El Espía de Mahler

65. Sosteniendo

Jordi Cos

martes, 24 de junio de 2003
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Así llego hoy: sostengo que un concierto no comienza cuando el sonido ordenado se adueña de la escena sino antes, en el preciso instante en que el oyente pone sus pies en el auditorio. La música debe ser el clímax necesario de una experiencia que se inicia en los pasillos de los teatros, y cuyo objetivo final debe ser el mismo que perseguía Kafka en la literatura: la música como hacha que “resquebraje el mar congelado dentro de nosotros mismos”.Desde que el público llega a la sala hasta que fija su atención en el gesto del director abriendo la caja de notas con la llave de la batuta, existe un tiempo vacío -y muy breve, porque casi todos llegan a última hora, pues hoy se vive, y hasta se muere, apresuradamente- que es preciso llenar con estallidos de sugerencias que afilen el hacha que reclamaba Kafka. Tenemos los medios, muy infrautilizados aún en la música sinfónica: la luz, la imagen y, por supuesto, la palabra, que gobierna los programas de mano cuyo contenido, dicho sea de paso, resulta urgente renovar.Porque un concierto no es un congreso de eruditos, ni tampoco un museo de “opus” y fechas, sostengo que en los momentos previos a la música debemos manejar las palabras justas con el fin de persuadir al público de que está a punto de asistir a un acontecimiento irrepetible que enriquecerá sus vidas. Un ejemplo muy modesto acompañado de un ligero automasaje: en mi orquesta, la Sinfónica del Vallés, nuestras guías de ruta contienen una sección, Música de Palabras, compuesta por una narración breve inventada por los más expertos en el manejo de las palabras, los escritores, que se inspira en alguna de las obras del programa. Con ello perseguimos convertir a la música en la matriz de una creación literaria inédita, en un espacio donde artistas del pasado inspiran la cultura del presente. Si a alguien se le ocurre seguir por la misma senda, sepa que andará sobre nuestros pasos. Es más, le animo a hacerlo.Sostengo que las orquestas deberían renovar su organigrama, separando las funciones de director artístico de las de director titular, como es común en los teatros de ópera, además de incorporar una figura muy habitual hoy en día en muchas empresas, la del ‘Creativo' (admito que no me gusta el nombre, pero no he hallado otro; en la plantilla de una orquesta no hay sólo un creativo, hay muchos): una persona dedicada exclusivamente a inventar y desarrollar fórmulas que faciliten una profunda involucración del público en los programas ideados por el director artístico. Un inventor, en fin, de marcos para los cuadros sinfónicos.La Orquesta Nacional de España está de suerte, Josep Pons reúne los tres perfiles en su persona -incluso me atrevo a decir que el músico catalán pasará a la historia de la música de este país más como ideólogo de una nueva manera de entender el hecho del concierto que como maestro de batuta- pero el resto de orquestas sinfónicas sólo tienen directores titulares con una estremecedora falta de ideas nuevas que asusta. Por lo que resulta más imperiosa la necesidad de desvincular la figura del director artístico de la de director titular.Pons es la excepción. Su proyecto es el más ilusionante del panorama artístico español en muchos años, pero, ¡ay!, he descubierto en él una pequeña fisura que, si no se repara, con el tiempo puede convertirse en una grieta que corrompa las paredes maestras del edificio. En una entrevista concedida al suplemento cultural del El Mundo, Pons declaraba que “el sistema debe estar apoyado en la cultura y no en el entretenimiento”. Tengo muchas dudas acerca de la separación de ambos conceptos. ¿Quiere decir con esto que la cultura no es entretenida? A mi parecer, es ese divorcio lo que mantiene a mucha gente alejada de los auditorios; a saber, la música clásica mal entendida como una especialidad reservada sólo para cerebros privilegiados que es preciso escuchar con el codo apoyado en el respaldo de la butaca, el dedo índice en la sien y el gesto serio, si no adusto. La cultura como escuela de pedantería.Por desgracia, la vulgaridad más zafia se ha adueñado de la palabras ‘ocio' y ‘entrenimiento', no hacen falta muchas luces para darse cuenta de ello, basta con encender el televisor. Sostengo que la cultura,-y dentro de ella, la música-debe recuperar su dominio. Mas insistir en separar ambos términos no sólo no ayuda en las tareas de rescate, sino que incluso ahonda la profundidad del abismo que hoy nos separa de los muchos públicos que no han puesto jamás los pies, ni piensan ponerlos, en una sala de conciertos. Ese ‘¡ay!' en el concepto de Pons ya era detectable en su nueva propuesta antes de leer la entrevista… búsquenlo ustedes, yo ya he sostenido más de lo necesario. Aquí me voy.

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