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El barroco en su estado puro: Alcina

Trebor

miércoles, 16 de abril de 2003
Bilbao, viernes, 21 de febrero de 2003. Palacio Euskalduna. 'Alcina', Dramma per musica en tres actos (1735) de Georg Frideric Händel sobre libreto anónimo adaptado del libreto 'L'isola d'Alcina' de Riccardo Broschi, basado en el 'Orlando furioso' de Ludovico Ariosto. David McVicar, director. A. Chieriquetti (Alcina), J. Larmore (Ruggiero), S. Fulgoni (Bradamante), Mª José Moreno (Morgana), Luis Dámaso (Oronte), T. Davidova (Oberto), A. Echeverria (Melisso). Orquesta Les Talens Lyriques, Coro de la Opera de Bilbao. C. Rousset, director. Producción de la ENO, 2000. Temporada de la ABAO. Ocupación: 99 %
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Cierto es que uno siente debilidad por la ópera barroca, pero también es cierto que a veces se producen verdaderos fiascos, como el Julio Cesare del mismo compositor que vimos en el Real en fecha reciente. ¿Qué es lo que convierte una ópera del s. XVIII en algo atractivo? O mejor dicho, ¿que las continuas arias da capo no nos cansen ni nos aburran? Después de ver ambas producciones yo diría que, cantantes aparte, que en las dos fueron de altísimo nivel, son las controvertidas puestas en escena. Con la propuesta de McVicar, reinó la elegancia dentro de un solo decorado, un modulo que podía ser la entrada de un palacio renacentista, un arco de triunfo. En fin, algo que evocara la simetría, la belleza, y, a la vez, con toques barrocos representados con todas las coreografías de los espíritus de Alcina, diez bailarines que acompañaban los distintos momentos en que la trama se volvía un tanto estática. Juegos de luces y efectos de desolación, como una delicada nevada en el escenario, pusieron el toque de magia de esta isla encantada donde se desarrolla la acción.Otro punto enriquecedor del montaje fue el vestuario, situado en la opulencia del s. XVIII con ligeros guiños a otras épocas en el caso de bailarines y ‘Melisso’. Todo este revestimiento como un pequeño homenaje al compositor, que presidió con su busto y su música toda la representación, no habría sido suficiente para salvar esta ópera. El plato fuerte fueron los cantantes, sus voces y su interpretación. De cada uno de los solistas podríamos extendernos mucho en sus virtudes, pero quede constancia de la credibilidad escénica de sus personajes a pesar del travestismo impuesto por la época. A. Chierichetti nos deleitó con una ‘Alcina’ delicada, amorosa, con unos recursos canoros impresionantes dentro de una corrección estilística situándonos al borde del llanto con su "Ah mio cor, schernito sei".¿Qué decir a estas alturas de J. Larmore? Nos dejó nuevamente con la boca abierta por su facilidad escandalosa para la coloratura en cualquiera de las arias de bravura de su personaje ‘Ruggiero’, a la vez jugando con los diferentes colores de su voz para dar mayor expresividad al texto cantado, como en "Verdi prati". El ‘Bradamante’ de S. Fulgoni quedó un poco apagado por la comparación que, sin querer, se manifestaba en el escenario con su colega de registro vocal, la Larmore. Pero siendo justos, es una voz de calidad, con un timbre un poco más oscuro, unas coloraturas un poco más pesantes pero con un fiato impresionante, como demostró en su aria "vorrei vendicarmi" donde casi nos ahogaba con tanta nota sin necesidad de respirar.La ligereza, la belleza tímbrica, la seguridad de emisión de cada uno de los agudos hacen de Mª José Moreno una de las sopranos ligeras con más porvenir del panorama lírico de nuestro país. Su ‘Morgana’ tuvo la gracia, picardía y encaprichamiento enamoradizo que requiere el personaje, y su aria "Tornami a vagheggiar" de final del primer acto fue toda una lección de bel canto virtuoso a lo barroco. El resto de los comprimarios estuvo a la misma altura de calidad, teniendo en cuenta la dictadura y el sentido clasista que regía en esta época con los personajes más secundarios al otorgarles menos arias, y no tan brillantes, algunas de las cuales incluso se cortaron en este montaje.El último ingrediente que hizo de esta producción algo memorable fue la orquesta y la batuta. Un verdadero privilegio y acierto escoger a Les Talens Lyriques y a su director, el clavista C. Rousset. Ofrecieron el rigor de estilo, pero a la vez una lectura fresca, viva de esta música, a veces tan acartonada y llena de tópicos. Jugando con los timbres, las dinámicas, los instrumentos no sólo acompañaban sino cantaban con los personajes, el bajo continuo interpretado por el mismo director era otra manera de escuchar lo que las palabras decían. Un espectáculo en el que todo funcionó perfectamente, un puzzle a la barroca, lleno de elegancia, belleza y, sobre todo, buena música interpretada con criterio y efectivos de sobresaliente.

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