Opinión

El Festival Rossini y Europa

Gianfranco Mariotti

lunes, 11 de agosto de 2003
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Nadie en el Rossini Opera Fstival ha podido olvidar el día en que Alessandra Ferri, durante los ensayos de Guillermo Tell, bailó por primera vez “su” Pas de deux, llevando a escena el dolor y la humillación de las mujeres forzadas por los soldados del tirano Gessler. Era en esos mismos días cuando se desencadenaba la guerra en Bosnia, con los horrores de la limpieza étnica y las violaciones colectivas: la asociación de ideas fue inmediata y todos los presentes, artistas, técnicos y operarios, sufrieron una gran conmoción. Ninguno de nosotros olvidará aquel largo aplauso que estalló espontáneamente y al final, cómo Alessandra, también conmovida, volvió a escena sin sonreír para expresar su agradecimiento a los compañeros.Fue esta una ocasión ―efectivamente más intensa que otras, pero no la única― que nos recordó dolorosamente a todos que el teatro no es una isla, un espacio aparte dedicado a ritos exclusivos: al contrario, es precisamente su enorme capacidad simbólica lo que lo convierte en un espejo, una lente de aumento de la realidad que nos rodea.Somos conscientes de que sobre el Festival han actuado, para bien y para mal, todas las fuerzas y tensiones presentes en la sociedad del último cuarto de siglo: en este sentido la propia historia del Festival sirve por sí misma como testimonio de los cambios producidos en el ámbito cultural que han sido trasfondo y que han marcado nuestra época.Este es el motivo por el que no creemos que la apertura europea que caracteriza a la XXIV edición suponga un cambio sustancial. Nuestro proyecto no nace de un impulso imprevisto, sino que viene impuesto por la fuerza de las cosas: ninguna manifestación internacional en nuestros tiempos puede evitar medirse con el nuevo espacio político-económico, y al mismo tiempo psicológico, representado por Europa.En el caso del Festival, en particular, se trata de la evolución natural de un recorrido que viene de muy atrás, y por lo tanto constituye una parada obligada. En primer lugar por una razón, digamos, de código genético: Rossini fue uno de los primeros músicos italianos capaz de surgir y afirmarse a nivel europeo, y su herencia musical (a pesar de la ácida opinión de Beethoven) es testimonio evidente de ello. Pero sobre todo hay que destacar el hecho de que el Festival ha querido ser desde el comienzo una operación de alcance internacional, no localista, dirigida a la cultura de cada país: y en efecto lo ha sido por su planteamiento general, sus objetivos manifiestos, el método elegido y su consciencia estratégica. Por otra parte, actualmente seis de cada diez espectadores son extranjeros.A lo largo de los años, el Festival ha dado vida a una serie de eventos paralelos, como la Accademia Rossiniana, la Escuela de artes escénicas, los Talleres de escenografía, vestuario y atrezzo o el “Festival giovane”, cada uno de los cuales posee relaciones autónomas propias con la realidad internacional.A todo ello hay que añadir, desde este año, un proyecto orgánico plurianual de colaboración nacional y europea articulado alrededor de cuatro puntos. En primer lugar, las coproducciones: Semiramide y Le Comte Ory son los espectáculos que en 2003 han sido coproducidos con algunos de los más importantes teatros europeos. En segundo lugar, las colaboraciones: se ha promovido el establecimiento de acuerdos para los próximos tres años con las grandes instituciones que cuentan con conjuntos orquestales propios, acuerdos basados en el intercambio de prestaciones musicales y la utilización de montajes producidos en Pesaro. En tercer lugar, las giras de espectáculos: actualmente se está desarrollando la primera fase de creación de un plan de giras de las óperas en un acto producidas por el ROF en el ámbito del “Festival giovane”, con la Orquesta juvenil del Festival y un reparto de artistas pertenecientes a la Accademia Rossiniana. Y en cuarto lugar, el alquiler: un cierto número de producciones serán alquiladas a teatros nacionales y europeos con la asistencia del Festival tanto en lo artística como en la realización técnica.El programa descrito no busca únicamente resultados económicos (reducción de costes y economías de escala), sino que pretende promover la circulación del pensamiento, una transmisión eficaz de resultados culturales y de gestión, que es también una manera de alcanzar el objetivo estatutario de la restitución, y difusión en el mundo del patrimonio de la cultura rossiniana. Las operaciones de este tipo, con el intercambio de conocimientos, las relaciones y los nuevos canales que activan, constituyen la tendencia opuesta frente a la deriva fruto del miedo y del aislamiento, alimentada por los ecos de guerra que, mientras escribimos estas palabras, resuenan en el mundo. Sin embargo, el propio teatro, lugar representativo de lo coral, de las metáforas universales y de la identidad colectiva, podría ser uno de los instrumentos más eficaces para la defensa y la recuperación de los valores comunes entre distintos pueblos y culturas, primer y verdadero antídoto contra el sueño de la razón.Pensemos en Pompeya ―supremo testimonio de lo “cotidiano” en la Antigüedad― y en las dimensiones de sus dos teatros en relación con las de la ciudad, y volvamos a pensar en la importancia que el rito teatral tenía y ha tenido en todas las épocas de la historia: obtendremos la medida de un retroceso dramático, pero también la de un inmenso espacio que puede ser recuperado. Quizás, junto con la poesía y el arte, será una red de teatros lo que nos salvará.

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