Alemania

Soplan vientos nuevos en el Zirkus Karajannis

Alfredo López-Vivié Palencia
jueves, 13 de marzo de 2003
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Berlín, sábado, 8 de marzo de 2003. Philharmonie. Orquesta Filarmónica de Berlín. Alfred Brendel, piano. Sir Simon Rattle, director. Heiner Goebbels: ‘Aus einem Tagebuch’; Ludwig van Beethoven: Concierto para piano y orquesta nº 3 en do menor, op. 37; Richard Strauss: ‘Una Vida de Héroe’, op. 40. Aforo: 2400 localidades. Ocupación: 100%.
0,0002542 Este año se cumplen cuarenta de la inauguración de la Philharmonie berlinesa, templo sagrado del sinfonismo debido al genio de Hans Scharoun y al empeño de Herbert von Karajan. Su aspecto exterior sigue llamando la atención por la extraña simbiosis de sobriedad y audacia de sus líneas, sobre todo una vez que su entorno, la hasta hace poco yerma Potsdamer Platz, ha sido urbanizado –con dudoso gusto, en mi opinión- con motivo de la reunificación alemana y del traslado de la capitalidad de la República. En el interior, pocas cosas han cambiado tras la remodelación a que fue sometida hace unos años: seguramente son sus foyers y sus escaleras laberínticas los elementos que peor han envejecido; al lado, un nuevo bar y una nueva tienda en la que, junto a los consabidos discos y libros, ahora se ponen a la venta innumerables objetos de merchandising de la orquesta residente, desde abrecartas a portafolios, pasando por medallas conmemorativas. Confieso que se me olvidó comprobar si en el pasillo posterior del primer piso ha sido ya colocado el busto de Claudio Abbado, al lado de los de sus ilustres predecesores: seguramente allí estará. Por fin, la sala, ese espacio genial que sigue conservando su más rabiosa modernidad a pesar del tiempo transcurrido, y en la que el sonido llega -húmedo y envolvente- por detrás de las orejas.Lo que sí ha cambiado radicalmente son los habitantes del Zirkus Karajannis. En los años que llevo peregrinando regularmente a Berlín he visto muchas caras nuevas en la orquesta, que durante el mandato de Abbado se ha remodelado y rejuvenecido notablemente, aunque todavía quedan en plantilla algunos instrumentistas de la última época de Karajan: así, al lado de músicos aún adolescentes, tras sus atriles estaban el concertino Toru Yasunaga, el trompista Norbert Hauptmann, o la violinista Madeleine Carruzzo –primera mujer que ingresó en la nómina de la orquesta-, y también uno de los nuevos músicos-fetiche, el flautista suizo Emmanuel Pahud, que si bien formalmente se dedica a su carrera solista y docente, mantiene relaciones ‘free-lance’ con sus antiguos compañeros. De todas formas, el cambio más importante de la temporada –y el atractivo principal de mi visita de este año- es, naturalmente, el nuevo director musical, Sir Simon Rattle, que fue honrado con el puesto –se me antoja el mejor empleo musical asalariado sobre la faz de la tierra- por votación de los miembros de la orquesta hace un par de años, al anunciarse la retirada de Abbado, y que tomó posesión del cargo en el mes de septiembre pasado con una de las más apasionantes ‘quintas’ de Mahler que se haya podido escuchar jamás.Por otra parte, los precios de las localidades han subido de forma desproporcionada, tratándose de uno de los conciertos de abono de la temporada ordinaria de la orquesta (en poco tiempo he pasado de pagar 40 marcos a 40 euros por una localidad en el bloque H –detrás de la orquesta-, es decir, el doble); aunque para dulcificar el impacto los programas de mano son ahora gratuitos, pero también más delgados.Así las cosas, entré en la sala y en un rito que me gusta renovar besé el suelo mientras recitaba para mis adentros Dich teure Halle grüsse ich wieder, y me dispuse, con la misma ilusión de la primera vez, a escuchar y ver cosas nuevas. Y hubo unas cuantas:Para empezar, el estreno mundial de Aus einem Tagebuch de Heiner Goebbels, compositor, director de escena e instrumentista nacido en 1952. Goebbels quiere con esta obra –así se lee en las notas al programa de mano debidas a Stefanie Wördemann- presentar un resumen de su catálogo creativo: su título De un diario, y su subtítulo, Evocaciones breves para orquesta, dejan bien a las claras que esta composición -de algo más de veinte minutos y dividida en cortísimas secuencias que se suceden sin solución de continuidad- no es sino la confrontación del propio autor frente a su obra, que abarca terrenos tan diversos como las bandas sonoras cinematográficas, los ballets, o las composiciones sinfónicas de enorme factura.La plantilla que requiere su ejecución es ciertamente original: madera por triplicado, metal por cuatriplicado, seis contrabajos, arpa, piano, teclado eléctrico para efectos especiales, timbales y percusión variadísima y abundante. Con estos mimbres, Goebbels concibe una especie de ‘variaciones sinfónicas’ sobre temas propios que van desde tonalidades casi conservadoras hasta los más audaces vericuetos de los semitonos, unas y otros servidos con soportes rítmicos muy variados, desde episodios muy lentos hasta otros vertiginosos, en los que se deja percibir la influencia del jazz. Rattle y sus músicos ofrecieron una interpretación de gran virtuosismo (sin ir más lejos, la parte de los contrabajos es de una escritura endiabladamente difícil) y de no menos grande poderío sonoro (trombones a todo vapor), que el autor –a quien Rattle fue a buscar entre el público- agradeció visiblemente emocionado.Brendel-Berlín-Rattle: he aquí una de las combinaciones actuales más atractivas para tocar los conciertos beethovenianos, sobre todo tras el reconocimiento general obtenido por la integral discográfica que ambos músicos grabaron en Viena. Alfred Brendel volvió a demostrar que un pianista serio no tiene porqué ser un pianista aburrido, y que se sabe su Beethoven como muy pocos hoy en día, ofreciendo una lectura enérgica pero sin exageraciones -consciente del momento de transición (Testamento de Heiligenstadt) en que fue compuesto el Concierto en do menor-, con una digitación cristalina y un fraseo grave pero elegante. Rattle le acompañó dando buena muestra de lo que alguna vez he llamado ‘el nuevo Beethoven’, adaptación sinfónica de los descubrimientos editoriales y de las reivindicaciones historicistas: viento sin doblar y cuerda esquilmada (12.10.8.6.4); frases cortas, tempi ligeritos y uso discreto del ‘vibrato’. El resultado, con todas estas premisas y en un ejemplo magistral de lo que debe ser el diálogo entre solista y orquesta, fue un primer tiempo imponente, un largo sereno, y un ‘finale’ brillante, que el público premió con una ovación calurosísima.Ein Heldenleben fue sin ninguna duda una de las especialidades del binomio Karajan-Berlín: todas las virtudes y todos los defectos del maestro salzburgués encontraban su justificación en esta obra, cumbre del poema sinfónico que los filarmónicos berlineses supieron ejecutar a sus órdenes como nunca antes ninguna otra orquesta lo hizo, digan lo que digan en Dresde o en Chicago. Valga, pues, la exageración del flautista Aurèle Nicolet, que proclamó que Karajan sólo dirigía bien Una Vida de Héroe; y valga también, para los aún no creyentes, la tercera grabación que dejaron de la obra en 1985 para gloria de orquesta y director, por los siglos de los siglos. Pues bien, heme aquí cargado con semejante lastre, dispuesto a escuchar qué es capaz de hacer Sir Simon con la orquesta, en la casa, y por el repertorio de Karajan. Vamos por partes:La orquesta –se ha dicho antes- ya no es la misma, y si bien eso no influye en la aplastante potencia sonora ni en la increíble capacidad virtuosística de todos sus músicos, ya sea individualmente o por familias, sin embargo sí se deja apreciar una cierta falta de ensamblaje entre todas las piezas, algo que sólo de forma aproximativa podríamos conceptuar como ‘empaste’ y que los británicos de forma más precisa llaman togetherness, para referirse no a la precisión sino al sonido otrora incomparablemente bien bruñido de esta centuria legendaria. No es cuestión de más o menos ensayos, es sólo cuestión de tiempo: Karajan decía que la Filarmónica de Berlín es como el césped inglés, esto es, hay que regarlo y cortarlo dos veces al día y así durante doscientos años. A Abbado le tocó sembrar nuevo césped pero no pudo completar la obra de jardinería, y ahora esa tarea recae en los hombros de Rattle: a buen seguro Karajan –que debe andar negociando su contrato de por vida con los coros celestiales- se sentirá complacido, pues siempre admiró el tesón, la constancia y la dedicación de Sir Simon durante sus muchos y provechosos años en Birmingham.Rattle, por su parte y en lo que hasta ahora ha demostrado, observa los últimos coletazos del romanticismo musical desde la óptica de la segunda escuela de Viena, y no desde la primera. Por eso no es de extrañar que su Mahler o su Sibelius resulten frescos y novedosos, sin quitarles un ápice de apasionamiento. Pero por la misma razón su Brahms es aún cauteloso, su Bruckner desorientado, y su Strauss tangencial. En otro orden de cosas, hay que reconocer a Rattle un control absoluto de la orquesta y de los planos sonoros, transmitido con un gesto poco variado pero muy claro (en el que no falta esa fea costumbre británica de empuñar la batuta como si fuera un termómetro); un entusiasmo inagotable y mantenido en todos y cada uno de los compases; y sobre todo un enorme poder de convicción capaz de cautivar con la misma fuerza a su orquesta y a su público.Su interpretación de Ein Heldenleben arrancó de forma fulgurante pero un tanto hueca, sin presentar al héroe sino a su torbellino; los oponentes sí resultaron convenientemente caricaturizados –no se olvide que ésta es la parte tonalmente más audaz de la obra-; la visión de Paulina que dio Toru Yasunaga fue algo más que la exhibición virtuosística de un sonido apabullante: fue un recital de buen gusto, de fundición –aquí sí- con sus colegas, y de expresión sonora verdaderamente emocionante; pero esa fue toda la emoción que se dejó escuchar durante la obra: el campo de batalla fue un prodigio de precisión, pero pareció que al héroe le resultaba demasiado fácil librar esa lucha; la hermosísima recapitulación del tema inicial que sigue antes de las obras de paz se quedó muy lejos de la satisfacción afirmativa del héroe que ya se sabe en poder de la razón (¿a santo de qué esos tres golpes de timbal tan secos, cuando sólo deben subrayar lo que tan maravillosamente está exponiendo toda la orquesta?); las dos últimas partes fueron presentadas por Rattle desde su aspecto más contemplativo, consiguiendo unas dinámicas orquestales portentosas, pero olvidando el lado vibrante y de abandono de quien reconoce cumplida su misión.Es decir: sí, pero todavía no, subrayando de forma confiada y convencida el ‘todavía’. Así lo percibí, y así creo que lo sabe Rattle, la orquesta, y el público, que llenó la Philharmonie hasta la bandera, y que volvió a regalar a su nuevo druida una larguísima salva de aplausos, mantenida hasta que Rattle –que dirigió todo el concierto en mangas de camisa (la cosa empezó a las cuatro de la tarde, todo hay que decirlo)- volvió a salir al escenario para agradecerlos, cuando la orquesta ya se había retirado.
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