Bélgica

El orfebre de Berlioz

Jorge Binaghi
miércoles, 24 de septiembre de 2003
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Bruselas, miércoles, 17 de septiembre de 2003. Palais des Beaux Arts. Ciclo “European Gala Concerts”. Benvenuto Cellini (Opéra de Paris, 1838, versión de Weimar, 1852); libreto de L.de Wailly y A.Barbier; música de H. Berlioz. Intérpretes: Bruce Ford (Cellini), Franz Hawlata (Balducci), Christopher Maltman (Fieramosca), Ralf Lukas (Cardenal), Laura Claycomb (Teresa), Monica Groop (Ascanio) y otros. MDR-Rundfunkchor Leipzig y Radio-Sinfonieorchester de Stuttgart (SWR) (maestro de coro: Howard Arman).Dirección de orquesta: Roger Norrington. Versión de concierto.
0,0001293 Y así Bruselas rindió su homenaje algo precipitado a Berlioz (habrá algo más y ciertamente es mucho cuando ciudades y teatros que se jactan de su solera muestran un curioso despiste ante la celebración). Es un concierto que se repite en algunas ciudades (empezó en los Prom de Londres) y supongo que de esto se hará un disco. Aunque ...Probablemente la acústica del magnífico Beaux Arts de Bruselas (una de las joyas del extraordinario arquitecto Horta, y de las que no han sido demolidas por la piqueta implacable de la especulación inmobiliaria) sea más para instrumentos y conjuntos sinfónicos que para voces. Pero si se coloca a los solistas justo delante del coro y detrás de toda la orquesta, cualquier equilibrio está en entredicho. Si, además, Norrington se empecinó (y suele gustarme) en dar razón a los que acusaban a Berlioz de hacer ruido (el segundo acto fue prácticamente insoportable por el volumen, pero ya había habido momentos en el primero y volvería a haberlos en el tercero -en el que se funden aquí tercero y cuarto originales- ... Lástima porque la orquesta era excelente (con solistas de primer nivel) y el coro casi más notable aún.Berlioz es un grande, aunque sus sueños le impidieran a veces, con sus vuelos hiperbólicos, entender exactamente qué era teatral o representable y qué no. Esta partitura se da poco por su extrema dificultad y cuando aparece lo hace por lo general en concierto (estoy de acuerdo, si eso sirve para concentrarse en las maravillas de la música -¡ese terceto del primer acto!- y evitar el gasto superfluo de ingentes sumas de dinero en una puesta de por sí difícil). Pero el Cellini tiene la cruz del tenor. Cuando reapareció con cierta fuerza, hace unos cuarenta años, fue gracias al arte superior de un maestro de maestros, el inconmensurable Gedda. Hoy habría tal vez alguno (o algunos que habría que juntar para hacer uno) que podrían intentar la hazaña. No es Ford uno de ellos: el excelente cantante rossiniano está probablemente en la segunda parte de su carrera, su voz nunca bella hoy prácticamente carece de color, el recurso al falsetone funciona (con sus problemas) en los dos primeros actos, pero fracasa lamentablemente cuando tiene que vérselas con ese fragmento único que es el 'aria del pastor' por la que Berlioz merecería pasar a la historia de la música en primera fila. En los pocos momentos en que se anima a un canto franco, los resultados son pobres.Laura Claycomb es una muy buena ‘Teresa’por canto e interpretación, pero, ¡ay!, su extremo agudo es siempre áspero y tenso. Monica Groop es un lujo asiático para el papel en travesti de Ascanio, aunque sorprendentemente también algún agudo sonó tirante, y los papeles menores estuvieron más que bien servidos (particularmente notable fue el 'Cardenal' -o 'Papa': ¡Ah!, la censura- de Ralf Lukas, pero también se distinguió Johannes Chum en 'Francesco' y todos -hasta el característico Ekkehard Wagner en 'el mesonero'- cumplieron con acierto).Franz Hawlata es una voz importante, pero -no sé si es el repertorio francés o un momento poco feliz- se reveló poco flexible y destemplado aunque con un volumen notable (el que más). En conjunto, los laureles de la función corresponden al ingrato papel de 'Fieramosca' que sirvió de carta de presentación a un notable joven barítono capaz de actuar con su voz y sus ojos, dechado de buen gusto y técnica y, ¡oh!, con un timbre para nada 'inglés', aunque el cantante lo sea: retengamos el nombre de Christopher Maltman porque en su canto -y se supone que el homenaje era eso- fue en el único en el que estuvo permanentemente presente el genio del autor. Y es lástima porque nunca como aquí el difícil 'Hector' parece haberse identificado tanto con su protagonista masculino, ese orfebre que más parece un 'Hoffmann', un excesivo romántico que afirma su vocación de grandeza y diversidad, azote de pequeños burgueses, pero de una magnanimidad y arrojo que no excluyen -las lecturas clásicas y sobre todo el Virgilio tan amado por el autor hicieron milagros- la expresión de la nostalgia por una vida más pura y escondida (precisamente, el 'aria del pastor'). Y ese 'Perseo' por el que, poco históricamente es cierto, es capaz de perder todo (menos la vida, que es lo que salva justamente con ese acto).¡Qué legado el del maestro!, perceptible en una de las frases capitales de esta ópera: '¿Melancolía? Canto y río'. Él no siempre fue capaz de hacerlo, pero lo intentó de diversos modos: quizá valga la pena escucharlo con algo más de atención.
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