Crónicas Porteñas

Hector Berlioz cumple doscientos cuatro años

Susana Desimone

martes, 11 de diciembre de 2007
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Este martes 11 de diciembre se cumplen 204 años del nacimiento de Héctor Berlioz, considerado uno de los más grandes compositores franceses, aunque hay quienes opinan que es, lisa y llanamente, el más importante y genial de los autores nacidos en Francia.

Al margen del puesto que unos u otros pretendan asignarle en el Parnaso de los genios musicales, no cabe duda de que Berlioz ha sido y es un auténtico creador que, a pesar de su falta de formación pianística, y de haber estudiado armonía sin más ayuda ni orientación que la proporcionada por los tratados de Rameau y de Catel, fue capaz de renovar en materia orquestal hasta tal punto que con él, la orquesta alcanzó el extraordinario desarrollo que desembocó en lo que actualmente conocemos como orquesta moderna.

Por otra parte, su vida atormentada es casi un símbolo del exaltado romanticismo imperante en el siglo XIX. Nacido el 11 de diciembre de 1803, en Côte-Saint-André, próximo a Lyon, fue hijo de Louis Joseph Berlioz, un médico de provincia, aficionado a la música (que lo inició en el aprendizaje de la flauta) y de Marie-Antoinette-Josephine Marmion, una mujer bella y muy devota. Su padre decidió que siguiera sus pasos profesionales, motivo por el cual el joven Berlioz, con algunos conocimientos de guitarra y flauta, fue enviado a París para estudiar medicina.

Sin embargo, su primer contacto con los cadáveres de la sala de disección y la visión de la sangre, determinaron su inmediato alejamiento de la carrera, lo que provocó la ira de papá Berlioz, quien decidió retirarle la mensualidad con la que atendería su manutención durante el tiempo que durasen sus estudios. El año en que se producen estos acontecimientos –1822- marca un punto de inflexión en la vida del frustrado médico. Desde entonces hasta 1830 Berlioz, sin recursos, compone, a pesar de todas sus dificultades, una ópera, un oratorio, un drama y una misa. Obtiene exigua remuneración actuando como corista y dando clases de guitarra, pero se ve impedido de dar lecciones de piano, que eran las más requeridas, ya que él no estaba en condiciones de impartirlas por su carencia de técnica pianística.

A pesar de las penurias de esta época, a la que muchas veces se referirá como la peor de su vida, Berlioz continúa estudiando y componiendo, deslumbrado por la lectura de Goethe, Shakespeare y Byron, y el descubrimiento de las sinfonías de Beethoven. En 1827 vive la primera gran pasión de su vida, al enamorarse de la actriz irlandesa Harriet Smithson, a la que viera actuando en el papel de ‘Ofelia' en una representación de Hamlet. Harriet-Ofelia lo rechaza una y otra vez, para desesperación de un Berlioz enloquecido de amor, que intenta suicidarse, afortunadamente, sin éxito.

Su obsesión por ese entonces consistía en obtener el Premio de Roma que, finalmente, le es concedido en 1830 por su cantata La última noche de Sardanápalo, de cuya música abomina su autor, pero que compone teniendo presente el criterio conservador de los jurados italianos. El monto del premio significa un respiro para el músico, agobiado por las deudas, y en ese mismo año compone la Sinfonía Fantástica (Episodios de una vida de artista), una de sus obras más brillantes y conocidas.

Su vida amorosa ingresa en un nuevo período de locura pasional cuando conoce a una joven pianista: Camille Molke. Pero la madre de Camille tiene otros planes para su hija, que consisten en casarla con quien sería el más célebre fabricante de pianos, el señor Pleyel, y así se lo comunica a Berlioz en una carta que el músico recibe, luego del casamiento organizado por quien él considerara su futura suegra. Berlioz idea, entonces, un delirante plan: disfrazado de mucama y armado con una pistola se lanza a la calle dispuesto a asesinar a los tres responsables de su desdicha, reservando una bala para suicidarse después. La suerte tampoco lo acompaña esta vez. Aunque quizá la verdadera suerte haya residido en el fracaso de su tentativa de homicidio-suicidio.

En efecto, un policía detuvo a la falsa mucama por sospechar que se trataba en realidad de un enemigo de Carlos X. Recordemos que en julio de 1830 se vivieron en París jornadas revolucionarias, que concluyeron con el ascenso al trono de Luis Felipe de Orleans y la reforma de la Constitución, para satisfacer las aspiraciones de los liberales, en los últimos días del reinado de Carlos X. Digamos, de paso, que François Guizot, protagonista en la vida política de este período, no vaciló en hablar de una “revolución, en cierto modo, conservadora” ya que el recelo al desborde de la soberanía popular había impuesto la solución de una monarquía menos absolutista, que resguardara las libertades conseguidas, sin poner en peligro el orden social.

Lo cierto es que Berlioz recuperó la calma –transitoriamente- y volvió a componer, no por casualidad, Lelio el retorno a la vida y de inmediato las oberturas del Rey Lear y de Rob Roy. Ya era un compositor reconocido en el ambiente musical europeo, aunque todavía París le era esquivo. El reencuentro con su viejo amor, Harriet Smithson, volvió a trastornar su espíritu. Luego de varias amenazas de suicidio, la joven Harriet acabó por aceptarlo y el matrimonio se celebró el 3 de octubre de 1833. El único hijo del compositor, al que llamarían Louis, nació de esta unión y moriría en 1867, hundiendo al compositor en una depresión de la que ya no podría recuperarse.

Se produce el estreno de Haroldo en Italia pero, al finalizar la pensión que le fuera otorgada por el Premio de Roma, recomienzan los problemas económicos y Berlioz comienza a trabajar como crítico musical en La Gazzette Musicale y en Renovateur, a pesar del profundo rechazo que le producía esa clase de tarea, que sólo abordó como medio para subsistir. Lo mismo había hecho, acosado por sus acreedores, oficiando de bibliotecario del Conservatorio de París. En 1838 estrena su ópera Benvenuto Cellini.

Berlioz ansiaba el reconocimiento artístico y profesional. A impulsos de ese afán decidió componer esta ópera, cuya partitura era, en verdad, muy original. En ella se mezclaban elementos cómicos y serios sin respetar la tradición de la gran ópera francesa. Así fue como su representación se enfrentó con la escasa preparación de los artistas intervinientes y la incomprensión del público, circunstancias que determinaron un rotundo fracaso de crítica y de público. La tenacidad de Berlioz fue superior a su amargura. Y al año siguiente dió a conocer Romeo y Julieta, elogiada por Wagner.

En 1840 compone la Gran Sinfonía Fúnebre y Triunfal, encargada por el gobierno para celebrar el décimo aniversario de la revolución de 1830. En esa oportunidad el mismo Berlioz dirigió la orquesta. Del contacto con la nueva música que Berlioz tuvo ocasión de escuchar en Alemania y Austria, surgió La condenación de Fausto, más valorada, como ya venía ocurriendo, en otros paises europeos que en su Francia natal. La comprobación de esta realidad determinó nuevos viajes, por Rusia e Inglaterra, donde recibió ofertas de distintos conservatorios y orquestas. Entretanto, el tempestuoso y apasionado amor por Harriet Smithson (que murió en 1854) había terminado hacia 1842. Fue un amor volcánico que duró casi nueve años, lo que no está nada mal para un “amor eterno”.

Para entonces, Berlioz vivía otro apasionado romance con la cantante María Recio, con quien se casó luego de la muerte de su primera esposa. También este matrimonio resultaría turbulento y conflictivo. El músico no parecía haber nacido para mantener apacibles uniones burguesas. Les troyens y Beatrice et Benedict (esta última basada en la comedia Mucho ruido y pocas nueces de William Shakespeare, por quien sentía una profunda admiración) marcan dos momentos culminantes en su carrera de compositor. Sin embargo, como ya se dijera, la muerte de su hijo, ocurrida en 1867, la enorme tristeza que lo invadió y la amargura ante la incomprensión de sus compatriotas, acabaron por enfermarlo y precipitar su muerte, el 8 de marzo de 1869.

Berlioz fue un verdadero precursor del género que Liszt llamaría “poema sinfónico”, así como del leit motiv, que utilizaron con tanta maestría Wagner y Richard Strauss. Fue autor, además del Tratado de instrumentación y orquestación modernas, la primera obra que se ocupaba de estos aspectos. Su Francia natal, que durante tantos años lo ignoró o lo contempló con displicencia, que escuchó su obra con asombro y disgusto a la vez, terminó por concederle la Legión de Honor y, en fecha reciente, se ha constituido un comité, presidido por George Hirsch, director de las Orquesta de París, que se encuentra organizando un año de celebraciones y conciertos para conmemorar el bicentenario de su nacimiento, los que culminarían con el traslado de sus restos, desde el cementerio de Montmartre, al Panteón de París. A pesar de ello, Berlioz, que no logró disfrutar en vida del pleno reconocimiento de su obra, sigue despertando dos siglos después, apasionadas controversias.

Sus más fervorosos admiradores se oponen a la exhumación de sus restos, a causa de que el último deseo del compositor fue descansar en Montmartre, pese a la infelicidad de sus matrimonios, junto a sus dos esposas, Harriet Smithson y María Recio. Otro sector, en cambio, sustenta su oposición en el recuerdo de que Berlioz nunca se consideró a sí mismo una figura del “sistema”. En tal sentido ha dicho Christian Wasselin, autor de una biografía del compositor, que “él era un verdadero rebelde, no como los de ahora; hoy todos parecen serlo. Creo que se mostraría cínico ante la idea de que lo conviertan en un compositor oficial”. Y no faltan quienes sostienen, con idéntica furia opositora, que Berlioz “era un conservador de derecha que apoyó el golpe de Estado de Napoleón III contra la República en 1851, por lo que no debería tener lugar en el parnaso republicano de Francia”. La decisión final la tendrá el presidente Chirac, de quien se supone que aprobará el traslado pero no de forma inmediata, con lo que pacificaría los ánimos, inesperadamente caldeados por el tema.

El gran escritor egipcio Naguib Mahfuz ha dicho: “La crueldad de la memoria se manifiesta en recordar lo que está disperso en el olvido”. Por ello creemos, más allá de estos circunstanciales debates, que el gran Berlioz, al que en París ni siquiera lo recuerda una calle con su nombre, merece un homenaje debido a la extraordinaria calidad de su producción musical y a su contribución al desarrollo de la orquesta moderna. Y que ese homenaje debería realizarse respetando la voluntad que expresara en vida, así como también sin reavivar antiguos fuegos políticos, que deben recordarse –como se sigue haciendo con Wagner-, pero de manera tal que su invalorable aporte a la música sea expresamente reconocido y valorado en toda su dimensión.

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