa, porqué la vertiente musical no era para menos. Empezando por el debut del tenor argentino de Córdoba Marcelo Alvarez en el rol de Rodolfo. Una prueba enfrentada con precaución, en principio, y luego con creciente entrega. El Do de “speranza” llegó puntual como, por otro lado, todas las notas, pero fue a partir del tercer acto que nos dimos cuenta de lo pasional, generoso y arrebatador –no solo en la belleza del timbre- que es su poeta, trazado con autentica desesperación y juvenil temperamento. Bravo por Marcelo, con la seguridad que este personaje, que ya le queda como un guante, le caerá día a día más cómodo.Perfecta por matización, delicadeza, suavidad en la emisión la Mimí de Cristina Gallardo Domas, otra artista amada en Italia y que se ha entregado totalmente en una interpretación in crescendo, con la frivolidad y desenfado que le compete en los dos primeros actos y con el arrebato trágico que la lleva al dramático final. Tuvieron ambos un buen contorno con el Marcello del barítono Roberto Servile, cantante que cuida con esmero la dicción y el fraseo y, encima tiene una aterciopelada en el centro y brillante en el agudo. Muy bien, tanto actoralmente cuanto vocalmente los otros dos bajos: el Schaunard de Natale de Carolis, atento en el acento y Giovanni Battista Parodi, el que salió airoso con su “Vecchia zimarra”. La Musetta coreana de la soprano Hei-Kyung Hong, elemento estable en ele Met de Nueva York, fue acertadamente pizpireta y provocadora, como la regie requiere, cantando con soltura su breve particella, si bien sin tener una precisa y determinada personalidad vocal. Muy buenos en sus cameos el Benoit de Matteo Peirone y, sobre todo, el Alcindoro de Angelo Romero, que supo dar toda la importancia musical y teatral a la breve parte, resultando en la economía del espectáculo un autentico lujo asiático.Finalmente Bruno Bartoletti: un director para el que Puccini parece no tener secretos, contagiado de la misma “toscanidad” bulliciosa y apasionada del genial Compositor. Su lectura fue sencillamente ideal, tanto en el acompañamiento de las voces, siempre privilegiadas con su batuta, sea en las dinámicas y en el ritmo que alcanzó alto vuelo en el conmovedor final. El triunfo, en veladas como esta, es la natural consecuencia de un optimo trabajo de equipo, al que se sumaron las masas de la Scala que esta ópera la tienen como quien dice en el bolsillo. El público no dejaba de aplaudir, olvidándose por una vez de apresurarse a la salida. Debería ser siempre así.
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