Austria

De poeta y loco …

Jorge Binaghi
lunes, 18 de agosto de 2003
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Salzburgo, domingo, 3 de agosto de 2003. Grosses Festspielhaus. ‘Les Contes d’Hoffmann’ (París, Opéra Comique, 10 de febrero de 1881), libreto de J. Barbié, música de J. Offenbach. Versión de Salzburgo basada en las ediciones Choudens y Oeser. Intérpretes: Neil Shicoff (Hoffmann), Ruggero Raimondi (los cuatro demonios), Angelika Kirschlager (la Musa/Nicklauset), Waltraud Meier (Giulietta), Krassimira Stoyanova (Antonia), Lubica Vargicova (Olympia), Kurt Rydl (Crespel), Robert Tear (Spalanzani), Jeffrey Francis (los cuatro servidores) y otros. Escenografía y vestuario: Tanya McCallin. Puesta en escena: David McVicar. Orquesta y coro de la Opera de Viena (maestro de coro: Rupert Huber).Dirección de orquesta: Kent Nagano. Festival de Salzburgo.
0,0002148 ...todos tenemos un poco, y será por eso que esta obra magnífica no hace más que crecer y ganar con el tiempo. El hábil negociante, el fértil creador de melodías encantadoras y ligeramente -o no- cínicas, irónicas y críticas, terminó, de modo peculiar, imponiéndose también en el campo de la ópera. Aunque casi la tiene que estrenar en forma privada y primero tuvo que pasar por la versión con partes habladas (esperemos que a ningún imaginativo se le ocurra uno de estos días tirar a la basura los recitativos terminados y orquestados por Guiraud, que también -y tan bien- lo había hecho con Carmen...).Y esto nos lleva a esta versión de Salzburgo que es como la última de París más la ‘Canción de Giulietta’ (una que tal vez habría que cantar como la de ‘Elena’ en La belle Hélène para que hiciera su efecto, cosa de la que Meier no se preocupó en lo más mínimo), todas las partes de la ‘Musa/Nicklause’, y un final con el aria de la ‘Musa’ retomada por todos los otros solistas y el coro, menos el protagonista, muy efectivo. O sea que hemos tenido algo más de la música -¡qué riqueza la de este hombre!- de la ópera, lo que no está mal, sin que se añada nada muy fundamental. Como siempre, el cuadro de Venecia pasa al final, antes del prólogo. En general, perdón, yo cortaría algo las intervenciones de la ‘Musa’ que lo hacen todo un poco demasiado largo. Y ya que estamos en la era filológica, sorprende -en principio agradablemente- que se haya mantenido el aria de Dappertutto ‘Scintille diamant’ en vez de la chanson original. Digo en principio, porque hubiera sido un acto de realismo o de piedad omitirla o cambiarla en razón del estado vocal de Raimondi.La puesta de McVicar, algún chute de droga aparte, resultó feliz y más bien tradicional para un hombre de su currículum. Bello vestuario, buen decorado, rápido cambio de escenas, buen trabajo con los cantantes sin obligarlos a lo imposible. Los que hemos tenido la suerte de ver al terremoto Dessay en las más variadas versiones de ‘Olimpia’ sabemos que la muñeca y su acto tienen muchas más posibilidades, pero no estuvo nada mal. Como siempre, incluso del punto de vista musical, de la realización y la interpretación, lo menos convincente es el acto veneciano, único momento débil (sobre todo en el gran concertante) de Nagano y donde el director de escena parecía acumular ideas a ver si salía del paso.El director de orquesta estuvo por lo demás sensacional, con un toque ligero pero no superficial y exprimiendo toda la savia de este frondoso y fértil árbol. Claro que con semejante orquesta y coro las cosas son más fáciles (brillante es un adjetivo pobre y muy manido, pero es el único que se me ocurre). De los cantantes ya he anticipado algo.Raimondi ha sido desde siempre un cantante-actor, pero me temo que desde hace algún tiempo los términos se han invertido y si su situación normal es la que oí ese día (eso parece), habrá que decir que es un actor con notables conocimientos musicales pero sin que se sepa ni a qué cuerda pertenece ni por qué insiste en partes tan comprometidas y agotadoras como ésta: ya 'Lindorf' y 'Coppelius', los dos que podrían irle mejor en todo caso, lo mostraron en dificultades de todo tipo. Y cuando da volumen se oye un desagradable sonido metálico que puede dar la ilusión de un agudo, no demasiado afortunado. Los dos tercetos del acto de Antonia fueron un suplicio…No he sido nunca de los que se sienten fascinados por Meier: tiene un físico ideal para la parte y otras veces es una actriz excelente (en una entrevista reciente dijo que la parte no le interesaba mucho: lo hizo notar, pero entonces, ¿para qué la canta?), pero aquí, aparte del físico y de su intervención en el concertante hubo poco: voz estridente (y eso que la tesitura de 'Giulietta' le va como anillo al dedo a esta voz ambigua, aquí claramente de mezzo), frialdad, monotonía.Mucho mejor estuvieron la muñeca de Lubica Vargicová (pese a algún desfallecimiento en la afinación y la respiración de las últimas notas que le toca cantar) y la 'Antonia' de Stoyanova (una soprano lírica que se afirmó, incluso en timbre, después de un ‘Elle a fui, la tourterelle’ sombrío y algo tenso y qué aria tan ‘natural’, caracterizadora y nostálgica es esa, cómo requiere un timbre lírico puro y luminoso; pero aunque se entiende poco lo que dice y tiene la tendencia a hacer prevalecer el sonido, sobre todo en la emisión de los agudos, sobre las palabras, terminó su actuación con -por fin- un trino digno de ese nombre). Kirschlager repitió su trabajo de París: muy bien actuado y bien cantado, aunque sigo teniendo la impresión de que se trata de una soprano corta más que de una mezzo, con la particularidad de que en cuanto da presión al agudo, éste pierde estabilidad:Hubo excelentes actuaciones de Jeffrey Francis en los cuatro servidores (obviamente el mejor y más aplaudido fue, como siempre, esa tierna viñeta del sordo 'Franz', que algunos cantantes tendrían que aplicarse hoy), de Robert Tear (un magnífico 'Spalanzani' desde todo punto de vista), de Kurt Rydl (que en 'Crespel' reencontró su nivel habitual) y, sobre todo, de Marjana Lipovsek, que hizo escuchar el mejor canto mezzosopranil como 'la madre de Antonia' en ese escalofriante y afiebrado terceto en el que fue la voz que más y mejor corrió en la inmensa sala.Naturalmente, voy a terminar con el protagonista, uno de los roles más completos y difíciles para el tenor, que aquí además debe mantenerse constantemente en escena. En este caso he tenido en general suerte: Konya, Gedda, Kraus son tres versiones distintas y de parecida grandeza (personalmente me quedo con la del sueco por la amplitud de todos los aspectos). Shicoff no puede competir con ellos en soberanía de timbre, de estilo, de técnica y de francés. Y sin embargo, qué gran 'Hoffmann' es y en un momento de su carrera en que se podría esperar, justificadamente, algún signo de cansancio o de desgaste. Como retrato completo y creíble de los demonios, los defectos y las virtudes de un artista que representa al ser humano en toda su complejidad, hoy no debe haberle quien le tosa. Y llegar fresco a la ‘canción báquica’, el dúo con 'Giulietta' y el gran concertante para retomar aún una estrofa de 'Kleinzach' (actuado y dicho de modo memorable en el prólogo) en el epílogo, fuerzan la admiración. Pero ocurre que Shicoff ha sido siempre de una seriedad y de una vocación de servicio a la lírica de la que habría que tomar ejemplo (por ejemplo, ¡qué lástima que no se le ofreciera al menos un 'Don Carlo' para que se pudiera apreciar todo lo que se puede hacer con el personaje!).Pero dejemos a Hoffmann después de sus excesos de vino, tabaco, mujeres, droga, alucinaciones y homicidios en el ser humano que cometió todos los excesos desde y por su arte, y desde y por su desesperada voluntad e incapacidad de amar. No podía escribir nada mejor para terminar su producción y ser por una vez tomado en serio el "Mozart de los Champs Elysées" que seguramente estaría muy contento de saber que ‘su’ ópera se codea, y con mejor suerte, con la de su admirado salzburgués en la ciudad natal de éste, y se convierte en uno de los mejores momentos de este Festival bastante avaro en ellos.La próxima vez que pase delante de la placa que recuerda su vivienda a unos pasos del entrañable Palais Garnier en París se lo voy a comentar. Y que sigue siendo terriblemente difícil lograr una versión donde esté todo en su justo punto. El ‘fácil’ Offenbach sólo lo es para los grandes que se le aproximan con ganas de hacerlo bien.
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