España - Canarias

Norma de rompe y rasga

Horacio Castiglione

miércoles, 26 de marzo de 2003
Las Palmas de Gran Canaria, sábado, 15 de marzo de 2003. Teatro Cuyas. Norma de Vincenzo Bellini. Ópera en dos actos sobre libreto de Felice Romani. Director de escena, escenografía, vestuario e iluminación: Massimo Gasparon. Georgina Lukacs (Norma), Boiko Svetanov (Pollione), Tea Demurishvili (Adalgisa), Askar Abdrazakov (Oroveso), Estefanía Perdomo (Clotilde), Manuel Ramirez (Flavio). Coro del Festival de la Opera. Maestra del coro: Olga Santana. Orquesta Sinfónica de Las Palmas de Gran Canaria. Director: Miguel Ortega. Aforo: localidades 900, ocupación 100%
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Abandonado el espacioso Auditorium 'Alfredo Kraus' y de vuelta en el acogedor Teatro Cuyás (900 localidades, todas con excelente visibilidad y mejor acústica), la temporada del Festival de Ópera de Las Palmas de Gran Canaria, manifestación que se debe al entusiasmo y entrega de la Asociación de Amigos de la Opera y que ha alcanzado niveles dignos de los más prestigiosos teatros, no sólo nacionales, continua con Norma, indiscutiblemente la obra maestra de Vincenzo Bellini.Poner hoy en día en cartel esta ópera es siempre un reto. Lo ha demostrado también y recientemente el Gran Teatro del Liceo. Esta ópera es harto conocida por parte de todo buen aficionado, y encontrar una diva (¡porque menos no puede ser, ya que su misma aria de entrada ataca con el célebre verso 'Casta Diva'!) para sostener el rol protagonista no es nada fácil, considerando la actual crisis de voces y en particular de sopranos dramáticas con agilidad. En Las Palmas, donde el valor no falta y que a menudo es la sede escogida por muchos intérpretes para debutar roles arriesgados (estamos todos pendientes de los próximos I Puritani con el tenor Juan Diego Flórez, que además en la Isla ha programado debutar también su 'Nemorino'…. ¡Vamos, que ya se empiezan a hacer reservas!) se ha ofrecido la oportunidad a una soprano húngara de conocidos méritos. Georgina Lukacs es una cantante sobradamente conocida (ha cantado La forza del destino de Verdi en la vieja Scala dirigida por Muti y es una cantante que pisa con frecuencia el Met de Nueva York) y de evidentes méritos vocales. Su voz de lírica pura alcanza con facilidad el agudo di forza y tan solo en las temibles frases que tiene 'Norma' en el terceto conclusivo del primer acto 'Trema per te fellon', 'Vanne sí, mi lascia indegno', acusa una cesión al 'hablado' porqué la tesitura, que baja hacia el grave, la pone en comprensible dificultad. Luego la Lukacs despacha unos pianísimos y unos filati impresionantes, y casi siempre 'a sorpresa' a veces hasta exagerados: como resultó el que culminó en la frase 'Son io', cuando 'Norma' se autoacusa ante los Druídas en el dramático final. Una nota filada y sostenida por un fiato inacabable, pero que no pasó de ser una hazaña.Y es que, finalmente, toda su interpretación pareció a menudo fuera del pentagrama, ya por la tendencia a crecer el valor de la nota, con problemas de afinación más evidentes en los dúos con la mezzo, y, sobre todo, su actuación pareció exagerada, desaforada. Exagerando la nota en los acentos dramáticos, con saltos de octava peligrosos inclusive para la integridad de su medio que, en principio es interesantísimo. Como si la señora Georgina hubiese estudiado su papel de las grabaciones de Callas y, me atrevería a suponer, de Gencer: lo que no sería malo, si no pasara -y pasa siempre- que en las imitaciones se suelen copiar los defectos. Defectos que Lukacs, si tiene –y seguramente tendrá- oportunidad de probarse otra vez con el personaje de la sacerdotisa sagrada de los galos, podrá corregir matizando una lectura que tan solo requiere una mayor meditación y control para salir del todo redonda.Redondo, sin embargo, el éxito que le tributó el numeroso público. Y no es de extrañar, porque la mayoría quedó favorablemente impresionado por el caudal de voz que la soprano derrochó sin reservas.Triunfo que alcanzó también el 'Pollione' del tenor búlgaro Boiko Svetanov, de figura que raya lo impresentable (¡en el caso máximo de un héroe romano que viene a ser disputado hasta el extremo de la muerte por dos mujeres que declaran haberse visto rendidas ante sus encantos!) pero de voz impactante. También en este caso no se ahorraron decibelios -y en un teatro chico como el Cuyas hubo momentos que hubieras querido bajar el volumen- con un canto que no bajó nunca del forte ni siquiera cuando el mismo 'Pollione' sugiere a 'Flavio' (el más que discreto tenor Manuel Ramirez) 'Parla sommesso'. Svetanov tiene lo que se dice 'una voz', agudos de una facilidad pasmosa y timbradísimos, pero los sonidos se le abren todos, salvo ahuecarse en la zona central y baja por falta de un correcto apoyo diafragmático. El fraseo es bastante abrupto, pero por regla general conforme a la antipatía que debe generar de este personaje, que es el 'malo' de la película. Salvo encontrar, como por milagro, la justa intensidad en el final, donde se demostró que si este tenor encontrara el correcto camino podría reservar no pocas sorpresas en un mundo lírico tan avaro de tenores.De los dos hermanos rusos Abdrazakov, ambos bajos de timbre pero de figura imponente, Askar es el mayor de edad y el de menor fama: lo que no le impidió trazar un correcto 'Oroveso', musicalmente cuadrado y tan solo afectado por una fonación un poco oscura, lo que va con el personaje tan solo hasta cierto punto. Caso aparte el de la mezzo georgiana Tea Demurishvili, afincada sin embargo en Madrid y llamada a ultima hora para substituir a otra cantante prevista para el rol de 'Adalgisa'. Su reciente Carmen de Sassari (cuya crónica ya ha sido publicada en MC) y su futuro próximo, proyectado hacia roles verdianos, cuales 'Azucena' y 'Ulrica', indican que su camino vocal está orientado hacia otro repertorio. Además confesó que habían pasado más de seis años desde su precedente cruce con este rol, que tiene una tesitura ambigua y casi intercambiable con el de 'Norma' ( a veces se confían los dos roles a sendas sopranos). Lo que comportó unos necesarios 'apaños' musicales, bajar de tono el dúo 'Mira Norma' y allanar las puntature agudas de su particella. Lo que no fue acusado, obviamente, por el público, que generosamente agradeció una actuación más que satisfactoria, como también resultó la de Estefanía Perdomo, puntual 'Clotilde'.Al frente de la Orquesta Sinfónica de Gran Canaria -que es la juvenil si bien con el aporte de algunos elementos 'mayores', de unos cuarenta profesores en total, voluntariosos y a los que conviene alentar por su entrega y por la buena homogeneidad lograda, y del coro del Festival, siempre bajo las órdenes de Olga Santana, que sin embargo sonó menos convincente que en la precedente Tosca- el maestro catalán Miguel Ortega se ha confirmado un elemento a tener muy en cuenta, también y sobre todo en situaciones extremas, cuando lo más importante es conducir a salvo la nave en el puerto, logrando, como se dice en Italia, la cuadratura del círculo. Pulso decidido, batuta segura y eficaz, su dirección no estuvo exenta de matices -que ya se pudieron apreciar el pasado mes de enero dirigiendo el mismo título frente a la orquesta del Liceo- y de una personal y sugestiva visión de la ópera de Bellini, con una atención especial y cuidadísima hacia el escenario. ¡Bravo por él!Por ultimo la producción de Massimo Gasparon, director de escena discípulo y ayudante de Pier Luigi Pizzi. Sus puestas en escena traicionan, como es lógico, esta matriz que es, sin duda alguna, de alto nivel. Además este espectáculo apoyó todo sobre sus espaldas: el decorado, prácticamente fijo: una escalinata un tanto revisteril al estar formada por espejos y una serie de columnas autodeslizantes, el vestuario, de buen ver, la iluminación suficientemente consecuente. Es de suponer que su adquisición, respondiendo al criterio de 'compras cuatro y pagas uno', debió resultar favorable económicamente, lo que es de tener en debida cuenta, sobre todo cuando la gestión económica es casi del todo privada. Sin embargo sus intentos de focalizar en una visión neoclásica la ópera, degeneraron en una generalidad excesiva, ya que este espectáculo podría venir bien a cualquier ópera neoclásica, barroca, y con un poco de suerte, romántica o 'de peplos'.Hubo pecados, algunos veniales (que 'Norma', con todo lo que lo que le acaece a lo largo de un solo día, tenga tiempo de cambiarse cuatro veces de traje, bisutería incluida, pareció excesivo) y otros más graves (abandonar a los dos imprevisibles niños, supuestos hijos de 'Pollione' y de 'Norma', en un rincón, mientras la madre y 'Adalgisa' cantan su largo dúo, supuso que los dos párvulos, descontrolados, hicieran de todo y más...).Dejemos de un lado las vestimentas de los sacerdotes, largas y con cola: lo que les obligó a cuidar más las bajadas y subidas continuas de la escalinata, por miedo a tropezar, que la entonación, donde efectivamente tropezaron, y la de las vírgenes druídicas, todas de blanco incluyendo un velo al cuello, que en un primer momento hizo pensar que todas tuvieran problemas en las vértebras cervicales y llevasen, en realidad, un collar ortopédico, por terminar diciendo que el público de Las Palmas, esa noche al menos, estaba de buen humor y salió feliz y contento del teatro. Lo que, en ultimo análisis, supera y vence cualquier juicio crítico.

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