Todos sabíamos que Nabucco tuvo un nombre oficial más largo y acorde con el nombre del conocido rey. También que una vez ‘acortado’ y ‘familiarizado’ como Nabucco (dos años después del estreno absoluto, para su presentación en Corfú) nunca se volvió a utilizar el otro. Pero como estamos en la época de la filología y la hipercorrección en todos los terrenos, ahora se llama así (y por lo que he visto también se lo anuncia de la misma forma en el próximo Festival Verdi de Parma). Pero en el teatro no he oído una sola persona que lo llamase así, de modo que…
Aparte de ese detalle, que creo que merece mencionarse, en las dos funciones que vi se trató probablemente de la mejor versión en vivo que he presenciado hasta ahora. No ciertamente por la puesta en escena nueva (¿por qué alguna vez no se usará alguna de las ya existentes, mejores o peores?).
En realidad tuve suerte el primer día [29 de mayo] ya que una huelga bastante importante (como para que tuviera que ir andando a la Scala por carecer de medio de transporte público y ante la imposibilidad total de encontrar un taxi) una parte de los trabajadores del Teatro se adhirió al paro y vi una versión, digamos, reducida, ‘sólo’ con unos horribles decorados y unos trajes muy ‘rumbosos’ (Abigaille creo que llevó cinco, si incluyo el ballet), sin mucho efecto especial y sin demasiado plato volador (el templo de Jehová). La marcación del coro fue de terror.
De los dos pueblos enemigos, el dolor y el furor de los hebreos fue exagerado desde el vamos con movimientos de espanto y violencia exagerados (los que quieren linchar a Ismaele ante su traición me parece que se divirtieron lo suyo). Los babilonios, fanfarrones más que el ‘miles’ de Plauto, se reían, empujaban, manoteaban (cuando vejan a Nabucodonosor -ya está escrito- en el tercer acto el resultado era realmente de carcajada).
La forma de morir de Abigail no tiene desperdicio: no sé qué veneno ha bebido (el rey lo dice claramente ‘se le turbó la memento y tomó un veneno’) para empezar echando humo como una vieja locomotora y luego incendiarse: muy bonito efecto (los turistas y no turistas aprovechaban para hacer fotos supuestamente prohibidas). A Zaccaria lo ciegan después del primer acto, no se sabe si para explicar su don profético (pero el coro habla de su mirada en el tercer acto). Fenena es calva del inicio al fin, y no sé si es por un castigo como el de Sansón (por eso será que no tiene fuerza y todo el tiempo están por matarla, hereje o hebrea).
Por suerte, tanto Michele Pertusi como Veronica Simeoni (la única que cantó el mismo papel en la penúltima reposición) son excelentes cantantes y actores y convirtieron la tontería en algo positivo. Y por ellos empezaré. Pertusi ciertamente empieza a mostrar signos de veteranía, pero su forma de cantar, su fraseo, su articulación excepcional y su forma de ‘saber estar’ lo hacen un intérprete excepcional incluso cuando un momento (esa aria inicial terrible seguida de una cabaletta doble igual de difícil) en teoría debería sobrepasarlo. Y en cambio resulta el aplauso más cerrado de la noche (ese día, no sé si por la huelga, el público de la Scala, al menos en su variante autóctona, estaba embravecido y los ‘bravos’ menudeaban).
Simeoni, además de cantar una parte -más aguda- en el primer concertante, dio la prueba de que no hay papeles incómodos o pequeños: su Fenena fue intensa en la mirada y en el gesto (y por suerte apareció mucho) y todas sus intervenciones, por pequeñas que fueran, estuvieron dotadas de sentido. Su aria del acto final fue muy buena, pese al ridículo rito de ejecución que parecía oscilar entre las carmelitas de Poulenc y los judíos de los campos de concentración, eso sí abatidos por láser).
Otro que tuvo un papel ingrato y que aprovechó plenamente fue Francesco Meli en Ismaele al que prestó la belleza de su timbre y su canto sfogato.
Simon Lim, que ha hecho muchas veces muy bien el de veras ingrato Gran Sacerdote de Belo y lo repitió, tuvo la suerte de sustituir a Pertusi en la segunda función que vi, y lo hizo espléndidamente en lo vocal y con mucho hieratismo en lo escénico. Su gran sacerdote pasó al excelente Yoncheng Dong. Bien también Abdallo (Guo) y Anna (Peresivana, a la que Verdi sólo le reservó agudos en los concertantes).
Nabucco fue Luca Salsi en una magnífica interpretación (tal vez su obsesión por dar sentido a cada palabra alguna vez le hizo quebrar la línea de canto), pero su canto fue generoso y sin problemas.
No fue, porque seguramente la edad no perdona, el caso de Dimitri Platanias, de quien guardaba yo un buen recuerdo de hace años como barítono verdiano. El timbre está, pero la voz parece tener una sola dimensión, la emisión es siempre estentórea, y algún agudo (en la cabaletta de su aria) le creó un problema (que le fue censurado por alguna persona poco generosa, pero que en los aplausos finales no se repitió). La interpretación y el fraseo fueron genéricos, pero dentro de la tradición.
Obviamente la ‘star’ era Netrebko, quien justamente había cancelado la función anterior a la mía por haberse ido a dar una vuelta y haberse encontrado con un problema de tráfico al intentar volver. Como la gente había protestado a voz en cuello en la primera función estuvo más prudente que lo que suele y, curiosamente, su tendencia a exagerar los graves y en consecuencia perder a veces la afinación en el agudo fue más visible. Pero en la segunda función que le vi (y era su última aparición) fue la gran soprano de siempre, con su capacidad de filar agudos intacta, su canto a plena voz con total homogeneidad, y su vitalidad arrolladora en plena forma, lo que convirtió el ballet en un festival Netrebko (menos mal, porque la coreografía de esta ‘Semíramis’ era espantosa de puro ridícula).
Y aprovechemos para decir que Chailly, que se desvive siempre por encontrar algún detalle nuevo en el título que dirige (este era el último que concertaba todavía como director musical de la Scala), hizo ejecutar lo que se ha editado de un ballet que Verdi escribió en 1848 para la presentación en Bruselas, como hacía falta para una ‘gran ópera’ para colmo en traducción. Como en otros casos, Verdi escribe bien, pero al parecer sin demasiadas ganas, y si está bien conocer la música, tres o cuatro fragmentos es lo que se ha encontrado, no sé si en el futuro esto tendrá sentido porque la acción se detiene y además no sé cuántas sopranos pueden estar dispuestas a (y ser capaces de) bailar como Netrebko. Sus saltos de octava fueron sensacionales, pero donde más me convenció como intérprete (pese a algunas burlas que le han marcado o algún momento de manos en las caderas y marcha con aire hollywoodiano de Cecil B. de Mille en la época de blanco y negro) fue en el gran dúo con Nabucco y en su solo final.
La recepción a Chailly fue extraordinaria. Los ‘bravo Maestro’ se repetían, y con razón. No sólo la orquesta tocó inmejorablemente, y no sólo la concertación fue óptima. Hay que ver sólo cómo atacaron las cuerdas la introducción a ‘Come notte’ (la cabaletta de Zaccaria en el primer acto) para darse una idea de la intensidad dramática sin que nunca hubiera ruido o una dinámica exagerada (no se perdió una palabra de nadie). Una actuación/dirección para la historia (¡era la primera vez que dirigía este título!).
Lo único de lamentar es que, además de agradecer los aplausos a cada entrada siguiera insistiendo en no saludar solo y se mantuviera impertérrito en su negativa a conceder un bis. Y esta vez no se lo pedían los admiradores de un artista. Había por lo menos medio teatro aplaudiendo sin parar y pidiendo bis después del coro de los esclavos (que por suerte no se pusieron a hacer muecas ni movimientos absurdos) que no sólo fue un momento memorable del coro del Teatro, sino que se siente -seguramente más aquí que en cualquier otro lado- que esa música sigue representando valores, un pueblo, y que es mucho más que un magnífico coro de ópera: ‘Va, pensiero’ es un coro de derrota, de nostalgia por lo perdido, y de procurar sacar fuerzas de flaqueza y tener coraje para soportar el mal momento.
Se sigue entiendo lo que habrá provocado esto entre sus primeros espectadores si la gente hoy se sigue conmoviendo (Chailly debió haber oído que en los ‘bravos’ no había sólo admiración, había voces quebradas por la emoción) y esa larga ‘u’ final de ‘virtù’ que resonó en perfecto silencio cuando incluso la orquesta había terminado es uno de esos momentos para atesorar … y compartir.
El coro, por supuesto, no estuvo sólo soberbio en ese fragmento, sino que desde el inicio (‘Gli arredi festivi’) dio ejemplo de lo que debe ser un gran coro. Gracias a él (ellos y ellas), y al maestro preparador, Alberto Malazzi. No sólo interpretaron fantásticamente a Verdi y le hicieron el mejor de los homenajes posibles; por esos pocos minutos así interpretados uno entiende por qué Italia ha sido y tal vez siga siendo un país especial.
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