El Espía de Mahler

66. Los cómplices del tedio

Jordi Cos

martes, 8 de julio de 2003
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El tedio aguarda al acecho para saltar sobre ti en cualquier rincón oscuro de la música que amamos: entre los plieges de partituras desprovistas de alma, en la ausencia de fraseo ordenada por un director sin talento o, más común, en los programas rutinarios de las entidades culturales más reticentes al cambio, las orquestas, caldos de cultivo de este fastidio que dotado de la habilidad de una enfermedad vírica suele apoderarse a menudo con sigilo y buenas maneras de tu cuerpo. Como miembro de una sinfónica, descubrí que soy cómplice de sus fechorías tras leer en el suplemento cultural del diario El País una crónica de J. A. Vela del Campo acerca de Wolf, espectáculo estrenado recientemente en la Trienal del Ruhr, laboratorio artístico donde un visionario, Gerard Mortier, experimenta con una música –la clásica, se entiende- a cuyo contexto le ha abandonado el desodorante.Según Vela del Campo, Wolf es “una nueva mirada sobre la música de Mozart combinando canto, danza, medios audiovisuales y circo, con la inquietante presencia de una troupe de 15 perros” ¡Guau! y valga por la redundancia. La madre de la idea, Mortier ejerce de padre, es el coreógrafo Alain Platel, que ha justificado con tierna ingenuidad la presencia canina en el reparto: “Un poco idiota quizá, pero aporta algo diferente”. Tras tomarle el pulso intelectual a estas palabras, alguien con mala fe podría concluir que la aportación a lo diferente de Patel se sustenta en una leve deficiencia psíquica. Sin embargo, a medida que se conocen más detalles del montaje, crece la sensación de hallarnos ante una propuesta más cercana al (in)genio, en todas las acepciones de ambos términos contenidas en el diccionario, que a la oligofrenia.Les relato. La terapia de choque ideada por Platel con el fin de impedir que las garras del tedio destripen la obra de Mozart tiene lugar en una galería comercial cerrada, con pintadas en sus muros, en la que no faltan las tiendas “C&A” y hasta un karaoke, y donde se suceden “a ritmo trepidante” escenas capaces de derribar de un soplo el muro de indiferencia levantado por el espectador más sumiso: Mozart de niño, disfrazado de Mickey Mouse, buscando a su mamá a través del micro; un bailarín negro, de nuevo Mozart, con tutu y libélula; un mendigo apaleado a quien consuelan los perros, uno de los cuales participará más tarde en la coreografía sumergido hasta el fondo del escote de una bailarina; la quema de banderas de Israel y Estados Unidos como alegato contra los nacionalismos. Todo ello, y mucho más, interpretado por versátiles bailarines acrobáticos y cantantes sin renombre pero con futuro, que circulan por la escena con el motor de la música de Mozart, arreglada y dirigida por Sylvain Cambreling, a la que hay que sumar una evocacion del himno La internacional y un tema de Celine Dion.Intuyo que más de un lector habrá torcido el gesto mientras leía el párrafo anterior, yo mismo lo he hecho mientras apuntaba la escena de la quema de banderas, (considero que la obligación de un artista es hallar maneras más sugerentes de oponerse a los nacionalismos exacerbados que las que utilizaría, precisamente, un nacionalista fanático) Mas no sería decente sacar conclusiones apresuradas de un espectáculo tan desacomplejado sin antes echarle los ojos y los oídos encima; algo, por cierto, imposible si viven en España o Latinoamérica, pues nadie ha previsto su aterrizaje por esas tierras. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?...(Imagínense que la pregunta resuena en su cabeza aun después de que este artículo se consuma)En cualquier caso, si estamos de acuerdo en que el marco de la música clásica desprende un olor sospechosamente parecido al de un cadáver descompuesto, resulta lógico concluir que romperlo a martillazos de (in)genio constituya la solución más rápida y eficaz antes de que la podredumbre afecte al contenido.Es cierto que Wolf promete ser un espectáculo más alucinógeno que alucinante pues el mismo Mortier ha confesado que su intención al producirlo era “inyectar éxtasis en los Mozartkugeln”, deliciosas bolas de chocolate originarias de Salzburgo, pero intuyo que también representa una oportunidad, que no deberíamos desperdiciar, de contemplar la obra de Mozart desde una perspectiva diferente, al invitarnos a penetrar en ella por la ventana en lugar de por donde solemos, la puerta principal, donde el tedio, conocedor de las costumbres fijas de los melómanos, aguarda en la sombra para darles caza con la complicidad de sujetos disfrazados de camareros al servicio de los restaurantes estrellados por la Guía Michelin. Entre ellos, muy a su pesar, quien esto firma. Mil perdones.

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