Italia

Indestructible Bohème

Horacio Castiglione

martes, 25 de marzo de 2003
Cagliari, domingo, 9 de marzo de 2003. Teatro Lírico. La Bohème de Giacomo Puccini. Ópera en cuatro cuadros sobre libreto de Giuseppe Giacosa y Luigi Illica (estreno, 1896). Director de escena: Lorenzo Mariani. Escenografía y vestuario: Willy Orlandi. Vincenzo La Scola (Rodolfo), Natale De Carolis (Schaunard), Domenico Colaianni (Benoit), Andrea Rost (Mimí), Roberto Servile (Marcello), Giovanni Furlanetto (Colline), Ezio Maria Tisi (Alcindoro), Daniela Bruera (Musetta), Giampaolo Ledda (un venditore di prugne), Antonio Balzani (Parpignol), Francesco Cardina (Sergente dei doganieri), Giuliano Pagnani (un doganiere). Orquesta y coro del Teatro Lírico de Cagliari. Maestro del coro: Paolo Vero. Director: Renato Palumbo. Aforo: 1700 localidades. Ocupación 100%
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Hay algunos mitos indestructibles. La Bohème de Puccini es uno de ellos. No cabe la menor duda tras haber asistido a la función de Cagliari, capital de Cerdeña y sede de uno de los más importantes centros operísticos italianos: el Teatro Lírico que hospeda una de las más interesantes temporadas de ópera.Esta Fundación, pese a disponer de una estimable producción propia, ha pensado que, tratándose de un título tan popular y relativamente frecuente en el repertorio cagliaritano, era el caso de ofrecer al público una producción 'nueva'. Entre las muchas disponibles, efectivamente, la procedente de Bolonia, con la escenografía giratoria de William Orlandi y la dirección escénica de Lorenzo Mariani, respondía a los requisitos específicos: fácil transportabilidad de la que, de hecho, es una escena única formada por un grande esqueleto metálico, a mitad de camino entre la arquitectura del acero de Eiffel y los más prosaicos tubos de hierro, léase andamios, que normalmente se utilizan en la remodelación de una cualquier fachada... modernista.Una enorme tela (puede que fondo de un bastidor de teatro) en la que Marcello ahoga uno a uno sus faraones en el pasaje del mar Rojo, el primer acto; pocos efectos luminotécnicos y un piano de cola para el 'cabaret Momus' del segundo cuadro; origen y final de la línea de un tranvía la barrera d’Enfer y ya, en la ultima escena, un cielo torcido y a la Magritte. Todo ello podría haber sido suficiente –a minimalismos mucho más extremos hemos tenido que resignarnos en los últimos tiempos- si al, a su manera, elegante decorado de Orlandi, Mariani hubiese agregado una regia menos convencional, sin los tópicos y los chistes de la más descontada tradición de cartón-piedra. En cambio no se ha renunciado a los payasos, a la nieve cada dos por tres (cuando consabidamente cada dos por tres, a lo sumo, llueve) y a unos vaivenes que respondieron a un ansia de vitalidad fatua y envanecida por la rutina.Sin embargo el público, hambriento de repertorio y de Bohème, se lo tragó todo la mar de contento. También porque la escena fue rescatada por un más que digno nivel musical al que dieron su substancial aporte unos cantantes que ya se pueden considerar especialistas de sus respectivas partes. Ante todos el 'Marcello' de Roberto Servile, con su indiscutible profesionalidad y el irresistible 'Schaunard' de Natale De Carolis, que casi ni han tenido tiempo de cambiarse de ropa al pasar de las funciones del Arcimboldi de Milán a las de Cagliari. Pero el tenor Vincenzo La Scola es también un alabado 'Rodolfo', generoso en el agudo, pasional en el fraseo, totalmente entregado a su personaje, lo que hace pasar a segundo plano el hecho de que algunos agudos suenen abiertos y que en la zona del pasaje se noten, a veces, algunas grietas en la línea del canto. El cuarteto de los bohemios se completó con el 'Colline' de Giovanni Furlanetto, un poco monocorde en su 'Vecchia Zimarra', pero efectivo, musical y bien integrado en el reparto.Una relativa sorpresa la buena 'Mimí' dibujada por la soprano húngara Andrea Rost, que debutaba el rol. Sorpresa por la inteligencia del fraseo, por la dulzura del timbre cuyo brillo, sin embargo, se oscurece un poco en el extremo agudo, cuando por motivos inexplicables, pero debidos seguramente a un fallo en la emisión, la voz tiende a ser estridente y apretada hacia el chillido. Lo que no impidió, de todos modos, a la óptima intérprete realizar una emocionante descripción de la desdichada grisette. Muy bien y sin peros la logradísima 'Musetta' dibujada por la soprano cagliaritana, pero activa sobre todo en los teatros alemanes, Daniela Bruera, que tenía todo lo que conviene a este episódico personaje, que de hecho se 'quema' en su entrada, pero que sin embargo con sus aisladas frases a lo largo de los restantes cuadros tercero y cuarto participa determinantemente en la economía dramatúrgica de la ópera. Por la belleza y frescura del tipo, por la voz que sin tener espacial calidad tímbrica, domina con mucha destreza técnica llegando a sostener con smorzando y sucesivo rinforzo el agudo que concluye su precioso y archiconocido vals, y sobre todo por tener don de tablas y de gentes, llegando enseguida al público y llenando de simpatía sus intervenciones.De la dirección de Renato Palumbo, joven maestro en alza entre los de la 'nueva ola' italiana, hay que decir que fue efectivo y que llevó el coro (como siempre magnífico bajo las ordenes de su mentor Paolo Vero) y la más que loable orquesta cagliaritana a excelentes resultados, sin perder el control del escenario, ni siquiera en la complicadísima concertación del segundo acto. Lo que no convenció del todo fue su óptica, muy discutible y al parecer 'de moda' hoy en día, que lleva a homologar Puccini a Wagner, en este caso especifico La Boheme al Tristan. No parezca esta una provocación, a lo sumo una paradoja: pero la tentación de exagerar las dinámicas y, sobre todo, de dilatar los tempi, es un riesgo en esta ópera, donde como bien recita el libreto, la formula aplicable es la de la brevitá, gran pregio.

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