European Musical Heritage and Migration

Entre analogías y estereotipos: “releer” la emigración italiana a argentina

Vanni Blengino

lunes, 18 de agosto de 2003
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La historia de nuestra emigración (en particular la emigración a las Américas) pertenece al pasado. Se trata de un proceso que ha implicado algunas grandes naciones de Norteamérica, los Estados Unidos primero y Canadá después, y muchos países de Sudamérica: Argentina, Brasil, Uruguay en primer lugar, pero también hubo flujos migratorios en absoluto secundarios hacia Venezuela, Perú y Chile.Se trata de un éxodo complejo y multiforme, de hecho la emigración italiana es un proceso que implicó a más de veinte millones de italianos y duró más de un siglo: desde la primera mitad del siglo XIX a más de la segunda mitad del siglo XX. Los países de destino son, además de las naciones americanas ya citadas, también numerosos países europeos y Australia. Un fenómeno imponente por la cantidad de personas implicadas, por su extensión y por su implicación. Un éxodo que es la suma de muchos éxodos individuales y, por tanto, de una extraordinaria complejidad, porque según los países de destino de nuestros emigrantes, diferente es su grado de cultura: el analfabetismo del proletariado campesino de fin de siglo ya no es tal en la segunda posguerra, se modifica también el componente regional según los países de destino así como hay variaciones en la configuración social de los emigrantes, aunque en su mayor parte continúa estando compuesta por campesinos y proletarios..En muchos países americanos, la emigración ha tenido una incidencia cuantitativa y cualitativa, hasta tal punto que la historia de la emigración es ahora inseparable de la historia de estos países. Lo que llamaremos la propiedad “asimétricamente transitiva” de este proceso (que hay que referir a los países americanos y a Australia, países “nuevos” cuya identidad étnica y cultural se está todavía construyendo), es que el emigrante/ inmigrante está condicionado en su identidad por el país de acogida, pero a su vez lo condiciona. Un condicionamiento incompleto, pues no se puede decir lo mismo de la patria del emigrante. Barzini, a principio de siglo en sus correspondencias para el Corriere della Sera [Nota 1] , sostenía que el emigrante, cuando se marcha, “muere” para su país, y esta amarga constatación representaba un aspecto esencial de este éxodo italiano.Pero si hay hoy, como ha habido en el pasado – de forma irregular y con alguna incoherencia – un intento de recuperación de nuestra historia, lamentablemente existe una perversa jerarquización – por tácita y a menudo ni siquiera consciente – de la historia de nuestra emigración que se instituye a partir de la suerte económica de los países de acogida. Así, la inmigración a Estados Unidos suscita un mayor interés que la emigración a América Latina, y por ejemplo, un barrio no siempre prestigioso como el italiano de Brooklyn merece mayor atención que el glorioso y laborioso barrio genovés de la Boca de Buenos Aires. Los canones que se toman prestados de países más afortunados sirven a menudo de metro para juzgar el destino, el papel y las vivencias de toda nuestra emigración.Estoy convencido, en cambio, de que es plenamente legítimo reivindicar Argentina como un caso ejemplar para nuestra migración por una serie de razones, entre las cuales están: a) la continuidad del proceso migratorio que se inicia antes de la Italia Unida hasta los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, b) la capilaridad de tal proceso, que implica como en ningún otro país todo el arco regional – cuya complejidad es bien conocida – de la península. Un flujo que se inicia con una predominancia del norte para después equilibrarse poco a poco, como si hubiese una dosificación que implica todas las demás regiones; c) y finalmente el hecho incontestable de que la inmigración italiana fue la primera colectividad migratoria en Argentina y ha tenido una incidencia cuantitativa y cualitativa sobre todos los aspectos de esta sociedad como en ningún otro país de destino migratorio.He situado – y no podía haberlo hecho de otra manera – nuestra migración en el pasado; de todas formas, en esta aproximación de “relectura” que me dispongo a hacer me veo obligado a establecer una diferenciación temporal: la emigración italiana es un proceso definitivamente cerrado desde hace décadas, pero las consecuencias de este proceso están todavía activas. En particular, en los países americanos estamos frente a un proceso que, por decirlo en palabras de Braudel, es de larga duración. En efecto, a pesar de que el flujo migratorio – en nuestro caso – está cerrado, continúa produciendo acontecimientos de carácter social y cultural en el presente, justamente a partir de la propiedad transitiva que hemos atribuido a la migración.Citaré algunos de estos acontecimientos:-En los años setenta, durante la dictadura militar, muchos intelectuales argentinos se exiliaban y redescubrían Italia, España u otros países de los cuales se habían marchado sus abuelos.De los años ochenta en adelante, este viaje hacia atrás fue recorrido por muchos descendientes de italianos que “reinmigraron” en los países de origen de sus padres o abuelos, en busca de un trabajo y una inserción en una sociedad de mayor bienestar. Fue como si el pasado reciente se obstinase en proponer de nuevo viejos itinerarios pero, enloquecida la brújula, la dirección se había invertido. En efecto, tal como los exiliados garibaldinos desembarcaban en Brasil, Uruguay y Argentina en busca de hospitalidad, exiliados políticos provenientes de estos países, a los que se añade Chile, desembarcaban en Europa (el barco es ahora metafórico).El voto de los italianos del extranjero replantea (con un excesivo grado de simplificación) la cuestión secular de la vinculación de los inmigrantes con la madre patria.Paro hay también acontecimientos – no menos significativos que estos – que pertenecen exclusivamente al imaginario social. En la literatura y la cultura argentina (como sucede en otros países americanos y con otras colectividades migratorias) hay un filón literario consistente, al que han contribuido notablemente la ensayística y la historiografía, que recupera en la ficción y en la memoria colectiva las vivencias de los padres y abuelos migrantes. La novela de Roberto Raschella Si hubiésemos vivido aquí (y por “aquí” se entiende Italia), que en el título sintetiza de manera ejemplar esta operación, - de notables proporciones por su difusión – es una forma de recuperación de la memoria colectiva de los antepasados emigrados por parte de la narrativa y la historiografía argentina [Nota 2] .Y, finalmente, nuestra migración continúa siendo un fenómeno del presente por otros motivos. A partir de las actuales vivencias de la llamada migración “extracomunitaria” que se cierne sobre los países europeos más ricos, hay inevitables referencias y analogías con nuestra secular experiencia migratoria hechas a propósito y a despropósito. Y quiero detenerme sobre uno de estos particulares que parece gozar, por razones que merecerían mayor profundización, de una fortuna particular en los mass media de derecha o izquierda.Analogías y estereotiposPartimos, en efecto, de la imagen más negativa de la actual migración, la propuesta, para entendernos, por Borghezio o Gentilini para echar en cara a ellos y a todos los racistas que también nosotros fuimos considerados de esta manera, si no peor, por otros precursores suyos. Quien sostiene esta hipótesis, como Gian Antonio Stella en L'Orda. Quando gli albanesi eravamo noi [Nota 3] traza, en efecto, una analogía entre los insultos, los prejuicios y los estereotipos (como condensación de este conocimiento deformado del otro) con los cuales la actual inmigración extracomunitaria en Italia es atacada por sus más acérrimos adversarios, y los insultos y estereotipos negativos que tuvo que sufrir nuestra emigración en más de un siglo de éxodo masivo. “Nosotros” como “ellos”. Nosotros los tratamos a ellos como nos han tratado a nosotros, los marginamos, los consideramos ladrones, terroristas, prostitutas, sucios y malvados, tal como nos han tratado a nosotros, “considerados la escoria de Europa”. Una comparación que, considerando la cantidad de datos a disposición, no presenta más que la vergüenza de la elección al tomar de aquí y de allá, en diversos países y diversas latitudes, en un arco temporal que cubre más de un siglo, con múltiples citas que apoyan esta tesis y esta semejanza.Hay que reconocer que la analogía es un procedimiento lógico muy útil gracias al cual lo que conocemos nos ayuda a comprender lo que ignoramos o apenas conocemos. Su utilización, sin embargo, puede revelarse como un procedimiento insidioso, un peligro del cual no está en absoluto exente el libro de Stella. La operación propuesta aquí es compleja porque un Borghezio juega a su juego, y hace el análisis como es propio de alguien que tiene las ideas claras no sobre nuestros inmigrantes y ni siquiera sobre los inmigrantes que llegan a nuestro país, sino sobre los objetivos políticos que persigue. Adecuarse a su método, aplicarlo con desenvoltura leyendo la historia de nuestra migración con la mirada de otros Borghezios suscita perplejidad tanto frente al procedimiento como frente a las consecuencias a las que conduce esta hipótesis. Borges recordaba, a propósito del antisemitismo del doctor Rosenberg (la presunta amenaza constituida por el pueblo judío) que un problema mal planteado suscita respuestas equivocadas.Conozco a grandes rasgos el fenómeno migratorio italiano, un poco mejor su historia en América latina y bien el caso argentino. Declaro los límites de mi conocimiento no por modestia ni por reivindicar la especialización en la materia, sino justamente porque estoy convencido de que la complejidad de la historia de nuestra migración (y de cualquier otra migración de masa de estas características) hace entrar en el juego tanto al emigrante como al inmigrante, es decir, el país de origen y el país de destino, y por eso exige un conocimiento profundo del contexto en el que se insertan los emigrantes (ya Gramsci destacaba tal exigencia). En efecto, si consideramos el imaginario sobre la inmigración y en particular la literatura – que es un componente esencial de este imaginario – en lo que se refiere al inmigrante italiano se presenta como un macrotexto muy complejo y articulado. Hay que decir que el italiano está presente – como protagonista o antagonista, como personaje principal o secundario y finalmente como sujeto colectivo – en los orígenes de la narrativa, del teatro y del tango argentino, es decir, todas las manifestaciones culturales que insertaban la cultura de este país en la modernidad [Nota 4] . Se puede afirmar que tanto los personajes inmigrantes como el espacio que ocupan y connotan se convierten en un espacio esencial en la cultura de este país, ocupa todos sus intersticios, incluso su ausencia refiere a su presencia negada. La pampa sin gringos (con el término gringo se nombra al inmigrante italiano) es una pampa que “voluntariamente ignora” a estos agricultores, como sucede con los gauchos protagonistas de Don Segundo Sombra (1926), novela de Ricardo Güiraldes, que fingen no tener en cuenta a los agricultores inmigrantes que pueblan ya la pampa.En la literatura rioplatense, al inmigrante italiano no le corresponde un solo estereotipo, de “estereotipo” hay que hablar en plural, de hecho, los estereotipos abundan y son diferentes, a menudo en contraste entre sí, y se articulan en una serie de oposiciones que van de inmigrante / gaucho a inmigrante / oligarca o inmigrante / estanciero. El eje de las oposiciones urbanas son los valores consolidados que encarna la oligarquía frente a los valores del operario / pequeño burgués del inmigrante. La pampa es rica en otras oposiciones: el inmigrante subordinado al gaucho (Martín Fierro, por ejemplo), el gaucho derrotado por el colono (en la obra de teatro La gringa de Florencio Sánchez, en el poema de Rafael Obligado Santos Vega el Payador), el inmigrante marginado en la pampa (Don Segundo Sombra), el inmigrante que avanza por la frontera (Pago Chico de Payró). En cuanto al espacio urbano en la ciudad de Buenos Aires, el inmigrante se extiende por todas partes insertándose en todas sus ramificaciones espaciales y sociales (piénsese en la novela naturalista o en un texto conocido como El juguete rabioso de Roberto Arlt). Todas las funciones posibles (y contrastantes) se atribuyen al inmigrante italiano, y esto demuestra qué fuerte y principal es su presencia en el imaginario argentino, y a su vez tal situación refiere a la complejidad de las estrategias puestas en marcha por las variadas élites argentinas para integrarlo o para condicionar tal integración.Reducir estos extraordinarios testimonios de los países de acogida sobre la inmigración italiana, esquematizar las complejas estrategias que la sociedad y la migración pusieron en marcha para su integración en un único estereotipo (“los albaneses éramos nosotros”) se convierte, por tanto, en una operación tan arbitraria como desviada. En efecto, los estereotipos no son asimilables porque en el estereotipo está en juego sólo parcialmente el destinatario de esta operación. El estereotipo refiere en primer lugar a la cultura de la sociedad que lo construye. La historia del antisemitismo dice mucho más sobre los antisemitismos de naciones diferentes y en períodos históricos diferentes de lo que nos dice sobre la historia del pueblo judío.Los estereotipos no se pueden sumar, justamente porque los varios Borghezio reaccionan de forma diferente según los contextos y no están interesados en describir a los sujetos de su discurso, pues éstos se convierten en un pretexto para hablar de otra cosa. Se sabe que el miedo a la inmigración construye discursos que atribuyen- arbitrariamente- al otro conspiraciones, proyectos hegemónicos, etc. [Nota 5]En L'Orda, para sostener la tesis de que los inmigrantes italianos fueron tratados como “la escoria del mundo”, el autor amontona sin distinciones todos los peores estereotipos junto a episodios de crónica negra que se refieren a nuestra emigración, para privilegiar una sola imagen (entre las muchas que se pueden recortar) de las siempre complejas y originales vivencias de la historia de más de veinte millones de individuos. Si se consideran las vivencias de operarios, campesinos, colonos, religiosos, anárquicos, socialistas, sindicalistas, emprendedores, militares se puede construir – con tanta o menor arbitrariedad que este cúmulo de estereotipos y de episodios negativos – tres, cuatro o cinco historias que exalten nuestra migración. Pero es tal su voluntad, por no decir su soberbia, de demostrar su propia tesis que Stella llega a deformar hechos históricos. Me refiero en particular a nuestra migración a la Patagonia que aquí es citada por el autor para reforzar sus argumentaciones. La historia de los italianos en la Patagonia, de los exploradores a los militares, a los ingenieros, a los colonos, a los sindicalistas y los jesuitas y salesianos, es una historia que tiene aspectos exaltantes y no tiene nada que ver con el estereotipo: italianos como la escoria de la inmigración. El episodio de una presunta masacre de italianos en Tandil (un fanático gaucho señalaba en la inmigración a los enemigos, los nuevos satanases, mata a algunos vascos y dos o tres italianos) es replanteado con extrema arbitrariedad (descontextualizándolo) como un episodio de antiitalianismo, cuando las verdaderas víctimas de aquella situación son los gauchos. No es casual que del viaje de De Amicis en Argentina se cite una frase tendenciosa extraída de un libro bello y complejo como Sull'Oceano en el cual describe su viaje en una nave de inmigrantes y se ignore el otro libro de De Amicis sobre esta estancia en Argentina Ricordi d'America en el cual se entusiasma por la transformación en positivos de estos emigrantes y de su integración.A partir de estas consideraciones reivindicamos (aparente paradoja) el estereotipo como un eficaz instrumento para comprender como una sociedad se representa la alteridad. El estereotipo no se puede sustraer de su contexto, de las sociedades de procedencia, para homologarlo a otras situaciones. En efecto, deteniéndonos en el ejemplo argentino y latinoamericano en general en la representación negativa del inmigrante italiano, la literatura, el periodismo y la ensayística no han realizado jamás una identificación con el crimen organizado, aunque hubiese una fuerte presencia meridional. Los términos como “mafioso” y “camorrista” aparecen raras veces en el teatro popular o la literatura o la crónica con un significado casi folklórico y exótico. En la literatura del Río de la Plata hostil a la inmigración, la acusación de ser un criminal es totalmente secundaria y hay que subrayar también cómo incluso los juicios más hostiles a nuestra inmigración no han negado jamás la laboriosidad de los italianos y su ductilidad para integrarse en la nueva sociedad. El inmigrante italiano mafioso es construcción de otra sociedad, la angloamericana protestante (en la cual no es suficiente la presencia y la penetración mafiosa para justificar una identificación similar, como puede ser fácilmente demostrado). Y no es casual que los peores estereotipos contra nosotros hayan sido construidos por estas sociedades.En el teatro popular argentino, el sainete, hasta la primera mitad del siglo tuvo una extraordinaria difusión, convirtiéndose en testimonio y expresión junto a la magmática confusión e integración lingüística y social que llegaba a la metrópolis de Buenos Aires. La lengua y los dialectos italianos (ligur, piamontés, calabrés, napolitano, véneto) penetran y forman parte de la osamenta lingüística del sainete. Los tonos farsescos del sainete gracias a lo grotesco, en particular en un escritor hijo de inmigrantes partenopeos, Armando J.Discepolo, contribuirán a dar una farsesca dignidad dramática al lenguaje de la farsa. Y es precisamente el sainete el espacio privilegiado del estereotipo, en el cual las variadas versiones de “tanos” (italianos, del septentrional al meridional), los gallegos (españoles) en sus variantes regionales: gallegos, catalanes, vascos, andaluces, “turcos” referido a turcos, a sirios, a libaneses, pero también – insulto involuntario pero cruel en los años en que el recuerdo de un genocidio estaba todavía fresco – a los armenios , “rusos”, en cambio, indicaba a los hebreos procedentes de los países del Este (rusos, lituanos, polacos, rumanos, etc.). No olvidemos que, junto a estos estereotipos que designaban a los emigrantes conviven otros estereotipos que se refieren a los argentinos. Es sabido que fueron nuestros campesinos septentrionales (sobre todo piamonteses) quienes difundieron el término peyorativo cabecitas negras (nairot en piamontés), con el que se designaba a la población rural recientemente trasladada a las ciudades, en la que predominaba el mestizo. De todas formas, la multiplicación de los estereotipos niega su eficacia. En el sainete, los personajes españoles e italianos, que son los más numerosos, terminan a menudo por casarse entre ellos. En efecto, los Bianchi González o los Rossi Pérez y otras posibles combinaciones de apellidos peninsulares difundidos son los apellidos de la familia tipo de Buenos Aires, como los “Rossi”, “Bianchi”, etc. para Italia.Instrumentalizar la historia de nuestra emigración, ignorando la complejidad y riqueza de su proceso de integración para usarlo con fines políticos, no ayuda – si es este el objetivo – a comprender el actual proceso de inmigración extracomunitaria y caricaturiza nuestra historia migratoria. Es más, el resultado va en dirección contraria porque la simplificación implícita en el uso arbitrario del estereotipo denigra la historia de nuestra emigración e impide reconocer aquellos mecanismos, aquella dialéctica implícita en todo proceso de integración migratoria que podría ayudar a una integración de esta nueva humanidad que hace presión sobre nuestras fronteras.Notas1 Luigi Barzini, L'Argentina vista com'è, Milano: Tipografía del Corriere della Sera, 1902.2 Roberto Raschella, Si hubiésemos vivido aquí, Buenos Aires: Losada, 1998.3 Gian Antonio Stella, L'Orda. Quando gli albanesi eravamo noi, Milano: Rizzoli, 2002.4 Referencia a Vanni Blengino, Oltre l'Oceano (Gli immigranti italiani in Argentina), Roma: Edizioni Associati (2ª ed. 1990). Sobre la lengua italiana y los dialectos, vid. G.Meo Zilio, E.Rossi El elemento italiano en el habla de Buenos Aires y Montevideo, Firenze: Valmartina, 1970. (Traducción española de Antonio Bonanno: Mas allá del Oceano, Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 19905 Gian Enrico Rusconi, Scambio, Minaccia, Decisione, Bologna, Il Mulino, 1984; cfr. Hebe Clementi, El miedo a la inmigración, Buenos Aires: Leviatán, 1988.Traducción de Eva Moreda

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