Irlanda

La típica confusión entre tocar y jugar

Maruxa Baliñas

martes, 8 de abril de 2003
Limerick, domingo, 7 de diciembre de 2003. University Concert Hall. Elaine Agnew, ‘Strings A-Stray’; J. S. Bach, Concierto para violin nº 1 en la menor BWV 1041, Concierto para violín nº 2 en mi mayor BWV 1042, Concierto para dos violines en re mayor BWV 1043 y Concierto para violín y oboe en re menor BWV 1060. Nigel Kennedy, violín y dirección. Fionnuala Hunt, violín y dirección. Aisling Casey, oboe. Irish Chamber Orchestra.
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Cuando uno estudia ingles tiene que aprender que play significa jugar, pero también tocar un instrumento musical, y que no hay que confundir ambas acepciones. Como Nigel Kennedy y la Irish Chamber Orchestra son angloparlantes, nadie les explicó tal cosa, y claro, se lían. Pero como el público presente en la sala era también mayoritariamente irlandés, pues le dio lo mismo. Mejor dicho, estaba completamente feliz, riendo a carcajadas de cada una de las bromas de Nigel Kennedy, y fueron muchas. Así tendrían que ser todos los cumpleaños (el concierto se celebraba para conmemorar los diez años de Mary Robinson como gerente de la orquesta), con mucha gente -las entradas se agotaron días antes-, mucha diversión y un estupendo payaso o animador, papel que por supuesto se reservó Kennedy.Sobre la pieza de E. Agnew que abrió el programa, sólo comentar que es muy efectiva, como la mayoría de la música que se está componiendo actualmente tanto en UK como en Irlanda y EEUU. No es demasiado original pero tiene tanto oficio que los resultados son incluso mejores de lo que la obra en sí merece. Se basa en esquemas repetitivos y ritmos de danza que el público identifica rápidamente, lo que hace que la audición, incluso la primera vez que se oye, resulte fácil y accesible; además no tiene partes ‘muertas’ y el interés o dramatismo de la pieza no decae ni siquiera en las partes más lentas. Resulta una buena introducción al resto del programa -en teoría sólo Bach aunque Kennedy añadiera después otras obras- porque Agnew pretende homenajear al barroco y utiliza algunos recursos sonoros puramente dieciochescos, como los crescendi por añadido de instrumentos (y no por aumento de la intensidad).Además la interpretación fue animada y ligera, porque la Irish Chamber Orchestra conoce muy bien la pieza, entre otras cosas porque Strings A-Stray es un encargo suyo de 1994 y ha dado nombre al segundo de sus discos, el dedicado en 1998 a los autores irlandeses más recientes.Pero el grueso del concierto era Bach y su música concertante para violín, incluyendo la reconstrucción para violín y oboe del BWV 1060 (del cual sólo se conserva el manuscrito para dos claves y orquesta). La versión que Kennedy presentó de esta música resultó fascinante, siempre seductora pero con momentos claramente desazonadores. Resultaba desagradable, -en ocasiones, como el Concierto para dos violines, casi violento,- que el público aplaudiera entre cada movimiento de los Conciertos, y fue Kennedy quien pidió muy gráficamente los aplausos al terminar el ‘Allegro’ del Concierto nº 1 para violín BWV 1041 y siguió esperándolos tras cada movimiento.También resultaba dual –me encanta, es horrible- la sensación producida por los tempi de los movimientos rápidos, que bordeaban lo acrobático aunque la orquesta los siguiera bien, el continuo movimiento de Kennedy por toda la zona central del escenario (puesto que hacía las funciones de solista y director ocupó ampliamente el espacio de ambos), y sobre todo el aspecto claramente rockero de todo el ‘espectáculo’ (no se le podría llamar ‘concierto’ a esto): el look personal de Kennedy (cresta en la cabeza, pañuelo palestino como cinturón, chaleco de fantasía, chaqueta de media manga sobre camisa ‘estilo rústico’ de manga larga, etc.) y sus extraños gestos, las continuas interrelaciones con el público, incluyendo salir a tocar una de las propinas moviéndose entre las butacas, y los chistes y comentarios que salpicaban los espacios intermedios entre pieza y pieza (y a veces entre movimientos).La interpretación tenía tan poco de eso que se llama ‘estilo barroco’ como de la tradición ‘romántica’ de Bach que crean los grandes violinistas de la Belle Époque, incluido el propio Menuhin. Y no es que Kennedy no pueda, es evidente que conoce perfectamente los códigos, el estilo correcto, y cuando quiere lo hace; pero está embarcado en la búsqueda de un estilo personal que lo lleva muy lejos de las tradiciones recibidas y donde cada elemento está siendo sometido a experimentación.La Irish Chamber Orchestra se defendió muy bien. No es una orquesta amplia pero tiene buen sonido, toca con ilusión y es capaz de adaptarse a un solista tan temperamental como Kennedy. Sólo en el comienzo del Concierto nº 2 BWV 1042 se notó un cierto desajuste que se corrigió rápidamente, y que quedó más que compensado con el emocionante ‘Largo ma non tanto’ de este mismo Concierto, que fue, por lo menos para mí, uno de los momentos cumbres del concierto por su enorme delicadeza de sonido y fraseo.Aisling Casey, la oboísta, obligada a seguir la libertad de estilo de Kennedy, tuvo ciertas dificultades, es muy joven y le falta todavía soltura y ductilidad, además el sonido es bonito pero escaso en comparación con el violín de Kennedy. Por eso sus mejores momentos estuvieron en el segundo movimiento del Concierto donde tuvo unos solos realmente bellos.Más fácil lo tuvo Fionnuala Hunt (hasta el 2002 directora artística y musical de la Irish Chamber Orchestra y todavía asociada a ella), ya que Kennedy –siguiendo la tradición de Menuhin, su maestro y mentor- le dejó la parte del primer violín en el Concierto para dos violines BWV 1043, lo que le daba cierta capacidad de iniciativa (en la medida en que Kennedy permite que alguien le robe la iniciativa) y la responsabilidad de la dirección orquestal.Fuera de programa, tanto intercaladas en medio de las obras de Bach como al final del concierto, se escucharon: 1. Happy Birthday en honor a la clavista que -obviamente- estaba de cumpleaños. 2. Cuatro de las Invenciones a dos voces de Bach en una versión para violín y chelo, con Juliet Welchman; ambos estaban inspirados y bordaron las obras. 3. Una ‘fantasía’ con temas de Jimi Hendrix y otros clásicos de la música popular. 4. Un dúo con un flautista que ‘reclutó’ entre el público (en ese momento Kennedy ya era un auténtico showman haciendo bromas en medio del patio de butacas, algunas de las cuales acababan siendo música de calidad). 5. Improvisaciones y ‘gitanerías’, con toques de jazz y musical americano.En resumen, un concierto claramente inolvidable, en lo bueno y en lo malo. Pero también un concierto para reflexionar: en medio de toda ese ropaje a veces epatante, Nigel Kennedy está buscando nuevos caminos para una música orquestal que ya no puede limitarse a ser el ‘gran repertorio’ expuesto en un modelo de concierto cargado de convenciones y tópicos. Aun no hay resultados definitivos, Kennedy sigue buscando.

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