España - Murcia

Un lujo viejo y algo desconchado

Maruxa Baliñas
lunes, 14 de abril de 2003
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Murcia, viernes, 11 de abril de 2003. Salón de baile del Casino. B. Kutavicius, Variaciones 'Dzükiskos'; W. A. Mozart, Concierto para violín y orquesta nº 3 en sol mayor Kv 216; R. Schumann, Cantata española; B. Britten, Simple Symphony. Wilhelmas Cepinskis, violín. Orquesta de Cámara de la Escuela de Música de Kaunas (Lituania). Jonas Janulevicius, director. XXII Festival Internacional de Orquestas Jóvenes de Murcia FIOJ 2003. Aforo: unas 130 plazas. Asistencia: lleno.
0,0001621 Pocas veces coincide tan bien el local del concierto con la orquesta que en ella toca. Pero en este caso fue así: un salón del Casino, realmente grandioso en su eclecticismo demodé, y una orquesta también algo anticuada, sobre todo en comparación con el sonido modernísimo de la Sinfónica Junior de Amberes, que le había precedido la noche anterior (y que por cierto actuaba en un Auditorio reciente y algo aséptico, como ellos mismos). Incluso la asistencia del embajador de Lituania en España resultaba -al tiempo que entrañable y una muestra de respeto- algo 'fuera de moda'. En fin, una orquesta muy distinta a la de Amberes, procedente de otra tradición interpretativa, con un sonido fácilmente asociable al de las grabaciones históricas, pero una calidad totalmente comparable.La primera obra del programa fue la única que se salió de la tónica, y tampoco totalmente. Se trataba de una obra relativamente contemporánea (1975), con cinta pregrabada que se alterna con el sonido de la orquesta convencional, que es un recurso que ha envejecido mucho, a pesar de su efectividad. Las Variaciones 'Dzükiskos' de Bronius Kutavicius (1932), uno de los principales compositores lituanos de la actualidad, se escribieron en homenaje a un pintor y músico de la 'Belle Époque', M. Ciurliones (1875-1911) que compuso un arreglo coral sobre la canción popular Dzükiskos. Basándose en una grabación tradicional de la canción para comenzar, y en la armonización a 4 voces de Ciurliones para terminar, Kutavicius compone una serie de siete variaciones para orquesta de cámara que desarrollan las principales células de la canción con todas las distorsiones rítmicas, tímbricas, melódicas y temporales propias de la música de la época, con ocasionales recuerdos del tema original. Los recursos tímbricos no son muy elaborados -principalmente afectan a los ataques de arcos y ocasionalmente un piano tocado directamente en la caja del piano- pero la obra funciona bien y sirve perfectamente a su objetivo: conmemorar el centenario de Ciurlionis.Le siguió el Concierto para violín y orquesta nº 3 en sol mayor Kv 216 de Mozart, con Wilhelmas Cepinskis como solista. A priori lo más interesante del concierto, porque Cepinskis es considerado en la actualidad como uno de los principales violinistas lituanos y había venido motu propio para los dos primeros conciertos de la Orquesta de Cámara de la Escuela de Música de Kaunas, fundada por su padre y profesor. Es un violinista espléndido -ágil, ligero, de afinación impecable, con un arco muy bien llevado y un fraseo amplio- pero también una sorpresa, porque su estilo resulta anticuado en un violinista tan joven: el ataque algo áspero, el arco nervioso, los pasajes líricos algo engolados, los vibrati espléndidos, etc.Desgraciadamente el acompañamiento que recibió no le hacía justicia. Las pocas intervenciones de los metales resultaron fallidas, ya no sólo por los intérpretes, sino incluso por la escasa calidad de los instrumentos, sobre todo las trompas. Las cuerdas también resultaban ásperas y algo viejas de sonido, pero con un buen fraseo, especialmente cuando seguían directamente a Cepinskis o recogían sus temas.A esta interpretación no muy lograda por parte de la orquesta se añadió el principal problema del concierto, y en menor medida de otros conciertos del Festival: el continuo ruido en la sala, gente entrando y saliendo, movimiento de sillas, objetos que caen, etc., que no contribuían a la concentración de la orquesta.La tercera obra del programa, la Cantata española, era una adaptación para orquesta de cuerdas de los Spanisches Liederspiel opus 74 de Schumann (1849) realizada por F. Hermann, con un carácter claramente posromántico y sólo algunos toques modernos, especialmente en el final de la Cantata donde juega con una disonancia controlada y una cierta aspereza en los ataques y la dinámica. La adaptación musical es interesante, con un carácter marcadamente apasionado y unos juegos tímbricos bien realizados. Al ser una obra sólo para cuerdas, el rendimiento de la orquesta es bastante mejor: mayor vuelo de los arcos, buena reproducción de los ritmos supuestamente 'españoles', mucha pasión romántica y una afinación impecable, como en todo el recital. A destacar también los solos confiados al concertino, un violinista muy capaz también.Para terminar la Simple Symphony, una obra muy habitual en las orquestas juveniles (y por lo visto una de las más escuchadas a lo largo de las 22 ediciones de este Festival), que fue -junto con las Variaciones- lo mejor del concierto. La 'Bourré' inicial resultó un poco descuidada, el 'Pizzicato' bien trabajado pero escaso en las cuerdas graves (eran pocos en comparación con los violines), el 'Frolicsome Finale' más dramático que juguetón o jocoso, pero una 'Saraband' por la que mereció la pena toda la obra, sentimental, emocionante, conmovedora.Y sin embargo los 'bravos' no fueron para esta obra, o para Cepinskis, sino para la 'propina' que concedieron al final los músicos de Kaunas: el 'Preludio' de Agua, azucarillos y aguardiente, incluyendo la entusiasta intervención vocal en el pregón de "Agua, azucarillos, aguardiente", que conquistó definitivamente a un público que ya había volcado sus simpatías en esta orquesta y en este salón del Casino.
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