Discos

Cuando el dinero sí da la felicidad

Alfredo López-Vivié Palencia
viernes, 26 de septiembre de 2003
Gustav Mahler: Sinfonía nº 2 en do menor, 'Resurección'. Latonia Moore, soprano; Nadja Michael, mezzo-soprano. Wiener Singverein; Johannes Prinz, director. Wiener Philharmoniker. Gilbert Kaplan, director. Gail Ross, producción ejecutiva; Rainer Maillard, ingeniero de sonido. Dos discos compactos con una duración de 86 minutos; grabado en el Musikverein de Viena, en noviembre y diciembre de 2002. Deutsche Grammophon DDD 474 381-2.
0,0001428 Reconozcámoslo: quien más quien menos entre los lectores de esta reseña –y su autor el primero- en algún momento de su vida han agarrado una aguja de hacer calceta y se han puesto a dirigir ante el espejo su disco favorito; de ellos, algunos incluso dispondrán de la partitura de esa obra y de un atril donde colocarla; aquéllos con posibles, lo harán reproduciendo el compacto en un equipo carísimo en el vano intento de sentirse en medio de una sala de conciertos; muy pocos, además, habrán reunido las influencias suficientes para pedir una oportunidad en un concierto real, y contadísimos los que habrán podido llamar a las puertas de una orquesta de relumbrón… para quedarse, eso, a las puertas (que se lo pregunten si no a Norio Ohga, consejero-delegado de Sony en la época de las vacas gordas). Por fin, hay quien da la campanada; y hay quien da dos, como Gilbert Kaplan.Los mahlerianos de fuste saben de sobra quién es este rico editor y financiero norteamericano, que a los 40 años decidió aprender música para dirigir exclusivamente la sinfonía Resurección, que lleva ya ¡veinte años! haciéndolo en las cuatro esquinas del mundo, y cuya grabación con la Sinfónica de Londres en 1988 fue todo un acontecimiento (además de un éxito de ventas). Pues bien, helo aquí de nuevo con la misma obra, y esta vez grabando para Deutsche Grammophon y nada menos que con la Filarmónica de Viena. La razón de esta nueva grabación estriba en que es la primera en la que se interpreta la nueva edición crítica de la obra, fruto de las investigaciones emprendidas en los últimos años, claro, por la Fundación Kaplan, quien además la publica junto con Universal Edition de Viena, una vez bendecida por la Sociedad Internacional Gustav Mahler.En las notas de la carpetilla se informa de que la nueva edición contiene cientos de modificaciones sobre notación, orquestación, indicaciones de tempo y de dinámica, en relación con la anterior edición de 1970. No hay, desde luego, cambios radicales –ni en ortografía ni en sintaxis- que puedan sobresaltar al conocedor de la obra, si bien la escucha del disco sobre la partitura de la edición tradicional pone de manifiesto que, efectivamente, se han operado esas correcciones, apuntadas por Mahler hasta 1910 (la sinfonía se había estrenado en 1895): escúchese por ejemplo cómo se resuelve el pasaje molto pesante en el primer tiempo (fig. 20), o el molto ritardando en el último compás de la fig. 19 del movimiento final; la notación alterada del clarinete en la fig. 45 del tercer tiempo; o la entrada de la cuerda un compás antes de lo habitual tras la primera intervención del coro (compás 10, fig. 31).¿Y la interpretación? Las notas de la carpetilla también refieren enmiendas sobre algunas ‘indicaciones confusas para el director’. Puede que aquí radique el meollo de la cuestión: es cierto que Mahler -consciente como era de la novedad de su lenguaje, y de las grandezas y miserias del propio oficio directorial- trufaba sus partituras con docenas de instrucciones para el director, aunque algunas de ellas fueran rayanas en la puñetería y otras en la candidez (uno no puede evitar una sonrisa benevolente al leer al final de la fig. 30 del último movimiento, justo antes de que entre el coro, lo siguiente: Trompetas, trompas y timbales toman de nuevo su lugar en el escenario, pero con cuidado y sin hacer ruido para no molestar el canto ‘a capella’ del coro). El caso es que da la impresión de que Kaplan quiere seguir tan al pie de la letra esas indicaciones que muchas veces tal obediencia ciega resta unidad al discurso y reduce la efectividad del drama: los acelerones y frenazos exagerados que se escuchan en los movimientos extremos son prueba de ello; por el contrario, los movimientos centrales puramente orquestales -tomados de forma más ligera de lo habitual- son pura delicia, muy bien fraseados y con pulso seguro; en el enorme finale Kaplan vuelve a perderse entre los árboles, que no le dejan ver el bosque: si bien expone con la progresión adecuada y buenas dosis de emoción las dos presentaciones del tema de la resurección (figs. 6 y 11), pasa por alto su punto de inflexión, que está escondido después de que el coro exclame ¡Prepárate para vivir! (fig. 44). En su descargo, no obstante, hay que decir que ese secreto sólo lo conocía Otto Klemperer.La Filarmónica de Viena se muestra irreprochable en una obra que ha aprendido a amar tardíamente pero que ahora tiene bien asimilada en sus atriles; los Wiener Singverein siguen demostrando que son uno de los mejores coros europeos; y las solistas cumplen discretamente con sus cometidos.Es decir, Gilbert Kaplan ya no es un aficionado dándose el gustazo de su vida, sino que ha demostrado saber gastarse sus dineros en cosas muy serias y con resultados igualmente serios. Pero, por lo mismo, su interpretación debe juzgarse, para lo bueno y para lo malo, en pie de igualdad con los muchos e ilustres precedentes discográficos de esta sinfonía, porque el mero hecho de que se trate de la nueva edición no la deja hors concours. Y entre la rotundidad del ya citado Klemperer y la modernidad de Chailly –dos buenos aunque distantes ejemplos de cómo hallar coherencia en el discurso de una obra tan compleja- Kaplan se queda en tierra de nadie.El sonido de la grabación es bueno, aunque no espectacular –es posible que en soporte SACD la cosa cambie- y las notas contienen una desmenuzada explicación de la partitura a cargo del propio Kaplan.
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